Never Rarely Sometimes Always: La violencia sexual como estadística normalizada

Por Zuri Grace Bretón

Se ha dicho en varias ocasiones que la revolución de nuestros tiempos es la feminista y poco se puede debatir al respecto cuando observamos la fuerza que ha cobrado esta corriente en últimos años, desde el movimiento #MeToo en Hollywood, el himno chileno “Un violador en tu camino” que dio la vuelta al mundo o el paro nacional de mujeres que vivimos en México hace un año, hasta la Marea Verde que logró la legalización del aborto hace unas semanas en Argentina.

Los síntomas del hartazgo de las mujeres por siglos de opresión sistematizada son evidentes y palpables. Y como en toda revolución, ésta también se expresa inevitablemente a través del arte, siendo el cine uno de los medios predilectos.

Por supuesto hace falta recorrer kilómetros para cerrar la brecha de género en la industria cinematográfica, tanto en representación de historias femeninas en la pantalla, como en las oportunidades y reconocimiento para las creadoras detrás de cámaras. Sin embargo, cada año son más las películas que cobran notoriedad y generan discusión en lo social por su marcada agenda feminista (ya sea polémica o elogios).

Algunas de las alabadas por la crítica el año pasado fueron, Mujercitas (Greta Gerwig), Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma) o Booksmart (Olivia Wilde) y este año hemos visto títulos como Promising young women (Emerald Fennell) o La Asistente (Kitty Green), todas ellas poderosas denuncias sociales contadas por y para mujeres. Lo mismo sucede con Nunca, rara vez, a veces, siempre, un film coming-of-age de la directora Eliza Hittman.

Se trata de un duro retrato de la cotidiana violencia sexual de la que son víctimas las mujeres desde su adolescencia y que es reproducida por la sociedad en todas sus esferas de manera estructural y sistémica. La película sigue a Autumn , una chica de 17 años, interpretada por Sidney Flanigan en un impresionante debut actoral, quien al descubrir que está embarazada y las pocas (o nulas) alternativas que tiene en su natal Pennsylvania, decide emprender un viaje a Nueva York, acompañada de su prima Skylar (Talia Ryder) en búsqueda de una clínica que la auxilie en la interrupción de su embarazo.

La cinta refleja la romantización que se le da a la maternidad (deseada o no) como la cumbre de la vida de una mujer al cumplir su fin reproductivo, pues pese a la clara incomodidad y preocupación de Autumn al enterarse, en la clínica local no dudan en felicitarla con una sonrisa y proceder con el chantaje emocional y manipulación una vez que ella muestra dudas sobre si continuar o no con su embarazo.

Y aunque por esto se podría interpretar que el aborto es el tema central, la realidad es que es únicamente la primera capa del argumento, el pretexto para iniciar una road movie donde el villano tiene muchas caras y ninguna en concreto, pues se trata del sistema que normaliza la violencia de género, desde el acoso laboral o en el transporte público, hasta las violaciones en el entorno personal. Y es que cada hombre con el que se cruzarán Autumn y Skylar en su camino es, o un pervertido exhibicionista que se masturba frente a ellas en el metro o en el mejor de los casos un insistente “galán” que no reconoce los límites del espacio personal y sólo busca en ellas el favor sexual.

A lo largo de su travesía hacia Nueva York, somos testigos de todas las aristas y caras del abuso que se vuelven acumulativos y al mismo tiempo dejan de sorprender por lo comunes y constantes que son. Realidad que, como ahí se nos muestra, no sólo se vive en las ciudades del tercer mundo, sino hasta en algunas de las metrópolis más avanzadas. Cualquier mujer al ver la película se sentirá familiarizada con la reacción de ellas frente a estos eventos; los gestos de desagrado, pero con una reacción mesurada, mecanismos de huida ensayados y miradas ya desensibilizadas ante lo cotidiano del acoso.

A Autumn como individuo le ha fallado la sociedad, no se le ha brindado atención ni educación sexual a tiempo, no tiene una pareja afectiva o sexualmente responsable, viene de un hogar roto con un padrastro machista y posiblemente abusador y al buscar el abrigo de las instituciones y otros adultos en su comunidad, se ve desprotegida. Si esta es la vida de una adolescente estadounidense, un país supuestamente moderno y progresista, donde el aborto es legal, ¿cuál será la realidad de otras mujeres menos privilegiadas que viven en países de mentalidades aún más cerradas y con nulas legislaciones en favor de sus derechos?

Sólo en una persona Autumn encuentra comprensión y apoyo, su prima y única amiga, Skylar, quien en la película es la representación de uno de los valores más bellos del feminismo, la sororidad. Esa empatía y unidad entre mujeres al reconocerse en la otra, al saberse en la misma posición de vulnerabilidad y entonces fortalecerse entre ellas como una red de protección. Skylar será el soporte incondicional de Autumn en un proceso doloroso y desgastante tanto en lo físico como emocional, pues durante su tiempo en Nueva York se toparán con una compleja burocracia y obstáculos económicos que les dificultarán enormemente el alcanzar su objetivo, cerrar esa dura etapa y regresar a casa para intentar sanar.

Y de hecho, el ritmo de la película es así, monótono y pausado, con escenas largas y pocas inflexiones, precisamente para transmitir el desgaste que sufre la protagonista en su tribulación y debilitarnos junto con ella para llegar al clímax con los sentimientos acumulados que se han intentado reprimir. La única lágrima que vemos derramar a Autumn es en la escena que le da el título a la cinta; una trabajadora social le hace algunas preguntas de rutina sobre su historial de salud personal y familiar, pero llega a una sección del interrogatorio mucho más difícil de tratar; sus experiencias en relaciones sexo-afectivas, donde se le harán varias preguntas y deberá responder con las opciones “Nunca, rara vez, a veces o siempre”.

Los cuestionamientos son del tipo, ¿te han presionado o manipulado para tener relaciones?, ¿tu pareja te ha golpeado?, y van incrementando gradualmente su gravedad y con ello la tensión y dolor palpable en el rostro de Atumn en un largo plano fijo en ella, que temerosa y sin detalle alguno, pero con notoria honestidad, responde a la amable trabajadora social que se muestra compasiva y simplemente asiente mientras registra cada respuesta de Autumn: “Rara vez”… “A veces”… al humedecerse sus ojos, la entrevistadora le hace la última pregunta y le pide contestar en esta con sí o no; ¿has sido abusada sexualmente?, sólo con su mirada sabemos cuál es la respuesta.

Con esto la película expone una dolorosa y cruda realidad; ¿Qué tan común y normalizado está este problema, que es posible reducir a un cuestionario de opciones múltiples todos los escenarios de violencia física, sexual y psicológica a los que una mujer está sujeta a lo largo de su vida? Autumn es una más dentro de la estadística.

De hecho, esta historia es hasta cierto punto impersonal, con personajes cerrados de los que no conocemos muchos detalles de sus vidas, ni de su contexto, pero esto refuerza precisamente que el punto de la película no es desarrollar un relato desde lo particular o excepcional, sino hacer un testimonio de algo común. Autumn es el vehículo para contar la historia de tantas mujeres que viven ese tipo de violencia día a día.

Eliza Hittman es una de las muchas creadoras que comprende lo valioso y necesario de seguir haciendo cine con perspectiva de género para visualizar y hacernos conscientes de las millones de Autumns en todo el mundo que podríamos contestar ese mismo cuestionario con “rara vez”, “algunas veces” o incluso un “siempre.”

Publicado originalmente el 28 de febrero de 2021 en Cinespacio24.

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