Lo siento, pero no me gusta el western

Por Martha Vidal-Guirao

El panorama actual está lleno de nuevas cineastas; así lo demuestran las últimas entregas de premios. La crítica tampoco se olvida de mencionarlas y de recordarnos su existencia: son “nuevas voces que vale la pena escuchar”. Sin embargo, en sus reivindicaciones, el nombre “directora”, “creadora”, “talento”, viene siempre acompañado del adjetivo “femenino”, bien grande. Su talento es innegable, por supuesto, pero también lo es su condición de mujer, que las margina inmediatamente en una categoría separada. Las historias y cursos sobre cine relegan a las mujeres a un apartado especial, quizás a una nota a pie de página, porque algunos críticos antes que ellos no las consideraron parte del canon. Integrarlas en nuestra cultura popular y ponerlas a la altura del resto de hombres sería demasiado pedir, por lo visto.

Ojalá pronto lleguen nuevas voces críticas que dejen de desterrar a estas mujeres a la sección feminista de los periódicos, a ese nicho que no sabemos si alguien lee o se pone solo por quedar bien. Ojalá pronto reivindiquen a estas creadoras como parte de un todo tan válido como esos clásicos que tantas veces nos hemos forzado en ver para sentirnos lo bastante inteligentes.

Ojalá pronto estas voces eleven a la categoría de clásico imprescindible películas sobre las peripecias de una mujer; películas escritas, dirigidas, protagonizadas por mujeres, sin importarles si “la mayoría” —entendida tantas veces como apenas “esa” mitad de la población— las entenderá o disfrutara. Ojalá se atrevan a decir —como dicen muchos críticos sobre las películas con protagonistas femeninas— que esa película sobre un grupo de hombres, desde todo el respeto, les aburrió, porque narra una experiencia con la que no se pueden identificar.

Desde pequeña me gusta el cine. De niña, creaba proyectos para películas escritas y dirigidas por mí, y cada miembro de mi familia estaba en el equipo técnico, según su talento. Mi madre, porque sabía dibujar, era la diseñadora de escenarios. También la montadora, aunque en ese momento yo no supiera qué significaba. Mi abuelo, todo un manitas, se encargaba de los decorados. Mi abuela materna era la diseñadora de vestuarios, porque de joven había sido modista. Así sucesivamente.

Al crecer, esa idea de escribir y dirigir desapareció de mi cabeza. ¿Cómo iba yo a convertirme en directora? Yo no me parecía en nada a Spielberg, a Scorsese, a Tarantino. Citando a Rebel Wilson en la ceremonia de los BAFTA en 2020, yo no tenía los cojones que tienen ellos. Así pues, cuanto más me exponía a contenido audiovisual, más se diluía el sueño de dirigir y más fuerza cobraba la alternativa para entrar en ese fascinante mundo: encontrar a un director que me creara una película a medida, ser descubierta. Con esto no quiero decir que la ambición de ser actriz sea inferior en ningún sentido a la de ser directora. Si alguien tiene ese objetivo, que lo siga. Simplemente, destaco que dirigir dejó de ser una opción a mis ojos.La necesidad de una crítica feminista resulta evidente en estos casos. ¿Por qué no pueden las niñas soñar siquiera con convertirse en directoras de cine? ¿Por qué no fue hasta recientemente que descubrí que, en efecto, las mujeres también hacen películas? La pubertad tuvo otro efecto en mí: me alejé de las películas de Barbie, porque eran cosas de chicas, y empecé a contar a todo el mundo cómo me gustaban otros títulos sin rastro alguno de mujer. Aún busco a un chico que se avergüence de jugar a los coches o de leer manga porque “es demasiado masculino”. Es normal querer marcar distancia de nuestra infancia y renegar de las cosas de críos. Lo que ya es más preocupante es que niñas se apunten al tren de “qué asco, esto es cosa de chicas” al unísono de los chicos de su clase.

Me gustaría que hubiera los mismos estudios serios sobre Barbie y demás películas para niñas que sobre anime. Me gustaría que se tomaran tan en serio las muñecas Nancy como los objetos de colección que atesoran, en su mayoría, hombres. ¿Sería posible que una crítica feminista elevara a la categoría de obra de arte películas y juegos para niñas, mientras despreciara simultáneamente los mismos productos dirigidos a niños? El caso contrario forma parte de nuestra realidad y parecemos haberlo asumido hace tiempo. ¿Por qué Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), historia sobre un grupo de amigos en la preadolescencia, es un clásico, mientras que Amigas para siempre (Lesli Linka Glatter, 1995) , su equivalente femenino, se considera una prescindible película para niñas?Admiro cómo algunos críticos hombres presentan lo suyo como lo universal, cómo no piden perdón cuando no les interesa algo que no les concierne. Admiro cómo logran que todas nos interesemos por las aventuras de un hombre y nos forcemos a sentirlas como nuestras, aunque quizás, en el fondo, nos aburran. Ojalá pronto lleguen nuevas críticas que se atrevan a decir sin miedo “Lo siento, pero no me gusta el western”.

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