En Gaza, los niños también bañan a los caballos

Por Alexandra Vázquez


I.
Hacía calor, mucho calor. La humedad se pegaba a la piel mientras unos cuantos ansiosos, yo entre ellos, buscaban un mejor acomodo frente a la pantalla desplegada en el patio del centro cultural. Era la primera vez que proyectaban Ejercicios de memoria (2016) de Paz Encina, o al menos así lo recuerdo. Nunca fui buena con las fechas. El sonido de los bichos del campo se fundió con el zumbido de los mosquitos veraniegos, esos que ensucian la mano entera cuando se los aplasta por la pierna. Con las primeras imágenes, la espera apaciguaba cualquier ruido con su silencio. Y fue ahí, y así, sentada en una silla cable con un vaso de agua caliente en la mano, que vi una de las imágenes más serenas que me regaló el cine. Un par de niños montados a caballo se meten al río. La cámara los acompaña dentro del agua en planos cerrados que acompañan el ritual del baño. Mientras las manos se prenden de la crin, el cuerpo tumbado sobre el lomo se aferra al cuello del caballo. Los niños mecen el hocico de su acompañante de un lado para el otro, en un gesto tan natural que el caballo pareciera ser una extensión de ellos, o ellos, una extensión del animal. Ellos se zambullen una y otra vez. Respiran en sincronía. El torso desnudo del niño y el pelaje del caballo se funden en un balanceo apaciguado por la corriente del río.

Casi cinco años después, la misma escena se desdobla frente a mis ojos. Es la siesta de un invierno atípico, donde las mantas de tela polar se resisten a ser guardadas y el ventilador aún no está listo para funcionar las 24 horas al día. Sin expectativa alguna, doy play a uno de los cortometrajes de la página Another Screen. La película es Electrical Gaza (2016) de Rosalind Nashashibi. De pronto, ya no estoy en mi casa, y el frío de las baldosas que siento bajo mis pies me trasladan a una playa de Gaza, como un shock eléctrico que me recorre el cuerpo. El encuadre es un plano general estático, en leve picado como si se estuviera observando la playa desde un edificio. En la imagen, unos niños palestinos metidos en el agua hasta la cintura bañan a dos caballos. El mar reemplaza al río, pero el calor es el mismo. Y los gestos son los mismos: asir el agua con las manos enlazadas como un cuenco y verterla con cuidado sobre el hocico y el cuello. La misma ternura, el mismo respeto. El contexto es otro, pero la belleza es la misma. Mi ignorancia se derrumba con la imagen. Vergüenza y fascinación al mismo tiempo de descubrir -como si fuera la primera vez- que un niño es un niño, que un caballo es un caballo, aquí, en Palestina, y en el resto del mundo. Tras haber navegado en las películas que forman parte de la programación Films for a free Palestine de la revista Another Gaze, sin un orden preestablecido ni guía alguna, me atrevo a bosquejar algunas nociones, casi como un ejercicio, pero no de memoria, sino de presencia.

Las imágenes que conozco de Gaza son oscuras y rojas. A veces, son edificios reducidos a polvo. Otras, son cuerpos mutilados sin rostro que yacen bajo los escombros. En las imágenes que me aproximan a Gaza, no hay caballos. El sol está ausente. En vez, hay misiles y explosiones. Hay epígrafes que hablan de domos de hierro y cifras que describen la cantidad de víctimas por rango etáreo. Y, antes de eso, si hurgo entre los detonantes del último enfrentamiento, veo gas lacrimógeno y balines que salpican sobre espacios sagrados. Pienso en estas imágenes cercenadas sostenidas en discursos violentos que configuran un imaginario distante, entumecido por el carácter calamitoso de una colonización avalada por mi país, entre otros muchos. Y frente a estas imágenes de destrucción, recurro al cine hecho por mujeres palestinas, un cine insumiso, enardecido por una lucha que sucede en el contraplano de estas imágenes producto.


II.
Una hoja en blanco se llena de colores con The Road to Palestine (1985), un cortometraje narrado a través de dibujos hechos por niños que viven en los campos de refugiados. En la imagen, las figuras se desprenden del soporte y adquieren movimiento, a la par que la inocencia que subyace bajo esos trazos gruesos e ingenuos se ve resquebrajada por globos de colores en el cielo, que lejos de adornar el paisaje, anuncian un ataque aéreo. El dibujo como registro testimonial de aquello que los niños perciben día a día es la lente con la que se observa el entorno, que adopta color y forma en una descripción visual del cotidiano. Un misil lanzado por aviones del ejército israelí deja a su paso una humareda negra, y en un garabato colérico de pasteles grises y marrones se revela un rostro moribundo en las cenizas. Los adultos están casi ausentes en el relato, pero la narración utiliza los códigos del lenguaje ilustrado para aproximarse a la generación venidera. La película de Layaly Badr es un cortometraje para niños, con imágenes creadas por niños, pero el mensaje último supone la conciliación de dos mundos, el mundo adulto con el infantil, que se enlazan en el camino de la lucha hacia Palestina. Porque en la infancia palestina, la muerte mueve sus alas a la par que vuelan las mariposas.

