Ante la duda, una película: Las lindas, de Melisa Liebenthal

DOSSIER #00 – Por Francisca Pérez Lence

Se nos presenta un rostro fragmentado. Primero, su voz. Grave, firme, con apenas vaivenes en la entonación. Luego, la boca que responde al teléfono. Inmediatamente después, los ojos. Un cuerpo que el montaje construye como moviendo piezas de rompecabezas. Las lindas, dirigida por Melisa Liebenthal y estrenada en el año 2016, tiene esa cualidad: el montaje es el protagonista. La película enfatiza, a cada momento, su carácter de construcción. Señala, indica, resalta que allí se está queriendo establecer una relación entre dos o más imágenes que no es aleatoria, que ha sido pensada por alguien detrás del objetivo.

Ese alguien es la propia Melisa, que sostiene y lleva la cámara (que se transforma en una extensión de sus manos, haciéndola partícipe de los movimientos, las risas, los traspiés y temblores de su cuerpo entero) a situaciones cotidianas con sus amigas de infancia, para establecer un relato íntimo de lo que implica para ellas ser-hacerse (tanto para una misma como para lxs otrxs) mujer. Y con ese interrogante, el filme entrelaza (y en ese cruce ocurre la mezcla) imágenes digitales del archivo personal de la directora con fotografías tomadas en la infancia de ella y sus amigas junto a videos caseros realizados por Melisa y Camila, una de sus amigas más cercanas. Las distintas texturas que presentan las imágenes son otra forma de mostrar los hilos que hacen a la película, otra manera de decir aquí hay una juntura, un espacio de choque. Por otro lado, la identidad de cada una de ellas también pareciera construirse de a retazos recolectados. Entonces, el carácter de construcción es doble: en tanto filme y en tanto mujeres. La película entrelaza la construcción de género con aquellos hilos que tejen la película. 

Constantemente, una indicación: esto está armado, esto es artificial. Y con ese señalamiento, tanto ellas como la película hacen un corrimiento a determinadas definiciones. En primer lugar, el filme se escabulle a la definición clasificatoria de los géneros cinematográficos. Presenta cualidades del documental, pero no lo es en su totalidad. Podríamos definirlo como un filme-ensayo, porque presenta interrogantes, idas y vueltas del pensamiento, dubitaciones, incertezas. Al mismo tiempo, lo ensayístico contiene cierto margen de error, es un espacio donde no está todo dicho, donde todavía se puede hacer de otra forma. En segundo lugar, el modo en que ellas se refieren a sí mismas, a cómo se ven y se sienten observadas, también supone cierta forma de ensayo en torno a la feminidad, a la repetición y modificación de ciertos modos de ser y estar en el mundo, de montar(se) y desmontar(se).

La película captura instantes en los cuales las protagonistas relatan sus adolescencias, las curiosidades y temores que despertó toda esa época de escuela primaria y secundaria. Narran, comparten recuerdos, hacen memoria y se toman su tiempo. Conversan con Melisa, quien suele estar fuera de campo. Sostener el filme en los tiempo de un relato improvisado implica, también, sostenerlo en lo fragmentario. El relato de aquello que sucedió necesita, por momentos, de los relatos ajenos para certificarse. Sus amigas cuentan bailes, cómo se vestían y actuaban, qué pensaban de sí mismas y de las demás. Comparten con Melisa, al mismo tiempo, un margen de duda. “¿Te acordás?” “¿Vos estabas?” Se forma, a través de los diálogos, un mapa de memorias compartidas que intenta delimitar un camino que las llevó hasta donde están. Se arrepienten, se desdicen, vuelven sobre acontecimientos puntuales. Como espectadorxs, vislumbramos otra indicación: todo esto no está terminado. Esto puede implicar sus identidades imbricadas, la historia que será revisitada una y otra vez, o el mismo filme y las virtualidades disponibles para hacerse de otra forma, de otro modo. 

El montaje trae consigo la instancia de reflexión: ¿Qué hacen estas imágenes juntas? Qué hacen en la extensión total del verbo, tanto en las relaciones que establecen entre sí y en cuanto a qué nos hacen a nosotrxs, como espectadorxs, cómo nos tocan y nos mueven, cómo logran inmiscuirse en las propias asperezas para plantar interrogantes e incertezas. Las reflexiones entonadas por Melisa y sus amigas acarrean una posición de enunciación: la incerteza y la dubitación. Y creo que, al asistir a un contexto enardecido de consignas sin cavilaciones, dar espacio al ir y venir de los pensamientos, las palabras, y las imágenes es dar espacio a que respire y cobre forma un lugar donde cuestionarse, preguntarse, y volverse a armar.

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