Anticolonial y feminista. La resistencia palestina*

Por Belén Sanchez

Imágenes de destrucción

Comienza el mes de mayo y unas seis familias palestinas enfrentan una orden de desalojo de la Corte Suprema de Justicia de Israel. Viven en Sheikh Jarrah, un barrio de Jerusalén Este de mayoría palestina que, para el derecho internacional, es parte del territorio palestino ocupado ilegalmente por Israel desde 1967. Desde entonces, se han construido asentamientos de colonos israelíes dentro del barrio y
en sus inmediaciones. La orden de desalojo respalda a los colonos: podrán quedarse con las casas desocupadas. ¿El argumento? Antes de la creación del Estado de Israel, en 1948, esas casas pertenecían
a las familias judías. ¿La respuesta de las familias palestinas? Fueron expulsadas de territorios que por esos mismos años quedaron bajo el dominio de Israel, por lo que Jordania las relocalizó allí. La disputa
por la propiedad en Sheikh Jarrah se enmarca en un contexto más amplio, el del apartheid israelí.

Las protestas, los disturbios y la represión empiezan en Sheikh Jarrar, pero pronto se desplazan hasta la Ciudad Vieja de Jerusalén. Es Ramadán, una festividad musulmana muy importante, y la mezquita de Al Aqsa está repleta. Comienza una manifestación de solidaridad con quienes enfrentan el desalojo en Sheikh Jarrah. La policía de Israel reprime y lanza granadas de estruendo y humo dentro de la mezquita. La explanada de la mezquita es un lugar sagrado para judíxs, cristianxs y musulmanxs.

Después de un ultimátum que no surte efecto, asoman los cientos de cohetes que Hamas lanza desde Franja de Gaza. El escudo antimisiles de Israel intercepta varios cientos, otros tantos caen dentro de Gaza. Los demás llegan al sur de Israel, donde mueren 13 personas. La respuesta del gobierno ultraderechista de Benjamín Netanyahu no tarda en llegar y Gaza es, una vez más, laboratorio de destrucción. 1500 ataques aéreos, terrestres y por mar. Bombardeos en viviendas, escuelas, centros de atención médica y un campo de refugiadxs. Más de 250 palestinxs muertxs, casi 2000 heridxs y 72000 desplazadxs.

La secuencia impresiona, pero es una vuelta más de una espiral de violencia que se remonta, por lo menos, al 15 de mayo de 1948, cuando se creó el Estado de Israel. Ya antes de la declaración de independencia, el objetivo era conformar un estado de mayoría judía. Como consignó la Declaración de Balfour ya en 1917 el propósito era establecer “un hogar nacional para el pueblo judío”. El etnonacionalismo alimentó el proyecto colonial del nuevo estado que se encargó de remover población palestina desde antes de nacer. En junio de 1967, Israel se impuso en la Guerra de los Seis Días y ocupó tres territorios más: Jerusalén Este y Cisjordania y Gaza, que estaban bajo el gobierno de Jordania y Egipto, respectivamente. Desde entonces, sostiene la ocupación militar.

Según el relato oficial, Israel responde al ataque de Hamas, pero la abogada y activista
palestina Samera Esmeir lo define como una “perfomance de supremacía” con un mensaje
deliberado: Israel reprimirá toda forma de resistencia palestina y lo hará con la anuencia de los poderosos de la comunidad internacional, Estados Unidos y la Unión Europea (Brizuela y Gago 2021). En el mismo sentido, pese a las noticias de la escalada de violencia día tras día, la politóloga Carolina Bracco (2021) advierte algo importante: en Palestina no hay conflicto, hay colonialismo. No habrá guerra porque para que haya guerra hacen falta dos partes iguales.

Finalmente, no hubo guerra, pero entre el 6 y el 25 de mayo, todos los pasos del ritual de destrucción se cumplieron: una chispa encendió la protesta, Israel tuvo licencia para atacar, hizo todo lo que tenía que hacer para desarticular un poco más la resistencia, empezaron a escucharse los llamados que pedían apaciguamiento y por fin se acordó el alto al fuego.

