Un verdadero estado de indeterminación

Por: Mercedes Gaviria

Volver a la casa de la infancia es potencialmente peligroso. Destinar tu propia vida a un movimiento circular. Volver rigurosamente cada año donde empezó todo. Lo bueno es que todxs vamos cambiando y modificando la información genética del núcleo familiar. Esta vez, mi hermano Matías está más prevenido con mis movimientos cinematográficos. Cada vez que saco cualquier dispositivo de grabación se aleja, se enmudece y casi se hace traslúcido.  Como si supiera de antídotos para combatir la mirada del otro. 

Por estos días planeamos unas pequeñas vacaciones en la playa. Mi papá no quiso venir porque dice que le da culpa no estar trabajando y prefiere quedarse resolviendo asuntos de su nueva película. En el Caribe Colombiano no conocen el silencio y por eso están todxs sordxs. Una consecuencia de “escuchar” la música por parlantes a un nivel infrahumano que parece cumplir el objetivo de pegarles golpes secos en la cabeza que lxs hace olvidar del calor.

Mi problema no solo es con los niveles de volumen, sino con los ritmos del caribe en general. No me gustan. A diferencia de lo que siente la mayoría, esta sonoridad me produce espasmos desesperados. Un estado descolocado donde se interrumpe el movimiento de mi energía vital. Algo parecido a lo que me producen los comentarios de algunos varones,  que me reclaman y se inquietan con una película que hice que se llama Como el cielo después de llover (2020), porque según ellos atenta contra la imagen de un cineasta tan prestigioso y respetable como Víctor.  Repiten con seguridad que los temas de la familia son asuntos privados y que no tienen ninguna necesidad de ser ventilados a un público. 

Ese estado atolondrado que me producen los vallenatos a todo taco y el poco aire que circula en Santa Marta, lo experimenté también cuando una mujer, una prestigiosa productora de cine colombiano me dijo después de salir de una proyección que habíamos organizado para tantear las reacciones del futuro público, que no había entendido absolutamente nada de mi película. 

La falta de una línea narrativa la confundió tanto que no pudo encontrar un posible lenguaje común de supervivencia. Una expresión de resistencia en la que había trabajado los últimos cinco años para desestructurar una única forma de hacer cine en Colombia. No pudo ver que mis imágenes nacían de una herida caliente. Incapaz de cicatrizar en la imposición de un mundo donde solo unos cuantos pueden hacer volar sus fantasías y donde nosotras siempre estamos siendo imágenes útiles para naturalizar el sentido de sus lógicas, manteniéndonos al margen de producir un propio lenguaje capaz de nombrar y enunciar el desequilibrio en el que nos han obligado a vivir. 

Parece que decir que la brisa del mar me molesta está mal visto, como lo de la música del trópico. Me escondo disimuladamente del viento y dispongo todo en la mesa para intentar contestar unas preguntas sobre el quehacer cinematográfico de mujeres cineastas y sus maneras de aproximación y reflexión en torno a la imagen. ¿Es posible y factible pensar una mirada femenina en el cine? Entre varios textos encuentro y releo el capítulo de la indeterminación de Hito Steyerl en Los condenados de la pantalla (2014), donde explica el experimento de Erwin Schrodinger de 1935 del que casualmente venimos charlando estos días con mi hermano. 

Erwin imaginó una caja con un gato adentro, al que se podía matar en cualquier momento con una mezcla de radiación y veneno. Pero también podía no morir. Ambos resultados eran posibles.  La física cuántica asegura que en la caja no hay un gato vivo o uno muerto, sino dos. Uno vivo y otro muerto. Ambos encerrados en un estado de superposición, materialmente entrelazados el uno con el otro. Este estado dura el tiempo en que la caja se mantiene cerrada. Mientras no se observen pueden convivir. Y así es como el ejercicio mental de Erwin logra reemplazar la exclusión mutua por una coexistencia absoluta. Un verdadero estado de indeterminación diferente a la realidad macrofísica, en donde todo se define mediante disyuntivas. Alguien está vivo o está muerto. Alguien es de una manera u otra.  

Después de intentar escribir algo y perderme nuevamente en alguna respuesta, vuelvo al mar para sacarme la sobrestimulación que me producen las palabras. Pero mi hermano vuelve sobre el ejercicio mental del gato para explicarme que mi forma desatada de filmar,  parece estar del lado de la macrofísica, opuesta a lo cuántico, donde se busca descifrar una sola verdad. 

¿Entonces querer y tener la verdad de la mirada es ir en contra de la indeterminación de lo que se mira?. ¿Cómo hacer para mantener firme la mirada sin hacer desaparecer el limbo de las posibilidades? ¿Cómo mantener una observación puntillosa hacia tu familia y el pasado sin reducirlos a una sola dimensión?. La única solución que me propone Matías es que deje de hacer películas. Nos reímos a carcajadas de lo imposible. Le explico que filmar es la única alternativa que tengo para mirar el pasado sin rechazarlo. Un lugar donde se pueden trascender las formas opresivas y obsoletas. Un lugar donde se pueden romper las expectativas a fin de concebir una nueva existencia donde sin duda hay también otras posibilidades, como en el ejercicio mental de Erwin. 

Referencias

Steyerl, H., Berardi, F. and Expósito, M. (2014). Los condenados de la pantalla, Buenos Aires: Caja Negra.

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