Los puntos ciegos de la Historia

Por: Candelaria Carreño

“Quiero cambiar un mundo que está pereciendo,
una tarea imposible.
Sin embargo, solo escucho mi fe,
mi amor, mi fuerza de voluntad.”
Flora Tristán

“7 de Julio. Parto para Lyon. B. estaba bastante sorprendido. Me llevó a la estación, apretando los dientes, sin decir palabra. Elsa dormía tan profundamente que no tuve el valor de despertarla. Me muevo, y sin embargo, estoy inmóvil. Encerrada y, sin embargo, protegida en el tren. Nadie espera nada de mí”.

En Desierto Sonoro (2019), la novela de Valeria Luiselli, un matrimonio junto a sus dos hijos pequeños (el hijo del padre estadounidense, la hija de la madre mexicana) recorren en auto la zona del desierto de Arizona, avanzando en sus respectivos proyectos laborales. El fin de ese viaje parece trazar un antes y un después en la familia. Ambos se dedican a la documentación sonora: de la cotidianidad de Nueva York, a la búsqueda en la aridez desértica de granulaciones fantasmales, ecos posibles de los habitantes originarios del territorio norteamericano, pero también de los migrantes mexicanos que actualmente caminan un desierto que parece devorarlos y engullirlos en su seca letanía. Son acustemologos, es decir que se dedican a una rama de la musicología que plantea que es posible realizar una investigación del sonido, no sólo como documentación de un cronotopos, sino como una epistemología capaz de construir conocimiento. Atravesado por lecturas ligadas a la fenomenología de la percepción de Maurice Merleau-Ponty –además del estructuralismo de Levi Strauss, y otros autores de la antropología enmarcados en el post-estructuralismo– el concepto de afecto, cuerpo y sentimiento deviene un factor fundamental en las formas de concebir un logos atravesado por el sonido, plasmado de mapas sonoros de épocas simultáneas que coexisten en su escucha. 

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Es curiosa la traducción que se da en inglés al título original de la película de Claudia Von Alemann, Die Reise nach Lyon (1981). En español se la tradujo como El viaje a Lyon, pero en inglés se la conoce como Blind Spot, es decir, punto ciego. Para el filósofo francés Merleau-Ponty, esta es una de las claves de lectura de su propuesta filosófica: intentando sortear la trampa del dualismo cartesiano, donde mente y cuerpo son dos entidades  separadas, la manera en que percibimos la realidad está delimitada inherentemente por la experiencia corporal y su relación con el mundo. Sin embargo hay, en última instancia, puntos ciegos (¿quién puede, acaso, mirar su propia espalda en el momento en que está frente al mundo que lo rodea?) que no permiten la aprehensión completa de la realidad. Siempre hay algo que se nos escapa. Eso parece sucederle a Elisabeth, la historiadora de El Viaje a Lyon, cuando atraviesa, de manera simultanea, una crisis existencial mientras pretende acercarse a la figura de Flora Tristán y las actividades que la agitadora feminista realizó en la ciudad francesa a fines del Siglo XIX. 

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Una Lyon algo desolada y habitada por personas mayores; Elisabeth camina, cuesta arriba, sube peldaños como colinas asfaltadas e interminables. Los grises y estáticos planos de una cámara impávida, la acompañan en su recorrido a diferentes lugares de la ciudad, donde sus pasos retumban. Trazando vaivenes discursivos entre lo ficcional y lo documental, los planos de las señoras que la observan desde ventanas de edificios que develan sus años por lo descascarado de las paredes, funcionan más bien como un retrato de época. Elisabeth se encuentra con algunas mujeres en su viaje, que se tornan confidentes claves para la (H)istoria; en algunos planos, se las registra como una documentación de voces reales que transitaron el cambio de decenio, en un mundo que decía adiós a los totalitarismos, e inauguraba nuevas y gélidas instancias bélicas. Los últimos días de Flora Tristán se reconstruyen a partir del diario Le tour de France (1843-1844), publicado por primera vez en 1973, cinco años antes de que Von Alemann comenzara el rodaje de la película. 

La búsqueda de archivos en bibliotecas repletas de documentación y polvo le devuelven a Elisabeth un caudal de ácaros y angustia. Lee acongojada las cartas de su marido: ni siquiera ella entiende porque abandonó a su familia en la búsqueda de su propia historia, que parece enlazarse con los ecos de la peruanofrancesa que a fines del Siglo XIX dio alguno de los puntapiés iniciales de un feminismo enmarcado en la modernidad. Suya es la famosa consigna proletarios del mundo, uníos, aquella que levantaba la voz de un fantasma que recorrió firme Europa, pero que Tristán bien sabía que si no iba de la mano de los derechos y emancipación de la mujer trabajadora, la revolución siempre estaría eternamente condenada a ser a media asta: “Hasta el más oprimido de los hombres puede oprimir a alguien más. Su esposa”. 