La mirada infantil también impregna una aproximación a espacios inaccesibles. Buscando a un amigo de la infancia, Your Father Was Born A 100 Years Old, And So Was The Nakba (2017) se arroja al mapa y navega las calles de sus recuerdos. Fotografías en blanco y negro se superponen a las imágenes digitales que emulan los paisajes en la pantalla como si uno estuviera parado ahí. Los turistas sacan fotos compulsivamente, se apropian de los espacios e ignoran los lamentos de una voz lánguida que se distorsiona con cada grito. Pero el mapa no escucha, no responde. No permite ir más allá de la fachada, porque el mapa no permite que se toque otra cosa que no sea su cursor. El plano digital convulsa, ignora sus fallas y sigue creciendo como un gran monstruo cibernético. Nuestros datos, los tuyos y los míos, le soplan a esta cartografía extraña el hálito de vida, le alimenta de nombres nuevos a calles que siempre fueron las mismas. Somos creadores de ese mapa.

Recuerdo una presentación vulgar en una clase de historia. El aula olía a mandarinas, alguien había arrojado sus cáscaras a las rejillas del aire acondicionado. Había un mapa dibujado sobre una cartulina que se iba achicando a medida que la impaciencia aumentaba. Estoy segura que nadie entendía lo que recitaba. Ni tampoco a nadie le importaba. Era una rutina más de las tantas que había que cumplir para salir de ese infierno pantanoso de mediocridad e inmadurez al que llaman colegio. En el cine palestino, no hay cartulinas. Hay píxeles. La distorsión del mapa es el mapa. El mapa se expande en las imágenes digitales y empuja los límites más allá de la firma sobreimpresa de Google que cree ser dueño de ese pedazo de cielo. Ante la usurpación cibernética como un acto de desposesión intangible, la manipulación de estas formas encuentra la falla y las hace suya. Razan AlSalah interviene los planos panorámicos de Google Street View y dilata las formas cuadradas hasta que se vuelven huecos negros en la imagen. En estos hoyos, el umbral de lo posible.

En el cine palestino, la palabra es un elemento primordial. Las frases se enmarcan en el cuadro y se vuelven imágenes. Tienen un estilo, una posición y un tiempo de lectura. Alguien dijo una vez que una imagen vale más que mil palabras, y, por consenso, esta aseveración fue adoptada como máxima inapelable. Ahora, la cuestiono. ¿Acaso la palabra “libre” no tiene su propia potencia? Cinco letras (o menos, dependiendo del idioma) son suficientes para incitar la reacción de la fuerza policial. Según la lógica dominante, la palabra libre es peligrosa. Es un atentado al orden público. Se propaga más rápido que las llamas de un incendio. Resiste el tiempo, sobrepasa las divisorias del mapa. En ciertos lugares, esa palabra no puede pronunciarse. A veces, decirlo condena a quien lo pronuncia a una pena de prisión indefinida. Tal es su fuerza.

Lo mismo sucede con los números. We Began by Measuring Distance (2009) denuncia distancias sobre una tela blanca sujetada por dos figuras anónimas. Los números se van reduciendo de a poco, hasta que llega a una cifra concluyente: 48, la distancia en kilómetros de Gaza a Jerusalén. Un número que requeriría más de mil imágenes para volverse palpable, un número que oculta detrás suyo a otros números como los dos millones de habitantes que viven hacinados en Gaza, como las cinco estrella que califican a los hoteles lujosos de Jerusalén equipados con spa, piscina al aire libre y desayuno incluido. Me pregunto, ¿cuándo dejó de ser libre el aire?

La militancia del cine palestino dialoga con quien mira y con quien lee. La palabra se inserta en la imagen, grande y vociferante. A veces, es un poema que se recita sobre planos detalle de cuerpos masculinos que abultan sus músculos del brazo. Una pequeña acotación que no puedo dejar de lado. Hay algo erótico en el cortometraje de Jumana Manna (Blessed Blessed Oblivion, del año 2010), en su mirada que urda escenarios típicamente masculinos, pero como no sabría definir lo masculino, ni si siquiera si al decirlo lo avalo como tal, dejo esta idea para un ensayo a futuro, sin título ni plazo. Volvamos a la palabra, a las placas que recuerdan un poco a La hora de los hornos (Pino Solanas, Octavio Getino, 1968). Porque en el cine palestino, las palabras a veces son sollozos olvidados que parpadean en frenesí sobre un recorrido estroboscópico por los rascacielos de Jerusalem. La imagen agresiva altera nuestra percepción. Le diría a Sontag que lejos están de tentar al aburrimiento o a la indiferencia, que antes de marcar distancias, penetra la experiencia aprehensiva. Duele en los ojos y molesta en el cuerpo. De insensibilidad, nada.

