Imagen-pasión: la cinefilia según Herzog

Por Sofía Brucco

“La vida en el océano debe ser puro infierno. Un vasto, despiadado infierno de peligro permanente e inmediato. Tan infernal que, durante la evolución, algunas especies –incluyendo al hombre– se arrastraron huyendo hacia algunos trozos de terreno sólido, donde las Lecciones de Oscuridad continúan” 

Werner Herzog. La Declaración de Minnesota.

El cine, dice Herzog, no puede nacer de un pensamiento abstracto e inaccesible, sino que surge de la más física de las pasiones, el más corporal de los intereses. La visión herzogiana, un modo refinado y atento de mirar las cosas, es algo que se encuentra por fuera de cualquier manotazo académico: la belleza está en el movimiento, lo caótico, lo erótico. “Hay que poder ver las películas directamente, sin rodeos; el cine no es un arte de eruditos, sino de iletrados… Para mí el cine es más un asunto de vida real que de filosofía. Hice todas mis películas sin recurrir a esa clase de contemplación. La contemplación siempre viene después de la película”. ¿Qué miramos cuando vemos esos films? Podríamos decir, en primera instancia, un hombre gustoso de mirar a los demás, hacia afuera. La visión de un cineasta embelesado con lo humano: la crueldad y la ternura. 

Werner Herzog no se piensa como alguien cinematográficamente letrado. Confiesa, en sus múltiples entrevistas con Paul Cronin (2014), que ve en promedio solo una película por mes. No se identifica como un fagocitador de filmes, sino más bien como divergente: alguien con la capacidad de recordar hasta el más ínfimo detalle de una película vista hace décadas y que, sin embargo, sigue sintiendo “una punzada de dolor producida por su belleza”. Jamás trabajó como asistente de cámara de ningún director egregio ni tiene encima ni una sola hora curricular de escuela de cine. Para Herzog, aprender a filmar películas tiene que ver con la conversión casi evangélica a un ser atlético: sparring, fuerza, supervivencia en la naturaleza y un fuerte compromiso con lo que se mira. Eso es todo. Una máxima herzogiana: filmar películas es un procedimiento atlético, no estético. “El turismo es un pecado, viajar a pie es una virtud”.

Veamos el caso de El país del silencio y la oscuridad (Land of Silence and Darkness, 1971). Herzog sigue a Fini Straubinger, una mujer que se quedó sin visión ni audición durante su adolescencia y que vive al momento de la sordera en un purgatorio de sordera y ceguera. A lo largo de la película, Fini nos muestra un mundo de una soledad colosal y, a la vez, de una huella amorosa muy particular cuya expresión más física reside en su forma primordial de comunicación: el tacto en la palma de la mano. Siguiendo un sistema de líneas y puntos, los roces de la mano pasan a ser una sistema de comunicación elaborado. Vemos con frecuencia a Fini acompañada de alguien que le roza con suavidad las palmas, y así le transmiten lo que sucede o lo que dicen otros. Herzog cuenta, en sus entrevistas con Cronin (2014), que se encariñó con Fini hasta tal punto que la presentó a su madre, quien se aprendió el lenguaje de las manos para poder comunicarse con ella. Ambas fueron buenas amigas hasta que Fini murió unos cinco años después del estreno de la película. 

Fini acompaña a Herzog a conocer a distintos miembros de la comunidad sordo-ciega, niños y adultos. En la última escena, vemos al Sr.Fleischmann, un hombre sordo de nacimiento que se quedó ciego recién a los treinta y tres años. El Sr. Fleischmann vive con su madre, quien lo asiste en casi todo, en una institución. Mientras la cámara graba una conversación mantenida entre Fini Straubinger y la madre, la mirada se desvía súbitamente al Sr. Fleischmann, quien camina solo por un jardín. Es un cambio de sujeto inesperado, alejado de lo previsto: apareció algo importante y la cámara tiene que captarlo. Mientras el Sr. Fleischmann camina, se choca contra una rama llena de hojas que lo golpea con suavidad en la cara. Se detiene y comienza a tocarla, la agarra, sostiene las hojas entre los dedos y sigue la rama hasta llegar al tronco. Es casi un movimiento de seducción, de erotismo, el roce de las manos que llegan a la base del tronco hasta abrazar las caderas del árbol. “En cuanto vi a Herr Fleischmann bajo el árbol supe que era una imagen tan impactante que probablemente sería el final de la película”. 

