Por: Amaia Zufiaur (España)
Amaia Zufiaur es graduada en Comunicación
Audiovisual y se ha especializado en crítica
cinematográfica y en estudios culturales. Publica
periódicamente críticas cinematográficas en la
Revista Mutaciones, medio digital en el que forma
parte del consejo de redacción. Sus intereses
principales se enfocan en el cine de género y ha
dedicado algunos ensayos y artículos a los estudios
de la ciencia-ficción.

La película Simone Barbès o la virtud (1980) nos sugiere infinitas preguntas. Su directora Marie-Claude Treilhou nos responde a algunas. Otras las tendremos que desentrañar nosotras mismas. El significado de la virtud, que aparece en el título, es uno de esos pequeños enigmas, pero aquí trataremos de responder a otros como quién es la protagonista, quién es Simone Barbes.
Intentaremos encontrar el significado a este personaje centrándonos en su recorrido a través de los diferentes espacios de la película. La psicogeografía de los situacionistas será una herramienta de la que nos apropiaremos libremente para nuestra empresa. Este término, definido por Guy Debord, se refiere a un interés por la percepción del espacio urbano, y más particularmente en la experiencia afectiva del espacio por parte del individuo, pues el entorno actúa directamente sobre las emociones y el comportamiento de cada persona. La deriva urbana es la principal herramienta para entender esto, un instrumento que se utiliza para percibir el cambio de atmósfera dentro de la ciudad, sus barrios y sus calles.
En origen, la Internacional Situacionista desarrolló una reflexión que era en sí misma una reacción al urbanismo funcionalista, al que acusaban de alienante, y este rechazo lo culminaron en una especie de reapropiación por medio de la imaginación de este espacio urbano invadido por el consumo. En Simone Barbès o la virtud Treilhou se reapropia de espacios destinados a los hombres y en nuestro caso nos estamos reapropiando también en cierta manera de las ideas principales de la psicogeografía.
Lo que nos interesa de esta herramienta es que también sirve de análisis de los efectos psicológicos que nos induce una geografía concreta. Por medio de ella se puede construir una cartografía de preocupaciones filosóficas, sociales e incluso emocionales localizadas en un mismo entorno.
La película que nos ocupa se divide en tres escenarios principales que están conectados a través de su protagonista Simone: un cine porno, un bar y un coche. Lugares y espacios políticos, donde cada cual tiene un rol que desempeñar, una manera de moverse y actuar a través de ellos, en definitiva, un posicionamiento.
En el teatro de los hombres
La primera secuencia tiene lugar en el vestíbulo del cine porno donde Simone trabaja, entre la taquilla y las puertas en constante movimiento que conducen a unas salas a las que nosotras como espectadoras nunca tendremos acceso. De las películas que se proyectan en ese cine solo se escuchan fragmentos según los clientes entran y salen. En este viene y va de visitantes, destacan algunos de estos personajes secundarios, hombres en su totalidad, que no contradicen la división de género presente en el teatro, sino que la hacen más compleja. Pero son las mujeres quienes tienen el poder en este lugar, es el personaje protagonista, Simone Barbès, quien tiene el mando sobre la acción y los impulsos voyeuristas de los hombres; ella tiene el control sobre el espacio y el control sobre los otros.

