“El viaje a Lyon” y las peregrinaciones de una paria (anti)académica

Por: Luz Vargas de la Vega

Años 80. Una joven forastera baja en una estación de tren buscando los rastros de otra mujer. De la primera, Elisabeth, sabemos que ha dejado a su esposo e hija en algún lugar de Alemania y que ha llegado a la ciudad de Lyon con un libro escrito por la mujer que busca. El nombre de esta otra es Flora Tristán, pensadora y activista del siglo XIX, quien pasa sus últimos años en Lyon y otras ciudades francesas comprometida con la causa de mejorar las condiciones de vida de los grupos obreros y las mujeres en general. 

Se me vienen a la mente algunas películas mainstream de la niñez, de los 80 y 90, con investigadoras de protagonistas, normalmente detectives o policías, tratando de resolver algún cautivante misterio y de probar a las instituciones patriarcales que sus prejuicios son equivocados, que son tan capaces e inteligentes como sus pares masculinos, y aún más que eso. Tensión pura, obstáculos arduos que se suceden uno a otro, sin parar, hasta que finalmente ellas triunfan y una puede respirar aliviada.  

En El viaje a Lyon (Die Raise nach Lyon, 1981), de Claudia von Alemann, el camino es otro. Es una película que no tiene miedo de tomarse su tiempo. Con encuadres fijos de larga duración, giros narrativos sutiles y una paleta de colores cálidos y opacos, en la que se deja que irrumpa a veces el sol como fuente lumínica destellante, prepara el ritmo y los sonidos y silencios propicios para sentir y pensar con la protagonista, de cuya perspectiva la cámara nunca se separa.

¿Qué busca Elisabeth de una mujer sobresaliente que falleció hace más de un siglo? No es un misterio fácil, ni siquiera para ella. Tiene claro, sí, que investigar su trayectoria desde las bibliotecas no le basta; quiere experimentar sensorialmente la ciudad como Tristán lo hiciera. En su encuentro con una librera anticuaria de la Place des Terraux, le cuenta, además, que su búsqueda no es parte de una misión académica: hace mucho que dejó de ser estudiante y tampoco ejerce su profesión como historiadora.  

Su móvil es íntimo, intuitivo y marginal a las instituciones. Su búsqueda se parece a la del affidamento. Las feministas de la Librería de Mujeres de Milán entendieron esta palabra como la construcción de un vínculo afectivo y político que recupera y reconoce a las antecesoras como portadoras de un saber valioso para las mujeres que las suceden.

 Esta definición, por supuesto, no resuelve ningún misterio. Antes que ilustrar conceptos teóricos, el film inspira problematizarlos: ¿qué exactamente recuperar de Flora Tristán? ¿Por qué o para qué contexto? ¿De qué formas y desde qué lugar de enunciación? 

En El viaje a Lyon, es elocuente que el punto de partida sea el diario que Tristán escribe durante su gira francesa bajo el título de Le Tour de France, el único libro que Elisabeth carga consigo. El contraste entre algunos pasajes de este diario y lo que Elisabeth experimenta con las personas y ambientes que irá conociendo, dibuja en paralelo una Flora personal, así como la Lyon del siglo XIX y la del presente, dos ciudades que se encuentran separadas en el tiempo por “tres guerras”, como Elisabeth apunta en off

El desarrollo de este contrapunto narrativo es el corazón que bombea la película. Una muestra es la visita a uno de los talleres textiles de la Croix-Rousse, el antiguo barrio obrero de la ciudad. Dentro del taller, más pequeño que los bosquejados en los antiguos grabados de la librera, las máquinas funcionan a un ritmo acompasado y su sonido es atronador. Elisabeth aborda al único operario a cargo, un hombre amable pero que no puede apartarse de su trabajo. El ruido los obliga a acercarse, alzar la voz, inclinarse unx al oído del otrx, leerse mutuamente los labios… demasiado esfuerzo. La bulla de la maquinaria vence e impide que podamos enterarnos de lo poco que hablan. 

