Lo fantástico y lo técnico acerca de la abuela Josefina

Nona. Si me mojan, yo los quemo, de Camila José Donoso

DOSSIER #00 – Por Camila Rioseco

La transformación en la vida diaria es un proceso delicado de ver. En general, podemos verla cuando nos sentamos a presenciar fenómenos cotidianos que conocemos de antemano. Por ejemplo, el paso del día a la noche, el de un cielo despejado a nublado, o incluso podemos ver en los niños cómo cambian de estado anímico cuando están enfermos. Sin embargo, algo siempre permanece invisible, aunque cambiemos el método de observación, hay algo que, por más que se manifieste en la realidad, parte de su materialidad queda escondida detrás de un marco al cual no tenemos acceso. Misterio.

En los estudios del cine y la fotografía se llama opacidad técnica a ese espacio de una cámara que no se puede explicar cómo funciona, sabemos que son indicios luminosos de la realidad que quedan plasmados en un plano bidimensional que está en la oscuridad, pero no podemos saber en detalle qué sucede ahí dentro. Con lo cómico es similar, no podríamos decir que conocemos de dónde nos sale el gatillante de la risa, o de una sonrisa, lo que queda en positivo es el registro sonoro y táctil de una impresión sobre el cuerpo.

La película Nona. Si me mojan, yo los quemo, provoca esta impresión sobre nuestras memorias. Desde mi propia experiencia, recuerdo que verla fue una actividad que no pude terminar de una sola tirada, porque la primera vez no supe de qué iba, y luego, la segunda, fui entendiendo su mezcla de géneros y procedimientos, de los cuales muchos de ellos están semi velados entre plano y plano. Sus personajes principales son medio histórico-reales, y medio de ficción. La protagonista, la misma abuela de la directora, es un personaje que puedo imaginar en la vida real de manera fácil, creo que es por ella que la vi hasta el final, sin embargo, sus varios elementos extraños e indeterminados tienen un marcado interés para la crítica.

Fue rodada en dos procesos distintos, el primero en 2015 y luego en 2018. Su producción cuenta con el trabajo de la montajista Sophie França, fiel compañera en el cine de Ignacio Agüero. Las películas anteriores de la directora fueron Casa Roshell (2017) y Naomi Campbel (2013), cuyos personajes principales eran personas trans. No es primera vez que Josefina Ramírez, la nona, aparece en un filme de Donoso, también trabajó con ella en la última nombrada, donde conversa entretenidamente con la protagonista, Paula Dinamarca, quien, a su vez, aparece también en esta película como amiga acompañadora, después de que Camilita (Donoso) se va y deja sola a su abuela.

La historia comienza durante el viaje en auto en el que Josefina sale de Santiago para ir a Pichilemu, ciudad a la que llega en forma de castigo, y/o protección, luego de haber  preparado una molotov para lanzar e incendiar la camioneta de su ex amante acosador. El resto de la película se desarrolla en el día a día de su vida en la zona costera. Al principio, durante el viaje en auto, se instalan en la imagen filtros que recuerdan la textura y porosidad de películas en formato Súper 8, las cuales además aparecen deliberadamente en estado de deterioro y a punto de entrar en combustión química. Este procedimiento es reiterado en los momentos que la historia muestra otras elipsis, o sintetizaciones del paso del tiempo diegético.

El fuego es el elemento que entrega a la película su atmósfera tan extraña, que se percibe como parte de las incoherencias manifestadas en la narración. El fuego aparece en el racconto como una manera unir el argumento que fluye por un criterio de asociación libre. En cierto punto, Josefina aparece como una señora, quizás enferma, que esconde las posibilidades de que veamos su fuerte tendencia pirómana, pero esta lectura del personaje está dentro del carácter indeterminado de la trama, que juega con el humor negro y deja de darle importancia a la lógica narrativa. Mientras todo esto se va sucediendo, lo visual y los elementos de la puesta en escena y el montaje, toman el lugar más relevante del plano. A grandes rasgos, el fuego en el cine chileno actual es un elemento que aparece repetidamente en las imágenes de películas como Tarde para morir joven (2018), de Dominga Sotomayor, Ema (2019), de Pablo Larraín, y Visión nocturna (2019), de Carolina Moscoso, con las cuales también comparte, en distintos grados, el interés por el juego visual y plástico realizado tanto en la puesta en escena como en la sala de montaje.

Al parecer esta película promueve una mirada donde la complejidad técnica utiliza varios conceptos del cine contemporáneo, entre los cuales se presenta la indeterminación epistémica, que es cercana al género del falso documental, pero desde una nueva estética; también las nuevas materialidades, donde la imagen está impregnada de elementos sensoriales y táctiles, en forma de piel, pelo, ojos, boca, voz, y cuerpo, así como también de los colores primarios y el verde. En relación a lo convencional, o arquetípico, hace uso de imágenes e ideas del género de hadas, lo que quizás es una forma de homenajear a una abuela que contaba cuentos como el de la Caperucita Roja.

Este texto fue publicado originalmente el 23 de octubre de 2020 en El Agente Cine.

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