III.
Me cuesta mucho hablar con mi madre. Se que a ella también le cuesta mucho hablar conmigo. Nuestra distancia empezó en mi adolescencia y sin darnos cuenta nos volvimos dos extrañas que se hablan todos los días y almuerzan juntas los fines de semana. Dice que soy como mi padre, que soy racional y mala, no siempre en ese mismo orden. Pero como soy la única que vive a diez minutos de su casa, y en este país, no nos queda otra que proyectar un limbo de paz. Quizás por eso, trasladamos nuestras conversaciones a lugares seguros. Me cuenta sobre las películas que vio, me sugiere algunos títulos que siempre acabo por olvidar, y hablamos sobre el futuro, tal vez un poco mucho. En una de nuestras últimas caminatas, me contó sobre una compañera de mi hermana, y sobre la maravillosa universidad a la que iría dicha compañera después de terminar su servicio militar en Israel. Ojalá no le pase nada antes, me dice en un suspiro apenas perceptible. Mientras pienso qué contestarle, no puedo sino recordar Home Movies Gaza (2013).

En el cortometraje de Basma Alsharif, lo político está imbricado en los espacios domésticos. La franja de Gaza es un territorio indivisible de las disputas que suceden en el suelo y en el aire. Mientras una una niña ejecuta el violoncello, las notas de la escala musical se derriten sobre el ruido de drones que sobrevuelan la casa, un zumbido constante y molesto que invoca un estado de vigilia permanente. La inminencia de un ataque aéreo revolotea sobre el hogar, mismo si uno solo está mirando el televisor en un momento de descanso. En la imagen, los píxeles develan una mirada bélica sobre los escenarios cotidianos. Está presente en el azul chillón que se resalta los negros en los planos de los pavos caminando en el jardín o los gatitos jugando sobre la arena, que, sumado al código de tiempo situado pie del cuadro, evoca una distorsión similar a una visión térmica utilizada en combate para detectar personas en escenarios oscuros. No que la hayamos utilizado alguna vez, pero el cine hegemónico nos ha enseñado cómo se ve en la guerra antes de saber qué es la guerra. La última escena ocurre de noche. Con solo una linterna para alumbrar el camino, la cámara traza un recorrido a la inversa desde adentro hacia afuera, como si fuera un soldado del cuerpo de reconocimiento en la búsqueda de una posible amenaza. Y nosotros, que ya vimos la casa, podemos afirmar que no hay más que aves de corral que duermen a una lenta canción de cuna.

Cuando la ficción es inepta, y el documental resulta insuficiente para dilucidar las consecuencias de un régimen apartheid que expulsa a un pueblo de sus tierras, el cine palestino se apropia de la ciencia ficción y va un paso más, una suerte de hiper ficción distópica que idea posibles hipótesis sobre un presente tan inverosímil que parece ficticio. Mona Benyamin escribe un mail a la embajada lunar sobre una posible adquisición de tierra en la luna, mientras Larissa Sansour da los primeros pasos sobre la luna con un discurso un poco distinto al de Armstrong. Un pequeño paso para Palestina, quizás sea, algún día, un gran paso para la humanidad. Recuperar espacios en la tierra es tan inalcanzable que incluso para pensarlo es necesario salir de este mundo, o construir uno nuevo, al margen del territorio ya perdido y vapuleado, un estado nación encapsulado en un rascacielos donde cada piso es una ciudad palestina. Aún así, en estas ficciones trágicas, pareciera que nada es garantía de que la humanidad tarde o temprano vuelva a comportarse como antes, con pasaportes galácticos y muros; el último gran invento del neoliberalismo vuelve a ser los espacios amurallados.

IV. A modo de epílogo.

Solía fantasear con un fin del mundo espeluznante. Un asteroide gigante impacta sobre la tierra y huyo con mis seres queridos y mascotas a un lugar elevado mientras los edificios se derrumban y las calles se agrietan a nuestro paso. Todo muy hollywoodense, lo filmaría Taika Waititi para no perder el humor. Sin embargo, cada día abrazo con más certeza la idea de que el apocalipsis es y será una lenta agonía sin fin que ocurrirá bajo nuestras narices mientras le tomamos una foto y subimos a nuestro insta story. Estoy formando la fila para recibir la primera dosis de la vacuna contra el COVID. Atrás mío, una enfermera guarda el lugar para su hermano. Es bombero, me dice. Ya en el pasillo del hospital que funciona como una gran sala de espera, alguien pregunta qué vacuna es. La licenciada le responde que es la yankee, y como tal, requiere un procedimiento de control muy estricto. Veo las nueve prácticas compartidas por los medios para que “todo fluya” el día de tu vacunación. Entre las sugerencias, después de llevar zapatos cómodos y agua para aguantar las horas de espera, leo el ítem final: “disfrutá del momento y permitite emocionarte”. Pienso en la imagen de una medusa cuyos tentáculos se desfiguran en los rastros de humo de un misil. Pienso en los jóvenes bebiendo alcohol en los clubes nocturnos de Israel como si no hubiera un mañana. Pienso en el presente fragmentado que me toca vivir. En las donaciones de un gobierno megalómano. En la segunda dosis. ¿Habrá disfrute en el futuro cancelado de Fisher?

A veces solo deseo ser una niña. Una niña montada a caballo. Oler el sudor a hierba húmeda. Sentir el sol en la nuca y zambullirme al silencio.

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