Elisabeth sale a la calle ensimismada. La cámara repasa las escalinatas, larguísimas y empinadas, que conectan el distrito. Flora Tristán ingresó a muchos talleres como este a través de estas mismas escalinatas para dialogar con lxs obrerxs durante sus extenuantes jornadas laborales. Estaba enferma. ¿Cómo lo hicieron? ¿De dónde sacó la fuerza?, nos asombramos con Elisabeth. Y de esta forma, un dato histórico olvidado en algunas líneas de un libro o de Wikipedia se transforma en una acción física que resuena en nuestra sensibilidad, que nos impresiona. Las condiciones materiales en que la activista y los gremios obreros se movilizaron políticamente alcanzan a ser cercanas y al mismo tiempo casi inverosímiles. 

Por suerte, este tipo de confrontaciones sacuden a la protagonista y a la película de “la comprensión pasiva” del pasado, que es lo que ella teme, o, peor aún, de su idealización. En su lugar, se abren paso la impaciencia, la inconformidad, el interés frente a los conflictos del presente. 

La Lyon escrita por la agitadora decimonónica, con todos sus problemas, es un espacio vibrante y receptivo a las ideas revolucionarias, sostenido, según anota en su diario, por “los obreros más inteligentes de toda Francia”. La Lyon de los 80 parece un pueblo fantasma marcado desde el inicio por una esvástica garabateada al lado de la palabra “punk” en uno de los muros que rodean el río de la ciudad. 

Post crisis de las grandes utopías y resistencias colectivas, en medio de las ruinas y placas conmemorativas por los estragos del nazismo, y con el capitalismo tardío en ciernes, la ciudad que retrata von Alemann, directora nacida durante la Segunda Guerra Mundial, no es una recreación ficcional. Se construye con interesantes estampas documentales de la soledad y la vejez de los rostros, calles, puentes, traboules, ventanas y fachadas de los edificios de la antigua clase trabajadora de Lyon. Una atmósfera a veces sombría, a veces dulce, en la que Elisabeth advierte que “todos se han ido, solo quedan los ancianos y los trabajadores extranjeros”. Los antiguos residentes ya no pueden ofrecer acción, sino memoria. 

¿Pero no es el hacer memoria una forma de acción también? De esto intenta convencerla una enigmática comensal del restaurante que Elisabeth frecuenta en la rue St. Catherine. 

A diferencia de su interlocutora, que ha encontrado en el collage de recortes periodísticos una certeza, una expresión propia e independiente para elaborar una memoria crítica sobre la realidad, Elisabeth se encuentra en un tránsito. Ensaya nuevas formas que le permitan una relación vital con el pasado: su propia experiencia corporal, la escucha de testimonios, el registro de sonidos con una grabadora y la creación de los mismos con sus pasos y un instrumento musical. Hacerse cargo de esta necesidad no es un camino fácil, como se puede entrever con el deterioro de sus relaciones familiares y la incomprensión de su ex colega. A la vez, la obsesiva búsqueda de affidamento que la ha traído a Lyon la anima a tejer otros vínculos de la misma naturaleza, no planeados pero no menos valiosos, con las mujeres de su cotidianidad. Entre varias otras, esta es una de las puertas abiertas que deja la película.

Para el título de esta nota tomo el de una autobiografía escrita por Flora Tristán, “Peregrinaciones de una paria” (1838), publicada años antes de que iniciara su trabajo político en Europa. En dicho libro incluye sus memorias de viaje a mi país, Perú, en sus primeras décadas republicanas. El motivo del préstamo es meramente lúdico. Sin embargo, hay elementos en El viaje a Lyon que podrían interpretarse, si una quiere, como guiños a esa primera Flora que recorre tierras peruanas: pienso en el abandono conflictivo de los roles familiares para emprender la aventura, en el carácter del viaje como una peregrinación (recordar la cita inicial de los diarios en la que Tristán se refiere a Lyon como su “espacio sagrado”, entre otros aspectos), en la autoafirmación de la posición marginal de paria con respecto a algún sistema… Pero, en realidad, estos puntos no me convencen tanto como el siguiente: la atención pareja de la escritura de Flora Tristán tanto a las individualidades femeninas, o como las llamaría Michelle Perrot en Mi historia de las mujeres, las “mujeres excepcionales”,  como a las mujeres y colectivas “anónimas”, aquellas feminidades que se encuentran normalmente en las sombras de la historia. La mejor recuperación de su legado en el film de von Alemann está en ese movimiento.        

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