Historias de resistencia

Los hechos de este último capítulo de la tragedia comenzaron unos días antes del 73° aniversario de la nakba (“catástrofe”) palestina. El 15 de mayo de 1948, al día siguiente de la declaración del Estado de Israel, empezó la guerra árabe-israelí. A medida que las tropas avanzaban, miles de palestinxs dejaban su tierra. En total, fueron 700.000 lxs desplazadxs. El azar de las fechas nos recuerda que la otra cara de las imágenes de la destrucción son las historias de resistencia. Es que, como escribe Karina Bidaseca en el prólogo del libro Nakba. Palestina, 1948 y los reclamos de la memoria (2017), “la Nakba no ha terminado aún”.

El pueblo palestino está fragmentado. Están lxs palestinxs de Jerusalén. También lxs que viven en Israel, donde representan el 20% de la población y son conocidxs como lxs palestinxs del ’48. Al otro lado de la línea verde, lxs palestinxs de Cisjordania. Y al otro de Israel, lxs de Gaza. Por último, lxs de la diáspora, expulsadxs que no pueden regresar y refugiadxs en su mayoría en Líbano, Siria y Jordania. La resistencia es compleja cuando la comunidad política estalla en tantos pedazos.

Así como la supremacía militar, la desposesión y la expulsión son estrategias coloniales de un Estado que no tolera la resistencia. En nombre de su seguridad, Israel ataca a Hamas, una de las principales
organizaciones políticas palestinas. En 2007, apenas dos años después de retirarse unilateralmente, bloqueó Gaza porque Hamas había ganado las elecciones y para Israel es una agrupación terrorista. Unos dos millones de personas viven hace casi quince años en un pequeño territorio densamente poblado y una situación social y económica crítica.

Pero el Estado de Israel tampoco soporta la resistencia no violenta. ¿Qué hace cuando se viraliza un poema que llama a resistir la ocupación? La poeta y activista palestina nacida en Israel Dareen Tatour vivió casi tres años de arresto domiciliario, cinco meses de cárcel y seis de libertad condicional. Fue encarcelada en octubre de 2015 por escribir “Resiste, mi pueblo, resístelos” (Diez Salvatierra y Estrada Márquez 2018), un poema que se hizo viral a través de las redes sociales. Acusada de incitar a la violencia, Dareen Tatour fue condenada en julio de 2018.

¿Qué hace el Estado de Israel cuando se viraliza el video de una adolescente que le hace frente a un soldado? Ahed Tamimi, otra activista de la resistencia no violenta contra la ocupación, fue capturada en su casa, en medio de una noche de diciembre de 2017, por el ejército del Estado de Israel. Con apenas 17 años y bajo 12 cargos falsos, enfrentó un juicio en un tribunal militar que la condenó a ocho meses de prisión. Ahed Tamimi había abofeteado a un soldado del ejército israelí que se metió en la parte trasera de su casa; ese mismo día, unas horas antes, otro soldado le había disparado a su primo de 15 años a la cara y a corta distancia. Prácticamente todas las mujeres de la familia Tamimi han sufrido la violencia y la cárcel del Estado de Israel porque son parte del movimiento popular de resistencia no violenta de Nabih Saleh, un pequeño poblado palestino a 20 kilómetros de Ramallah (Cisjordania)
cuyos habitantes luchan contra el control militar israelí y la usurpación de sus tierras y agua por parte del asentamiento colono Halamish (Manor y Ziv 2016).

Ahed Tamimi golpea al soldado israelí.

