Performance de la escucha femenina, carta a la película Mutzenbacher (2022)

Por: Lucía Saleh (Argentina)

Artista de ascendencia árabe-musulmana, escritora,
comunicadora cultural y poeta. Reside en Ciudad de
La Rioja. Investiga el cine desde la crítica realizando
colaboraciones para medios independientes (Revista
Al Oído, Rioja3puntocero, Revista INVOX)
y programas radiales como columnista (Radio
comunitaria Voces, Medios Rioja). Se desempeñó
como encargada de prensa de la película Hábitos
Fantasmas (Xorge Leiva, 2017) y formó parte del
equipo de Pre-visionado y Programación del Festival
Internacional de Cine Documental de Buenos
Aires (2022). Estudió la carrera Lic. en Letras y
Lic. en Arte Escénico Mención Danza. También es
productora, gestora, directora y docente de danza y
activista feminista.

Durante la conversación entre dos jóvenes adultos, uno de ellos admite con pudor que su sexualidad no había despertado tan tempranamente y mucho menos de una manera divertida, en contraste el otro muchacho cuenta que su despertar sexual fue a los 11 años a partir de un juego de niños y confiesa haber tenido fantasías con su niñera. La manera en la que describen sus recuerdos parecen exteriorizar un pudor desde la experiencia corporal y esos cuerpos parecen volver a la memoria de un cuerpo infantil, un poco confundido, un poco ruborizado, un poco curioso. 

En la escena siguiente improvisan un fragmento de la novela Josefine Mutzenbacher: La historia de una prostituta vienesa, que acaban de leer sentados en un sillón rosa y elegante. La interpretación parece dada desde esos mismos cuerpos infantiles que antes describían sus primeras exploraciones sexuales. Dos hombres adultos jugando a seducirse, sin estar convencidos o sin estar seguros de cómo hacerlo, no pueden mirarse a los ojos, se avergüenzan de poner el cuerpo a lo que antes decían sentirse atraídos. Culminan escondiéndose atrás del piano, pero todes les estamos viendo, vemos sus manos temblorosas y escuchamos sus risas nerviosas.

Hacer silencio para una mujer como yo o cualquier mujer/compañera/amiga de este tiempo puede parecer un insulto. Hacer silencio y escuchar a cien hombres opinar sobre sexualidad femenina es casi un castigo. Hacer silencio, es también una forma de indagar. Un silencio activo. Escuchar es una herramienta útil para entender por qué las cosas suceden. Escuchar a un hombre relatarse como un niño. No es compasión, no es pena, es apartarse de un lugar cómodo.

El pensamiento ocupa un espacio. Ruth Beckermann puso a ocupar espacio a los pensamientos en batalla con el cuerpo. Apareció el sujeto indefinible, la maquinaria, el espacio desconocido. Apareció el monstruo en pantalla y resulta ser un hombre que tiene vergüenza, que tiene pudor, un hombre que piensa y desea, pero que su cuerpo sólo resiste su propio deseo en intimidad. Frente a la pantalla ya no existe el monstruo que viene de la oscuridad y puede abusar de mí en la calle, en un descampado, en un auto, en un baño. Sentado en el sillón solo hay un hombre.

Cuando era una niña de 11 años escribí en mi diario íntimo que alguien había abusado de mí a los 6. No lo escribí con estas palabras. Lo describí en detalle, lo que había sucedido en esos momentos de abuso. Cuando volví a leerlo, al ratito, se me revolvió el estómago y arranqué la hoja y la corte en pedazos para luego tirarla a la basura para que nadie llegue a leer eso nunca. Era pequeña pero tenía conciencia de una cosa: que eso era asqueroso y me hacía sentir culpa.

Después de eso, silencio durante años.

A los 25 volví a escribir sobre el tema del abuso. Coloqué en una red social el relato de un sueño: «Soñé que mi abusador estaba con una niña pequeña. Yo la traía hacía mí y luego caminaba hasta un grupo de mujeres, él me siguió pero quedó tapado por el tumulto de mujeres».

Después de eso, más tiempo de silencio.

A los 27 le conté a mis padres y después escribí algo que era sólo para mí: «Tengo que darme tiempo y sentarme cara a cara con mi niña interna y pedirle perdón por el silencio. En mi vida necesito un poco de tiempo. Este texto no es un escrache, este texto es puro material sensible para pensar críticamente qué pasa a tu alrededor».

A partir de entonces ya no hubo más procesos de silencio pero se abrió un canal de escucha hasta de las más bajas frecuencias. 

Con esta línea del tiempo sobre mi proceso de reconocer un abuso no quiero ser una víctima, no me gusta esa palabra para mi cuerpo. Con este relato me declaro cómplice de Ruth Beckermann. Yo también quiero observar para desentrañar, yo también quiero escuchar para saber, yo también quiero hacer silencio después de gritar. Quiero saber por qué todos los hombres que se han sentado en ese sillón sintieron que estaban llamados a ser «personajes» de esta película. Y nos cuentan. Escuchamos. Preguntamos ¿Saben que Josefine Mutzenbacher: La historia de una prostituta vienesa es en realidad el relato de un hombre? ¿Importa? 

No puedo evitar ver sus gestos siempre hacia la risa, la risa que esconde vergüenza. La risa es complicidad, es una invitación a ser parte ¿Por qué los hombres ríen ante un relato de abuso? ¿Ríen en sus pensamientos también? La voz de la directora es un cuchillo cuando interviene, corta los pensamientos, corta la risa, obliga a los cuerpos a responder, no solamente a pensar. Pregunta, no está su cuerpo, no aparece frente a cámara, y tampoco es una víctima.

Durante la performance del final los hombres que leían en solitario se juntan, juntan su existencia, su corporalidad, juntan sus voces, juntan sus caras, juntan su experiencia, juntan su genitalidad, juntan su vergüenza y se transforma otra vez en el monstruo, en la máquina. Armar y desarmar. ¿Qué nos da miedo? ¿La maquinaria o el individuo? Porque miedo tuvimos y a veces tengo cuando camino por la calle sola. Impensado, claro porque si ya me he peleado con la policía en un juicio por femicidio, por qué tendría miedo ahora. Sí, a veces tengo miedo, vuelve el miedo, pero no es el mismo miedo. Repito, entonces, ¿Qué sentimos en la escena de todos estos hombres juntos? ¿Qué nos da miedo? Por separado sólo recuerdo a los jóvenes que intentan esconderse detrás del piano, actuando su sexualidad, mostrando un cuerpo y pensando otra cosa.

¿Necesitamos evidencias marcadas para darnos cuenta de lo que está mal? ¿Sabemos que abusar está mal porque alguien lo remarca o por qué podemos digerirlo y entenderlo sin una guía?

Acá es donde pienso: una película llena de hombres que hablan sobre el libro de un hombre que habla sobre las mujeres ¿Es una película que habla de nosotras? Sí. Nosotras estamos también sentadas con Ruth detrás de la cámara esperando respuestas.

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