Porno, madre, contagio: Las hijas del fuego, de Albertina Carri

DOSSIER #00 – Por Karen Glavic

Las hijas del fuego es una superposición de lenguajes, de estilos, de géneros, de propuestas políticas. De lecturas teóricas, incluso. Es difícil no mirar un filme como el que propone Albertina Carri sin hacerse muchas preguntas o sentirse mareada por la diversidad de imágenes circulando. Mareada por el paisaje acuático y los sonidos del agua, por el ruido del traje de neoprén ajustándose al cuerpo de una protagonista nadadora de aguas gélidas. Un traje de neoprén que actuará también como una de las tantas prótesis del placer que las personajes se brindan e intercambian. Es difícil atar cabos y en ello consiste también la apuesta del filme. 

Las hijas del fuego es una road movie porno lesbo-feminista. Vaya cadena de nombres. O una película post-porno lésbica que toma por excusa un viaje. También puede ser una película sobre el viaje que es hacer una película. Una película porno. Se me hace difícil no mirar esta propuesta en perspectiva del trabajo de Carri. Rápidamente la figura de la narradora en off, recuerda a Los Rubios o a Cuatreros. Con una actriz o a través de ella misma, la directora acompaña a la imagen en un ejercicio de autoproducción y enunciación, en que no solo ella ordena o desordena las razones por las cuales propone lo que aparece a la vista, sino que también se desdobla entremezclando el ejercicio de la voz y la mirada. 

El filme se inicia en Tierra del Fuego, en Ushuaia, con una pregunta sobre la representación de las mujeres en el cine y sobre la genealogía de las mujeres que desembarcaron en estas tierras u otras. «Somos las nietas, somos las hijas, somos las bisnietas», se escucha desde la voz de una de las protagonistas que vuelve desde una solitaria y negra Antártica a reencontrarse con su pareja Agustina. Hasta allí ya tuvimos información del fuego, de las hijas, y de que estamos ante una porno, ya asistimos a una escena explícita de masturbación con un dildo en una suerte de cueva fría del extremo sur.  

Una pareja de lesbianas se reencuentra, un dildo compartido, planos abiertos y planos cerrados deslizan que esta no es cualquier porno. Largos «planos de leña» ahí mismo interrogados («¿No será muy largo para una porno?», discuten las protagonistas luego de pasar la cámara varios segundos sobre madera apilada) sugieren que no se trata solo de cuadros sobre el coito del imaginario masculinizado de la penetración. Se intuye rebeldía, compañerismo, pero también amor. Se cruzan escenas de violencia, discriminación, y se une la primera de las mujeres que emprenderá el viaje de Las hijas del fuego. Un viaje por contagio que se inicia en una camioneta robada y luego ajusta el vehículo al número de pasajeras que se suma en cada tramo. Un trío de mujeres, primero. Planos de sexo entre tres cuerpos cruzados, mezclados, que resuelven atisbos de celos con intercambios de besos, de roles, con reproches que se ajustan en la complicidad de una tercera que es capaz de mediar sin reconciliar. La narradora en algún momento más tarde lo explicita: en el amor romántico hay una violencia, pero esa violencia no es suspendida ni negada. El viaje ya se ha iniciado y tiene distintos derroteros. Sobre esto, quiero pensar tres posibles entradas: la comunidad, la madre, y la representación del cuerpo de las mujeres en el cine. 

No es cualquier comunidad la que se pretende construir. Es una comunidad de mujeres, de lesbianas y trans donde el estatuto del origen ha sido desorganizado. En la narración se instala la pregunta por la Historia, por la edificación de la nación en base a la herencia, y con ello a un relato político que en general podríamos llamar moderno y androcéntrico. Lesbianas y trans se suman al viaje que se inició en Ushuaia para la filmación de una road movie que es también una experimentación sexual permanente, una pregunta por el goce y lo irrepresentable de éste. En cada tramo una nueva integrante: amigas de infancia, desconocidas, mujeres violentadas y rescatadas por el poder del colectivo lesbofeminista, cuerpos de distinto tamaño y formas, vaginas y penes trans, distintos acentos y colores de piel. Particularmente bella resulta la escena de encuentro con la «R» salteña, la «R» de una mujer llamada Rubí, una suerte de intraducible, de paisaje provincial, de incitación y excitación sonora entre dos lesbianas que corren, paran, se besan, e intercambian una erre morena antes de sumar a una nueva integrante a la próxima escena sexual comunitaria.  