¿Qué hace el Estado de Israel con una mujer que se para a la cabeza de una organización de izquierda y laica? En este momento, Khalida Jarrar está detenida en Ofer, un tribunal y prisión militar israelí en Cisjordania. Ella es integrante del Frente Popular para la Liberación de Palestina, defensora de los derechos humanos, coordinadora de Comité de Prisioneros de la OLP y, desde 2006, parlamentaria de la legislatura de la Autoridad Palestina. Desde 1999, las autoridades israelíes no le permiten salir de Cisjordania y la han detenido incontables veces. Después de 15 meses de prisión entre abril de 2015 y junio de 2016, fue detenida nuevamente en julio de 2017. Pasó 20 meses en detención administrativa, esto es, sin cargos ni juicio. Apenas ocho meses después de recuperar su libertad, volvió a perderla en octubre de 2019 y, desde entonces, está en detención administrativa. En julio de este año, el Servicio Penitenciario Israelí incluso le negó el permiso para asistir al funeral de su hija.

Anticolonial y feminista

Adriana Guzmán (2019) dice que la primera tarea en la construcción feminista es comprender el patriarcado: ¿cómo funciona? ¿Con qué lógicas? ¿Cuáles son las construcciones que lo encubren? Y la primera tarea para desentrañarlo es mirar los cuerpos de las mujeres porque ese es lugar donde se inscribe el patriarcado y desde donde se puede construir feminismo. Mirar los cuerpos de las mujeres es crucial para comprender que no vivimos el mismo patriarcado en todas partes. Puede haber patriarcado en todo el mundo, sí, pero no en todo el mundo el mismo.

Las mujeres palestinas viven bajo un entronque patriarcal: el patriarcado de la sociedad palestina y el patriarcado colonial, que se superponen y fortalecen. Los cuerpos de ellas hacen frente a la ocupación y el apartheid y, al mismo tiempo, a una sociedad patriarcal. Para Aya Zinatey, activista feminista del centro Miftah, la relación entre ocupante y ocupado en sí misma es irreductiblemente patriarcal (Dalla Negra 2021). El Estado de Israel despliega su violencia sobre las mujeres directa, pero también indirectamente porque esa violencia penetra en la sociedad palestina e impacta en las relaciones de poder a su interior. En las mujeres, la ocupación tiene consecuencias diferenciales.

La violencia de la ocupación refuerza el patriarcado de la sociedad palestina cada vez que el control de los varones sobre la vida de las mujeres se justifica como una forma de protección. Lo mismo sucede cuando la urgencia de organizar la resistencia posterga la lucha contra los femicidios que son tratados como un problema doméstico y no como un problema social estructural.

La historia de Israa Ghrayeb muestra esto. En agosto de 2019, esta joven esteticista palestina de 21 años residente en Belén (Cisjordania) fue agredida físicamente por varios miembros de su familia porque ella los había “deshonrado” en un video que publicó en las redes sociales. En el hospital, volvieron a atacarla y murió sin que nadie interviniera, pese a su pedido de auxilio. El feminicidio de Israa sigue impune. Lo encubren el silencio de la familia, la complicidad del hospital y una justicia tolerante a la violencia contra las mujeres. La violencia de género que viven mujeres, jóvenes y niñas palestinas se relaciona con las normas de una sociedad patriarcal, con las estructuras de la ocupación y con el contexto colonial que hace que esas violencias parezcan tolerables.

Por su parte, Israel y sus prisiones han desarrollado métodos generizados que se enfocan en los cuerpos, la sexualidad y los estados psicológicos de las mujeres para torturarlas (Abdo 2014). Además, explotan las normas patriarcales de la sociedad palestina y múltiples formas de violencia basadas en el género para atemorizar a las mujeres. Durante los interrogatorios y arbitrarios períodos de detención, es habitual la tortura psicológica, física y sexual a través de prácticas de acoso y abuso, amenazas de violación, insultos sexualmente degradantes y golpes (Francis 2017). También son frecuentes la violencia ginecológica y obstétrica: mujeres, jóvenes y niñas menstrúan sin condiciones mínimas de higiene y las embarazadas no reciben atención médica antes, durante ni después del parto. La organización para los presos políticos palestinos Addameer (2017) estima que, entre 1968 y 2018, unas 10.000 mujeres han sido detenidas y arrestadas por el Estado de Israel. La mayoría son encerradas en Hasharon y Damon, dos prisiones ubicadas en Israel, fuera del territorio ocupado, donde lxs allegadxs de las detenidas no pueden llegar debido al sistema de apartheid con el que Israel administra los territorios. Se trata de una compleja economía del castigo que busca aterrorizar a las mujeres palestinas para desalentar su participación en el movimiento de resistencia.

