Variety (1983): La metamorfosis de la mirada

Por: Grace Ríos (México)

Grace Ríos nació en Mazatlán, Sinaloa. Estudió
la Licenciatura en Comunicación y Artes
Audiovisuales en el ITESO. Ha publicado en
el dossier de Casa Negra Cine y en la Revista
Correspondencias. Fue parte del Talent Press
durante el FICG36. Actualmente es cofundadora
y crítica de cine en Celuloide Latino, un proyecto
colaborativo para la difusión, análisis y crítica del
audiovisual latinoamericano. Estudia el Curso de
Guion Cinematográfico en el CCC.

En los vestidores de una alberca, a lo largo de un plano fijo que dura poco más de tres minutos, la cámara encuadra la conversación de un par de amigas entre una serie de casilleros color rojo estridente. Del lado izquierdo está Nan (Nan Goldin, artista y fotógrafa de la contracultura neoyorquina) y en el derecho, aparece reflejada en un espejo Christine, la protagonista. Mientras se visten, se quejan de la falta de oportunidades laborales y los malos ratos que han tenido que pasar en la exhaustiva búsqueda de un empleo digno. Tanto la puesta en cámara como los diálogos plantean algunos de los ejes temáticos de la película. La primera sugiere una mirada curiosa, intrusiva y nos hace partícipes de una conversación que ocurre dentro de un espacio privado. Por otra parte, en la conversación se verbaliza la aspiración de Christine de convertirse en escritora. ¿Y qué hace una escritora sino buscar nuevas formas de contar su propia realidad? 

Christine acepta el empleo que le ofrece su amiga como último recurso y se instala en la pequeña cabina del Variety, un cine porno con un enorme letrero neón que ilumina las calles del Nueva York de los `80. Dentro de ese reducido espacio convive con dos imágenes: la suya en reflejo de un espejo y la de los clientes que se acercan a comprar un boleto por dos dólares. 

Al poco tiempo de iniciada su labor, le pide a Luis, su compañero, –el encargado de anunciar a cuanta figura masculina transita frente al cine, que en sus pantallas va a encontrar a las más tentadoras, deliciosas, exquisitas mujeres de sus sueños–, que tome su lugar para poder tomarse un descanso. Este ritual se vuelve cada vez más frecuente a medida que Christine desarrolla una impetuosa atracción por aquel espacio y sus narrativas, que parecieran pertenecer exclusivamente al mundo de los hombres. Pantallas desbordadas de una feminidad fabricada para complacerlos, diseñadas para el deleite de su mirada. Tal como teoriza Mulvey (2007) en Placer visual y cine narrativo –texto al que la misma Bette Gordon ha hecho referencia en varias conversaciones en torno a la película–: «la mujer como imagen, el hombre como portador de la mirada». Pero Bette Gordon altera la mirada y pone a disposición de su protagonista el artefacto de la ficción para contar una especie de thriller noir en el que explora la relación entre el deseo y el autodescubrimiento. 

En una de sus excursiones a las salas, Christine tiene una breve interacción con un misterioso hombre trajeado, quien despierta su interés porque le parece distinto a los que acostumbran frecuentar el establecimiento. En el siguiente encuentro, el hombre se presenta, se llama Louie y quiere invitarla a salir. Antes de que la cita tenga lugar, Christine va de camino al trabajo cuando, del otro lado de la acera, lo ve estrechar la mano de otro hombre para luego entrar en un establecimiento de entretenimiento XXX. Decide seguirlo sin que este se percate. Así es como Christine comienza su metamorfosis hacia el arquetípico personaje del detective noir que espía entre las sombras al objeto de su interés. ¿El hombre como imagen, la mujer como portadora de la mirada? Un poco sí, pero no del todo. Sería demasiado simplista decir que los papeles se invierten y ya. Que ahora ella hace el papel del detective y él es la femme fatale. Me parece que ella se apropia de ambos roles y los resignifica. Es una femme fatale que exalta su sexualidad para deleite propio, asume su cargo como detective para satisfacer su curiosidad. No trabaja para nadie más que para sí misma. Es cada vez más consciente de su propio reflejo y disfruta descubrir en él su nueva imagen, una en la que incluso su vestimenta, la manera en que se arregla y su lenguaje corporal han sucumbido a su mutación en el personaje estrambótico, misterioso y provocativo en el que ha decidido convertirse, es la dueña de su narrativa y no podría importarle menos la opinión que los demás tengan de ella. 

Prueba de esto son las interacciones que tiene con Mark, su novio, en las que poco a poco introduce fragmentos de lo que escucha en el cine y, como es de esperarse, en un inicio le provoca incomodidad y rechazo. La mayoría de los hombres están acostumbrados a consumir las narrativas que objetivizan a las mujeres, pero no al revés; podría decir que va a un cine porno, pero no que su novia trabaja en él, podría nombrar entre copas con los amigos cuáles son sus videos porno favoritos, pero jamás diría que su novia aparece en ellos. Habrá siempre sus excepciones, no lo dudo. Pero lo cierto es que la sexualidad femenina sigue siendo un tabú que cuando es sacado a colación o bien genera desconcierto y rechazo, o causa desinterés. Ambas se hacen presentes en las reacciones del novio. Primero, el desconcierto: «¿Por qué me dices esto?» Con su respuesta, reafirmo la idea que mencioné previamente de Christine como escritora que hace uso de la inventiva para construir su propio relato: «Te estoy hablando de mi vida». 

El desinterés está puesto en la escena en que mientras Mark juega al pinball, Christine narra con voz seductora alguna de sus fantasías eróticas. Lo mira fijamente, él parece ignorarla, concentrado en su juego. Como las canicas en la mesa de pinball los planos van y vienen entre el rostro de ella, inmutable, y el de él, contenido. El hombre se desfoga oprimiendo los botones del tablero a medida que el relato sube de intensidad hasta que el juego se termina. ¿Quién ha ganado?

BIBLIOGRAFÍA
Mulvey, L. (2007). “Placer visual y cine narrativo” en Crítica feminista en la teoría e historia del arte.

Deja un comentario