¿Cuál es la cinefilia herzogiana? Quizá se trate de la construcción de un modo de ver que hace brotar imágenes (“claras, puras, transparentes”) que exponen lo esencial, lo íntimo: imágenes “fieles a nuestra civilización, a nuestra humanidad”. Dice Herzog que “iría literalmente a cualquier parte para obtenerlas”. Y sabemos que no miente: gran parte de su filmografía fue llevada a cabo en los lugares más complejos e inhóspitos posibles, en condiciones de una dificultad enorme. Recorridos muchas veces tortuosos que se proponen buscar trazos de caos, de silencio, de destrucción, pero también de amor, de ternura. Trazos de lo humano y lo bello. 

En El Hombre Oso (Grizzly Man, 2005), Herzog sigue las huellas de Timothy Treadwell, un hombre que –a la usanza de Christopher McCandless– deja todo para irse a Alaska a cuidar a los osos pardos, posiblemente uno de los animales más peligrosos, inesperados y crueles de la fauna norteamericana. 

El film está compuesto, por un lado, de escenas filmadas por el propio Treadwell, quien documentaba al detalle sus andanzas, y, por otro lado, de lo filmado por Herzog, las entrevistas a los amigos y familiares, las visitas a los lugares de los hechos. La fascinación obsesiva por los osos de Treadwell seduce a Herzog, que nos lleva a ver no solamente ese tierno encanto por los animales, a los cuales el protagonista adora hasta un punto conmovedor, sino su testaruda ingenuidad. Herzog es muy claro en este punto, si bien admira a Treadwell por su empresa, no evita decir que difiere en un punto fundamental: para él, a diferencia de su protagonista, la naturaleza no es de una composición armónica, amistosa y buena, sino más bien todo lo contrario. La mirada herzogiana apunta siempre a mostrar lo verdadero del caos y crueldad que revientan en toda su hermosura. Conocemos el destino de Timothy Treadwell desde los primeros minutos de la película, donde un amigo nos cuenta cómo encontró su cadáver y el de su novia completamente devorados por un oso macho famélico. La fascinación infantil masticada entre las fauces de un coloso. 

Por alguna suerte de azar, Treadwell había dejado la cámara encendida con la tapa puesta en el momento en que fueron atacados por el oso, dejando como testimonio una pieza hecha de los sonidos de su propia muerte. Su mejor amiga y ex pareja, Jewel Palovak, a quien Herzog entrevista varias veces, es la guardiana de la cinta con la grabación del sonido, el cual jamás ha escuchado. En una de las charlas entre Jewel y Herzog, vemos cómo ella decide entregar la grabación al director. Es acaso la escena más importante de toda la película. Nosotros jamás accedemos a la grabación, no escuchamos nada de ella, sino que se nos muestra a Herzog de espaldas, con auriculares, escuchando los gritos, las lamentaciones finales, ante la mirada hechizada y tremebunda de Jewel. Después de unos segundos, Herzog le pide con un tono suave y tranquilo que por favor la pause. Mira a Jewel y le ruega con delicadeza en su inglés teutón que jamás escuche esa cinta, que tiene que destruirla. Después, se calla y llora en silencio. “No, Werner, jamás voy a escucharla”. Qué intercambio hecho de la más profunda intimidad, un breve gesto amistoso hecho de la más carnal compasión.

Es una escena que condensa todo lo que Herzog es como cineasta: un hombre profundamente humano. 

Entonces, ¿la mirada herzogiana? Parece haber un acto reiterativo en toda su filmografía. Nos presenta narraciones, elongaciones de alrededor de noventa minutos  que se concentran en contar, sí, pero no solo eso, sino que convidan algo más sutil e importante: trazos hechos de minutos –segundos, incluso– donde se muestra un trozo de Verdad. Herzog captura instantes (como brisas) que señalan fragmentos de realidad a un nivel tan cruento que podemos llamarle Verdad. La escena de Herzog escuchando el sonido de muerte, la advertencia cuidadosa e imperativa a Jewel (“no debes jamás escuchar esto”), el momento inesperado en el que Herr Freischmann reconoce con el tacto el erotismo de un árbol. Acaso sean, también, una lección que nos advierte sobre la importancia de mirar con cuidado. 

Bibliografía

Herzog, W., Cronin, P. (2014) Herzog por Herzog. Buenos Aires: El cuenco de plata 

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