Elisabeth no sabe cómo asir aquello de presente en el pasado, o aquello de pasado en el presente, y tampoco quiere que el nombre de Flora termine durmiendo el sueño de las justas. Entonces, encuentra una manera de hacerse de la Historia: con un grabador, recoge los sonidos donde posiblemente Tristán también dio sus pasos. Se graba, se escucha, recoge el sonido ambiente que la acompaña. Almuerza en un restaurante de la rue Sainte-Catherine, regenteado por una señora bonachona. Tiene sexo casual con un desconocido. Se duerme sobre su máquina de escribir, el lenguaje le es impropio, ajeno. Se pierde. Busca, no encuentra, pero busca: los puntos ciegos de su presente, y todos aquellos archivos cargados de las propias lagunas agujereadas del tiempo. La grabación de sus cintas la acompañan en las calles grises de la ciudad francesa. Como una temprana acustemologa [1] abre el oído e intercepta con el cuerpo todo aquello que el ángel de la historia impide puntualizar en su propio detenimiento, avanzando, ciego, ruina sobre ruina, acumulando vestigios y escombros del implacable progreso. 

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El restaurant se convierte en un lugar habitual para la protagonista, donde va a almorzar, leer, beber café, pasar el rato. En la puerta del lugar hay una placa recordatoria que mantiene viva la memoria: se recuerda a los y las 80 judíos y judías de Lyon que fueron fusilados en plena calle en 1943 por la Gestapo, como le contará luego la dueña del lugar, quien se le arrima y consuela cuando ve que a Elisabeth se le escapan algunas lágrimas. Hablan sobre esa noche, de la que aún tiene memoria: no sólo lo vio, sino que también, tac tac tac, oyó los disparos. Las narrativas de la memoria, reconstruidas oralmente, con el sonido como elemento fundamental para su evocación. Esta escena es importante no solo por la significación de la oralidad y el rememorar en la película, sino también porque, como apunta Raquel Morais, Le Tour de France sufrió un letargo en su publicación final debido a las complicaciones de la Segunda Guerra Mundial.

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El tímpano y la retina. Pequeñas máquinas que registran el tiempo. De lo contrario: diluirse, disolverse, esfumarse, desvanecerse, derretirse, desaparecer”

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La cámara opta por planos generales y estáticos, fijos, otorgando al film una rítmica particular, en la cual resuenan los gestos akermanianos que filmaron la cotidianeidad enajenada de Jeanne Dielman, pero en esta ocasión para dar cuenta de la soporífera crisis existencial y profesional que atraviesa la protagonista de la película alemana. En El Viaje a Lyon no ahogan los espacios cerrados, sino la manera en que se atraviesan las locaciones; apenas unos haces de luz asoman en los planos de exteriores –reiterativos e incluso innecesarios en algunos casos, pero compensadas por la solidez compositiva de la fotografía– , dejando de lado las dosis de melancolía que tiñen la estadía en Lyon. El ritmo aletargado está dado para acentuar la cotidianeidad apesadumbrada del tiempo. Mediante un plano fijo se filma la conversación que entabla en el café con una mujer. También habitué del local, ya pudimos verla en escenas anteriores, con elementos algo extraños para estar sentada en una mesa de confitería: cola de pegar, papeles, recortes de titulares, tijera. Elisabeth nos saca de la intriga, y la mujer responde: recorta todo lo que pasó el día de ayer, de hoy, de manera simultánea, un apoyo para la memoria de lo que está sucediendo, publicado en medios de comunicación, porque es la forma en que recuerda el mundo.

¿Es necesario un apoyo para la memoria? Sí, porque la mujer está obsesionada con saberlo todo para poder reflexionar sobre aquello que la memoria debe recordar (Flora Tristán, una mujer olvidada), porque sino, se reflexiona mal y aquello malo que ocurrió vuelve a pasar. En un café de una mujer judía que llegó a Lyon de chica, escapando con su madre del nazismo, dos mujeres reflexionan sobre la historia, la memoria, la capacidad de olvido, la obsesión de recordar. Y los puntos ciegos rondan, nuevamente, en la manera en que en algún punto, el pasado se escapa, no se puede capturar. Esta conversación, confronta con la escena posterior: frente a frente, en una oficina llena de papeles y de libros, Elisabeth le enseña a un colega historiador lo que estuvo investigando en la ciudad durante todos esos días; resuelta, saca del bolso el grabador y le dice sin más, esto, y pone play a los sonidos. El hombre fuma con su pipa, se acomoda en la silla, la mira, como si estuviera fuera de sus cabales. ¿Pero qué tiene que ver esto con la Historia? Agrega que conoce algo de Tristán, pero no mucho. Y Elisabeth responde que quiere volver sobre la activista feminista, pero imaginando y sintiéndola con y desde el cuerpo: lo que ella oyó, vio, olió, miró en aquella Lyon de dos siglos atrás (no por nada, las comidas, las conversaciones, la cotidianeidad aletargada, tienen una importancia fundamental en el largometraje).

