Porno personal y político: Las hijas del fuego, de Albertina Carri

DOSSIER #00 – Por Candelaria Carreño

La industria cinematográfica del porno heterosexual tradicional es una en la que participan mayoritariamente hombres, por lo que pone en escena su deseo, mientras que el deseo femenino se encuentra necesariamente distorsionado por aquella mirada. Para Virginie Despentes, en las películas del porno hegemónico, el cuerpo femenino es el sujeto activo porque, continúa la autora francesa, allí los hombres imaginan lo que ellos harían si fueran mujeres. Si bien la clasificación del género pornográfico es amplia, el porno que se consume en mayores cantidades es el que sigue esta lógica. Una de las preguntas ineludibles para pensar en una industria cinematográfica que no escapa a los funcionamientos del sistema heteronormativo es qué sucede con el placer femenino en estas películas. Ante la distorsión y la invisibilización del placer femenino, el desafío es reflexionar de qué manera se puede rehuir de este modelo para presentar posibles futuras representaciones donde la mirada y el deseo masculino no sean lo que impere en escena. De hecho, empiezan a ganar reconocimiento nombres de directoras mujeres que incursionan en estas búsquedas y en esta industria. El recorrido que ha hecho el post-porno a partir de los ’80 también avanza en ese camino.

¿Es posible realizar una película que se atenga a formas de resistencia del porno tradicional? ¿Que muestre cuerpos no regidos por la heteronorma sino, en cambio, cuerpos de mujeres reales? ¿En la que ningún hombre participe de escenas de sexo explícito que tampoco estén signadas por la lógica del deseo masculino? ¿Y que, a su vez, tenga contenido simbólico y circule por festivales de cine del mundo? La última película de la directora de Cuatreros y La Rabia, Albertina Carri, se aventura a desandar estos caminos. La participación de Las hijas del fuego generó revuelo en 2018, en el 20º Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI). Que ganara en la competencia nacional del festival generó más polémicas aún. En cartelera durante el mes de noviembre en el Cine Gaumont, la película sigue generando comentarios y discusiones, sumando adeptos y detractores en el ambiente cinéfilo. Como es habitual en Carri, otra vez nos sitúa ante una película polémica y de difícil clasificación porque Las hijas del Fuego puede molestar más o menos, pero lejos está de provocar mera indiferencia en lxs espectadores.

La película retrata, a grandes rasgos, un grupo de tres mujeres que viajan en una combi robada por las rutas de la Patagonia. A medida que la trama avanza, se integran más personajes femeninos al recorrido. Y durante el trayecto tienen mucho sexo que no tiene empacho en mostrarse como en cualquier película porno. De hecho, la línea en que Las Hijas del Fuego discute con el porno hegemónico es flexible. De una parte, tiene las características de una película del género; de otra, su contenido, la reflexiva narración en off y la selección de los personajes representados apuntan en sentido contrario. Si el objetivo del porno es la inmediata excitación sexual, la película de Carri propone una cuestión dialéctica ya que atravesamos una constante reflexión sobre lo que se ve en pantalla.

Y sin embargo, de alguna manera se desenvuelve de forma tal que no parece ser una película con pretensiones de reivindicarse como un baluarte contra la lógica de la representación patriarcal a la que el porno nos acostumbra. Se trata ni más ni menos que de un grupo de mujeres que disfrutan en su recorrido, no solo por el sexo explícito sino por la construcción de comunidad en el transcurso de ese viaje que las encuentra y en el que forjan entre sí lazos comunitarios corridos de todo patrón heterocispatriarcal. 

Esta desviación de la norma no se debe solamente a que sean mujeres que tienen sexo con mujeres sino a algo más complejo y amplio: construyendo una comunidad de mujeres, escapan a la heteronormativa impuesta en materia de relaciones sexoafectivas. La película no ahonda en la responsabilidad y las frustraciones afectivas que se pueden atravesar al poner en práctica estas formas alternativas de relacionarse, pero, al fin y al cabo, también es una porno: dejemos ese andar en el espacio de una fantasía posible.