El viaje va en busca de la madre. De la madre de Agustina, la nadadora. De aquella que buscaba recuperar el auto de su padre, de presentar a su pareja, y llega hasta la casa familiar acompañada de un grupo de mujeres sobre las cuales no hay lenguaje que explique su comparecencia. «¿Las que no son tu novia son compañeras deportistas?» Algo así interroga esta madre. Una madre que comparte hongos alucinógenos, que abre su casa para una comunidad contagiosa que ha puesto en vilo los hilos de la identidad, que rememora a un padre muerto, como si hubiera también allí una metáfora sobre la imagen materna y lo abyecto del primer amor lésbico.

No pude no hacer un paralelo con Cuatreros que en su relato lisérgico, enfadado, fragmentario, es también un ajuste de cuentas con el padre sociólogo, revolucionario y militante, y la búsqueda de los orígenes de la violencia revolucionaria en la figura de Isidro Velásquez. Cuatreros es también el relato de una Albertina Carri formando una familia de dos madres (y un padre). En Las hijas del fuego la narración y la imagen juegan con el lugar de la madre, con su mirada y lo que ella dona, el placer lésbico de la hija que prefiere no mirar o mirar y autorizar con el silencio. Al padre se lo evoca allí en su función impositiva, en la ley del padre que organiza la sexualidad heterosexual.

Hay una movilización interna y política, contradicciones, hay una lectura y propuesta del tiempo que habita, hay preguntas a ese tiempo y también recepciones del momento feminista. Hay posiciones, invitaciones y rechazos. Hay una exclusión a la violencia patriarcal, a la heteronormatividad. Hay contrapropuestas para los imaginarios que excitan la subjetividad hetero-cis a través, esta vez, de la dislocación posporno. Hay una propuesta incesante y a ratos agotadora, de difícil seguimiento, de interpelación esquiva. Un manifiesto político posporno, posidentitario y desjerarquizado. Un lenguaje de «gusto adquirido» como algunos sabores. Un debate político abierto, entonces. 

El viaje es una pregunta por la representación, por el cuerpo de las mujeres representado en el cine, que se enfrenta a la propuesta de pensarlas como «paisaje y territorio». Una reapropiación que se asume irrepresentable. Ahí probablemente reside uno de los principales aciertos del filme, pero también sus pasajes más complejos. Los tiempos de Las hijas del fuego son diversos, opuestos, contradictorios y extensos. Una road movie porno lesbo-feminista de paisaje austral, de pronto es interrumpida por imágenes de archivo, por mujeres en blanco y negro de otro tiempo, con cuerpos ajustados en forma y aspecto a la belleza y armonía que se espera de un encuadre que llamaremos –rápidamente– masculino. Allí se origina un primer corte. Un giro hacia escenas porno en iglesias, y más y más cuerpos en contagio. Luego vendrán orgías sadomasoquistas y orgías alucinógenas proveídas por hongos maternos y abyectos. La narradora off siempre será intempestiva. Más tarde vendrá la pregunta por la fantasía en un cierre solitario, en una escena de masturbación donde el colectivo ha desaparecido, y no sabemos bien si es que es una apuesta por una comunidad sin futuro ni encuentro, o si fueron imágenes porno distópicas para reinventar y expandir los límites de aquello que funciona como estimulación sexual en la búsqueda personal de imágenes para una masturbación. Seguramente son ambas. La película no presume un futuro reconciliado, por el contrario, sus personajes y escenas se inscriben en los lenguajes queer del fracaso, sin abandonar con ello el placer, o más bien reivindicando su imposible traducción, su violencia, su manifestación extasiada y su posterior ocaso. 

Publicado originalmente  en El Agente Cine el 31 de mayo de 2019. Esta versión presenta algunas pequeñas modificaciones.

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