Pero no, eso es imposible: hacer Historia no tiene nada que ver con identificarse con el objeto de estudio, se debe ir a los documentos y fuentes. El hombre le enlista, uno a uno, los ejercicios del buen y gran historiador, aquel que aborda la gran Historia, universal, monumental, fidedigna. Pero Elisabeth retruca: ¿De qué otra manera uno puede recordar? eso es solo comprensión pasiva. Las dinámicas de pensamiento que han sostenido las maneras de pensar y hacer de las disciplina científicas no le alcanzan a la historiografía feminista, no le sirven; registra datos en su maquina de escribir, y cumplimenta con rigurosidad su rol de historiadora, pero parece encontrar en esas conversaciones de café, incluso con las mujeres que encuentra en el camino, más respuestas que en la voz autorizada de la Historia. Una metodología donde sonidos, sentimientos, colores, aromas, preguntas y densidad reflexiva son la fuente principal. Una Historia donde el cuerpo y la emoción, son irremediablemente la misma cosa.

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“Pienso en mi violín, hecho por un vienés, fechado en 1792. Llevo conmigo un sonido de dos siglos de antigüedad que no le pertenece a nadie. Un sonido que es historia. Escuché mis pasos, seguí adelante y mis pasos resonaron. Mis pasos se volvieron los de ella. La reverberación de los pasos de Flora 150 años después, un eco de su transcurso.”

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Elisabeth llegó a Lyon con el diario de Flora Tristán, y su lectura se solapa con sus anotaciones personales recuperadas en la voz en off del largometraje: no sólo su escritura parece aunarse, sino que el recorrido siguiendo los ecos leídos en Le Tour de France se impregnan en su cuerpo. Se enferma, pasa por una crisis nerviosa, parece que se fusiona con el personaje histórico que pretende recuperar, pero sabe bien que son dos personas diferentes. Y la resolución a ese viaje también llega a través de sonidos. Escuchando una pieza de Händel​ en la radio Elisbeth encuentra un posible escape a la encerrona que la invade. Los intervalos de cuartas al aire del violín, rasgados por la cerda del instrumento, fueron la banda de sonido que nos acompañó a lo largo de todo el largometraje. Hacia el final se hace melodía, interpretada por la propia Elisabeth con su violín mientras se graba tocando la pieza musical. A lo lejos identificamos el tren que se va: está en la estación, en una habitación que la separa de los andenes. Que no sepamos cuál es la decisión de la protagonista, irse o quedarse, es un acierto discursivo para la narrativa del film. 

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La disyunción cuerpo y mente cartesiana viene siendo desbaratada hace varios años. Eso implica, necesariamente, integrar la noción de cuerpo  y dar lugar a los puntos ciegos de la comprensión de la realidad y de la historia. Esto va de la mano de aceptar las implicaciones de afecto que supone dicha tarea. Muchos años después de que Claudia Von Alemann decidiera filmar los pasos perdidos de Flora Tristán a través de grabaciones de una historiadora feminista en crisis –vale aclarar: fue su ópera prima–, surge la acustemología. Y con ella, también, la posibilidad de un libro como Desierto Sonoro, donde a través de la escritura se desgranan sonidos perdidos en el tiempo que abordan una lectura decolonial de los territorios, pero también de las nuevas configuraciones posibles de familia, su reestructuración y crisis. Es a través de la noción de cuerpo que la película de Von Alemann nos regala una lúcida mirada sobre las omnipotentes y universales narrativas históricas, dominadas siempre por un sesgo masculino, y propone algunas alternativas posibles a dichas construcciones canónicas. Porque, como afirma la historiadora norteamericana Joan W. Scott, el género es una categoría útil para el análisis histórico, ya que permite discriminar relaciones de jerarquía y poder, desde que el hombre es hombre. Desbaratar la casa del amo, no es posible con las herramientas del amo, nos iluminó Audre Lorde. Concluidos los créditos, nos siguen resonando los ecos silenciosos de pisadas de otros tiempos junto a las reverberaciones melódicas del violín de Elisabeth, presentes durante toda la película. 

*Recomiendo la lectura del texto de Teresa Castro, Hidden Figures, publicado en Sight and Sound y el de Raquel Morais, Bring Back, publicado en Forma de Vida, ya que funcionaron como ejes para el texto actual,  por la manera en que abordan la película. 


Notas:

 [1] Si bien los estudios en estas áreas tienen una raíz antropológica, asociada al trabajo de campo de la etnomusicología, el accionar no es tan diferente. Elisabeth es una investigadora que registra campos sonoros, buscando un pasado desde el presente, registrando temporalidades para el futuro. 

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