En este vestíbulo, Simone está realizando el final de su turno de trabajo junto a su compañera Martine. Sentadas en dos sillas a cada lado de una mesa, charlan, fuman, comen, beben licor… Cuando es necesario, hablan con los clientes y los acompañan desde la taquilla hasta la sala. Escuchan a los visitantes habituales, rechazan a los clientes descontentos con la película, se enfrentan a los comentarios reaccionarios. Todas estas acciones se desarrollan bajo unos enormes ojos de neón, pegados a las paredes del vestíbulo. Unos ojos que nos remiten a quién suele tener la autonomía en esta clase de lugares. Un cine porno, y las películas que en ellas se proyectan, suelen estar dominados por la mirada del hombre; los cuerpos de las mujeres de las películas de este género son meros objetos, pero aquí, los cuerpos de estos dos personajes femeninos están libres, relajados. Pueden tomar el sitio que quieran y sentarse como les plazca. La única cosa que les quita cierta libertad tal vez sea que están ahí por deber, porque es su trabajo.
Contrasta su actitud y su libertad frente a la clase de películas que se proyectan en esa sala, creando una especie de espacio ambiguo. El vestíbulo es como un no-lugar, un sitio de paso, un portal que hay que franquear entre la calle y la pantalla, y ahí es donde habita Simone en esta primera secuencia. Un espacio lleno de significados que Treilhou en su película dinamita sutilmente.
Es precisamente cuando Simone mira a la calle cuando el orden establecido en esta escena se rompe ligeramente. No hay una ruptura espacial completa, pero sí un pequeño choque. En cierto momento, unos gritos llaman la atención de la protagonista, hay una discusión en la calle entre un hombre y una mujer, una pareja, y parece que este hecho es algo que se ha repetido con anterioridad: en la puerta del cine ya los conocen. Lo que nos interesa de aquí es la fascinación que tiene Simone por el afuera.
Ella mira a través de las puertas de cristal del cine lo que acontece en la calle, afuera está la aventura, lo diferente a la rutina, una perspectiva y una visión de la calle que podría enlazar perfectamente con el final de la película.
Viaje al reino de las Amazonas
Cuando termina su turno, Simone sale del cine y se dirige al bar donde trabaja su novia para esperarla. Transportada a un nuevo lugar, una especie de «cabaret de mujeres», la protagonista entra en la escena en la que suceden más cosas de toda la película, pero que también es donde ella tiene menos agencia. Mientras Simone merodea, toca la banda compuesta de integrantes femeninas, una cantante punk hace su espectáculo, hay un baile de mujeres con cuchillos… y un hombre es asesinado. La puesta en escena está del lado del exceso, hay mucho movimiento. En el cabaret de Treilhou, las pasiones se disparan y las miradas seductoras, las traiciones románticas y el colapso son sucesos que percibimos extrañamente comunes porque dejan a Simone imperturbable.

Cuando localiza a su novia, ella, en tono de disculpa, le informa que su turno durará un poco más. Simone se encoge de hombros, esto ha sucedido más veces y está harta de ser dejada de lado. Es su pareja además quien le pone la chaqueta y en cierta manera la obliga a irse del bar, sus palabras intentan manipular a Simone para convencerla, y con su cuerpo prácticamente la empuja contra la puerta.
El rol de Simone Barbés ya no es el de trabajadora, así como en el cine tenía cierto estatus de poder, aquí solo es una visitante que está de paso. En el club, Simone se retira. En lugar de imponerse en el espacio, atravesarlo y, de esta manera, tomarlo para sí misma, se recoge en un rincón, donde permanece como acorralada por el resto de la clientela del bar y por su propio deseo, asumiendo esta vez papel de voyeur en una especie inversión de la correlación de fuerzas que veíamos en la escena anterior, el entorno y las personas que lo dominan pasan a controlar su comportamiento.
Vuelta a casa con un extraño
Llega el epílogo y Simone se sumerge a la deriva en la noche, las oscuras calles de la ciudad la envuelven. Ahora el espacio está abierto y puede suceder cualquier cosa. Simone acepta una invitación sospechosa. Tras deambular por las calles un tiempo, es recogida por un tipo que la confunde con una prostituta. Ella aclara que no lo es, y va a tomar el mando del coche y conducir. Él, que está siendo llevado, acaba simplemente por escucharla mientras ella inicia un monólogo sobre su estado vital. Entre las confesiones que se realizan estas personas que se acaban de conocer no sabemos muy bien qué es verdad y qué no.
La directora planifica la escena rodando a ambos dentro del coche; en un plano frontal, vemos a los dos personajes en el vehículo. Pero en cierto momento, unos segundos dudosos, observamos un plano solo de ella. Es un momento de la conversación en la que ella parece que va a decir algo, corregir alguna de sus confesiones, tal vez confesar una verdad dentro de la intimidad que se ha creado entre estos dos extraños dentro de un espacio pequeño y más íntimo, pero finalmente, ella guarda el silencio.

La calle, como la deriva de Simone en la pequeña transición en la que ella iba caminando sola, pueden propiciar este estado y esta situación social. Es aquí, en esta última secuencia, donde el velo de los roles sociales y las etiquetas parecen difuminarse. Mientras navegan por las calles, cada uno de los dos personajes mantiene una personalidad hasta que finalmente abandonan el acto. Cuando ella se va, las normas a las que nos han acostumbrado se invierten, él llora y se acaricia el bigote falso mientras la observa alejarse. Ella se despide, baja del coche, y un plano general cierra la película. La última imagen revela el apagado de las luces de la ciudad, momento en que la iluminación artificial se retira para
dar paso a la natural y sale el sol. ¿Nos desvelará esta luz una nueva Simone Barbés?