Pero estas mujeres que tienen tiempo para gozar sexualmente y espacio para que ningún hombre entre en el juego del goce también se hacen tiempo y lugar para ayudar a echar a patadas del pueblo al esposo violento de una de sus amigas, y para ubicar con un par de piñas a un hombre que pretende espantarlas del bar tildándolas de tortilleras. ¿Reduccionista discursivamente en cuanto al lugar que da a los hombres? Tal vez. Pero si, como la película plantea «el porno es la objetivización de lxs cuerpxs» (y cuando se habla de la objetivización de cuerpos en nuestra sociedad sabemos que la opresión recae en las mujeres), permitamos también el juego con el lugar de poder y que los echen a patadas de la trama. 

¿Porno político? ¿Porno transfeminista? ¿Definitivamente porno lésbico? ¿Simplemente porno? Si nos perdíamos en las posibles líneas de catalogación de la película, miremos la escena final. Las Hijas del Fuego es un manifiesto sexual del goce femenino. Enhorabuena.

Las búsquedas para encasillar el film no resultan por completo satisfactorias, pero quizás sea fruto de nuestra necesidad como espectadores un tanto perplejxs por no poder abordar de forma unívoca la producción. Si es post-porno, porno político o un manifiesto, tampoco resulta relevante porque no es una definición necesaria en materia del funcionamiento de la película que ni reclama ser bastión del porno feminista ni le molesta coquetear con varios géneros cinematográficos sin llegar a comprometerse con uno. Como si no sintiera la necesidad de justificarse en cuanto al cómo y el porqué, la película trata de un montón de chicas que la pasan muy bien. Seguramente esto no solo haga referencia a la evidente literalidad de las escenas sino también al proceso de realización.

El equipo que acompañó la filmación y el elenco están compuestos por mujeres. Porno hecho por mujeres. Toma de posición política. Aquí cabe la posible catalogación de la película en el transfeminismo: arremetiendo contra todas las instituciones (matrimonio, heteronorma, Iglesia, policía, machismo, patriarcado, heterosexualidad), las hijas del fuego avanzan en su viaje por las rutas patagónicas. Los espacios de circulación de las obras legitiman las producciones artísticas y las redefinen a partir de los lazos de aceptación, los códigos de representación y demás estructuras intelectuales que generan. Si bien no es una película que llegue al público masivo, sí logra generar discusiones en los ámbitos cinéfilo, artístico y tal vez también en los activismos feministas. El contexto de su estreno no es un dato menor.

Vale la pregunta: ¿habría cabido la recepción y aceptación de una película de estas características, aún despertando comentarios del tipo «eso no merece ser llamado cine«, si las condiciones socio-históricas que hoy nos atraviesan fueran otras? En ese mismo sentido, la repregunta —y aquí el cuestionamiento no está dirigido a Las Hijas del Fuego ni a lo que ellas abrasan y abrazan—: ¿no resulta funcional a ciertos espacios institucionales que producciones como esta tengan más visibilización que otras? ¿De qué manera y en qué medida esto comienza a convertirse en lo políticamente correcto? El hecho de se que haya llevado el galardón en el último BAFICI puede ir en esta dirección. Aún así, las dificultades de clasificación de su género o las tensiones institucionales surgidas como reflexiones a partir de la película son disquisiciones menores.

Como es costumbre en Carri y los equipos de trabajo que acompañan sus producciones, sus filmes apuntan a resquebrajar lo hegemónicamente establecido, incluso en aquellos temas que tocan fibras sensibles de nuestra historia. Si las cuestiones de clase, género, memoria y archivo son algunas de las líneas características de su filmografía, Las Hijas del Fuego no se queda atrás ni en la selección de temáticas del entramado social actual ni en su exposición en primera plana como material necesario para repensarnos. En este caso, Carri apunta con precisión sobre aquello que atañe a lo personal, y por ende a lo político.

Como plantea Paul B. Preciado —y a riesgo de insertar la película en la cajonera del post-porno— «el mejor antídoto contra la pornografía dominante no es la censura sino la producción de representaciones alternativas de sexualidad». Carri sabe construir una posición política que visibiliza las fracturas de lo impuesto. Al margen de cualquier reflexión posterior al visionado, no nos queda duda de que atañe a la política del goce. Una política del goce de las mujeres.

Publicado originalmente en noviembre de 2018 en Espartaco Revista

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