Las lecturas occidentales hegemónicas rara vez se disponen a trazar conexiones entre las violencias coloniales y las violencias patriarcales. Por una parte, no ven el género en la colonización. Por otra,
adjudican la violencia de género al atraso de una sociedad palestina que interpretan desde una mirada absolutamente orientalista. Mientras tanto, la cooperación internacional irriga financiamiento a ONG que trabajan en el territorio ocupado para ayudar a mujeres y niñas en cuestiones de género, independientemente de la ocupación y el apartheid, de forma tal que despolitiza el movimiento feminista (Kuttab 2016).

Pero el movimiento feminista palestino (Dalla Negra 2021) entiende que los sistemas de opresión están entretejidos porque viene de la lucha anticolonial por la liberación palestina desplegada en los territorios y, a la vez, de la lucha antipatriarcal. Así, han tenido que oponerse a la dominación británica antes de 1948 y a la dominación israelí desde entonces, como así también a Hamas y la Autoridad Palestina. Las mujeres estuvieron en la Nakba y también en la Organización para la Liberación de Palestina, donde crearon la Unión General de Mujeres Palestinas. En los ’70 conformaron Comités de Trabajo para organizar políticamente a las mujeres tanto de la urbanidad como de la ruralidad. En los años de la Intifada participaron de los Comités Populares y armaron Comités de la Mujer. Al mismo tiempo, se ocuparon siempre de los trabajos del cuidado y de la preservación de la memoria –tareas subversivas frente a un proyecto de colonización y exterminio–.

Samera Esmeir afirma que es necesario entender la cuestión palestina como una cuestión feminista. Por lo pronto, las feministas palestinas ya saben que en su territorio no pueden disociar colonialismo, racismo y patriarcado (Marshood y Al’Sanah 2020). La resistencia feminista en Palestina es un compromiso con la vida.

Las nuevas caras de la resistencia

Si querés conocer más sobre el movimiento feminista y anticolonial palestino, te recomiendo estas páginas.


Movimiento Tali’at
Unión de Mujeres Palestinas
Miftah

Notas

*Este ensayo fue publicado originalmente en Espartaco Revista.

Bibliografía

Addameer (17 de marzo de 2021) Khalida Jarrar. Prisoner Support and Human Rights Association.

Addameer (julio de 2017) Encarcelamiento de mujeres y niñas. Prisoner Support and Human Rights Association

Bracco, C. (12 de mayo de 2021) No es un conflicto, es colonialismo. Página 12.

Brizuela, N. y Gago, V. (19 de mayo de 2021) Samera Esmeir, activista y profesora palestina en la Universidad de Berkeley, analiza el conflicto en Gaza. Página 12.

Dalla Negra, C. (19 de marzo de 2021) El 8 de marzo y el movimiento feminista palestino. Viento Sur.

Guzmán, A. (2019) Descolonizar la memoria, descolonizar feminismos. Bolivia.

Kuttab, E. (2016) The Palestinian Women’s Movement: From Resistance and Liberation to Accomodation and Globalization. En C. Verschuur (dir.) Vents d’Est, vents d’Ouest: Mouvements de femmes et féminismes anticoloniaux, 101-116. Ginebra: Graduate Institute Publications.

Manor, K. y Ziv, O. (2016) Nariman Tamimi. En V. Maimon y S. Grinbaum (eds.) Activestills. Photography as protest in Palestine/Israel, 96-99. Londres: Pluto Press.

Marshood, H. y Al’Sanah, R. (3 de marzo de 2020) Un movimiento feminista que redefine la liberación y reimagina Palestina. Viento Sur.

Saadi, A.H. y Abu-Lughod, L. (2017) Nakba. Palestina, 1948 y los reclamos de la memoria. Editorial Canaán.

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