Por: Viridiana Martínez Marín (México)
Candidata a doctora en Humanidades con
especialidad en Teoría y Análisis Cinematográfico
por la Universidad Autónoma Metropolitana
(UAM-X). Es profesora e investigadora de los
campos del arte, cultura y medios audiovisuales.

Simone Barbès ou la vertu (1980) de Marie-Claude Treilhou, es un relato sobre lo cotidiano y la melancolía, donde el azar guía el transcurrir de la noche de una joven mujer lesbiana que no se permite ser intimidada por las miradas que promueven el placer y privilegio masculino. Simone es una joven que trabaja en un cine que exhibe películas porno con su compañera Martine. Escuchamos sus discusiones, sus bromas, y observamos en qué consiste su jornada laboral. Desde el inicio, las imágenes no están interesadas en mostrar las calles, como si se tratase de postales de la ciudad de París, sino que utiliza los espacios en los que Simone se desenvuelve como muestra de la vida social, lo que nos dice que lo social y lo político no reside únicamente en los roles y en la participación de una mujer en las calles, sino que se encuentra en cada relación que ella entabla en la vida laboral y sentimental, incluso consigo misma, sus amigas y sus pensamientos.
Al inicio de la película, las primeras imágenes muestran sólo dos planos abiertos de la calle en donde está ubicado el cine, planos que se enfocan en detalles de la fachada del edificio, los letreros y la cartelera exhibida. En las primeras secuencias, el énfasis reside en el público masculino que asiste al cine porno y en cómo las encargadas mujeres de la sala lidian con ellos. La cámara desciende, como si se posicionara desde el punto de vista de una persona que está por entrar en el cine, mientras avanza hacia la puerta. Sin embargo, no ingresamos al cine, sino que nos quedamos observando a quienes entran en la sala.
Existe una correspondencia entre el ensayo Placer visual y cine narrativo de Laura Mulvey y el filme de Marie-Claude Treilhou que confrontan desde la escritura y la realización fílmica las maneras en que se construye la mirada en el cine dominante. Además, cuestionan cómo funcionan a través de la forma contenido fílmico ciertos códigos patriarcales y de perpetuación de la mirada masculina en donde las mujeres están en el cine para cumplir roles de satisfacción de quienes observan, y aparecen como objetos, como imágenes sin agencia, donde se depositan las fantasías masculinas, en este caso, las que se asumen como heterosexuales. Escribe Mulvey:
En un mundo ordenado por el desequilibrio sexual, el placer de mirar se ha escindido en activo/masculino y pasivo/femenino. La mirada determinante del varón proyecta su fantasía sobre la figura femenina, a la que talla a su medida y conveniencia. En su tradicional papel de objeto de exhibición, las mujeres son contempladas y mostradas simultáneamente con una apariencia codificada para producir un impacto visual y erótico tan fuerte, que puede decirse de ellas que connotan (Mulvey, 2001, 370).
Mirar en Simone Barbès ou la vertu es desplazar la mirada activa/masculina al margen, separándose de una estructura basada en la continuidad y en los cortes secuenciales que modulan el placer de observación del espectador masculino. El hecho de que la cámara se quede detrás de la puerta por unos segundos, mientras los personajes entran y son observados desde afuera de la puerta, es una negación al placer visual de un espectador que puede verlo todo; este gesto anula el privilegio de la mirada que puede traspasar puertas y consumir aquello que prometen esos letreros de neón.
La dislocación de la mirada atraviesa toda la película, tanto en la forma como en el contenido. La cámara casi no se mueve para seguir a los personajes, no opera en favor de la continuidad, sino que se queda fija en el campo, lo que recuerda mucho al teatro, a una puesta en escena en la que los personajes entran y salen con un ritmo fluido sin saltos temporales. El filme utiliza el fuera de campo sonoro para enunciar lo que sucede dentro de las salas donde se proyectan las películas pornográficas.
En Simone Barbès ou la vertu, la mirada que se comparte con los públicos no está para complacer. Mientras Simone y Martine observan el ingreso de los consumidores del cine porno, diversos perfiles desfilan ante cámara: aquellos que se sienten avergonzados y quieren pasar desapercibidos, aquellos que creen que el género del porno es un arte y siguen fervientemente cada director y a las actrices, y aquellos que van a pasar el tiempo y no les molesta la imagen desenfocada. En una de las secuencias, podemos observar incluso a un hombre con una mirada voyerista, escopofílica [1], en palabras de Mulvey, cuyo placer sexual viene solo por el hecho de observar, que en cierta forma es también objetivar. El hombre se escabulle entre las salas para tener el placer de mirar sin ser descubierto, es un Peeping Tom [2] que todo lo absorbe, incluso cuando se detiene a fumar un cigarro y observa a Martine fijamente mientras ella come un sándwich. Para él, las mujeres de la pantalla y en general las de su alrededor están para cumplir su deseo; es un violentador, la penetración y el abuso están en cómo ejerce su mirada.
Esta formación de la mirada masculina refleja un posicionamiento de poder que ejerce privilegios sobre múltiples esferas de la vida social, como el ámbito laboral, el ámbito económico, la esfera doméstica, educativa, etc., y que se performa en el cuerpo de las masculinidades. Al salir de su trabajo, Simone se dirige a un club nocturno donde trabaja su pareja, un espacio clandestino destinado a otras formas de goce. Mientras la espera sentada en el bar donde ella trabaja un hombre ofrece pagarle unos tragos a Simone y su novia si se sientan con él, solo por el hecho de ser guapas. Ante el rechazo de Simone, el hombre la insulta y le dice que se quedará sola y vieja en una esquina. Este abuso de confianza y privilegio heteropatriarcal de ocupar un lugar al que no se pertenece, entre dos mujeres que claramente no están interesadas en él, y transitarlo para satisfacer su deseo de observar es una forma de ejercer el privilegio de la mirada masculina.
Cuando termina la noche, Simone regresa a su casa. Mientras camina por las calles parisinas, un hombre intercepta a Simone y le ofrece acompañarla y llevarla a su casa. A pesar de que este hombre solo busca compañía, sigue siendo un acto impositivo buscar a una joven durante la noche para acompañarlo. Sin embargo, Simone termina accediendo, y lo que al comienzo parecía una conversación entre extraños, culmina en una confesión íntima, ya que el hombre, al conocer más a Simone, su amabilidad y su sentido del humor, abandona su personaje y se quita el bigote. Mientras suena una ópera, el hombre llora por un tiempo largo frente a cámara, y frente a Simone, en un gesto último donde Simone Barbès ou la vertu se despoja del placer y del privilegio masculino.
Bibliografía
Mulvey, L. (2007). “Placer visual y cine narrativo” en Crítica feminista en la teoría e historia del arte.