Entrevista a Sandra Luz

Por Nuria González Pimentel

Sandra Luz López Barroso llegó a la Costa Chica de Guerrero como antropóloga. La excusa de su visita era etnográfica, pero una serie de vínculos y afectos hacia la región empezaron a brotar. La instancia más significativa es la figura de Doña Cata, a quien conoció gracias a su fascinación con el son de artesa. A pesar de los ciclos de la vida, hoy su cariño permanece intacto. 

Una preocupación por el registro de memorias y personas tan especiales motivó a Sandra Luz a convertirse en cineasta. Años más tarde, dirige Artemio (2016), su primer cortometraje y tesis del Centro de Capacitación Cinematográfica. A través de la imagen y de la mirada, los lazos con el pueblo se fortalecían.

Este 2021, nos acompaña con El Compromiso de las Sombras que forma parte de la Selección Oficial de Ahora México de FICUNAM. El primer largometraje de Sandra Luz recorre los pasos de Lizbeth y su presencia trascendental en los rituales fúnebres de la Costa Chica. Producido por Ambulante, el proyecto abraza los tiempos marcados por ausencias.

Previo al estreno de El Compromiso de las Sombras en la décimo primera edición de FICUNAM, charlamos con Sandra Luz sobre el rodaje de la película, las particularidades del documental y los lazos que ha construido a lo largo de su carrera como cineasta.

Still de El Compromiso de las Sombras de Sandra Luz.

Tu recorrido como cineasta parece estar impulsado por encuentros personales, comenzando con Doña Cata y más tarde con Artemio. ¿Cómo describirías tu primer encuentro con Lizbeth?¿Qué representó para ti esa impresión inicial?

Mi primer encuentro con Liz sucede con la muerte de Doña Cata. Ella estaba dirigiendo el levante sombra y el novenario. Me acuerdo que llegué una madrugada justo el día del levante sombra, y en casa de Doña Cata empecé a llorar frente al altar. Liz se me acercó, puso su mano en mi hombro y me dijo: ’llora, hace bien llorar’. 

Desde la primera vez que la sentí —porque no la vi en ese momento— para mí, su presencia siempre fue femenina. Sus cantos y sus rezos tienen un poder muy bello, te ayudan a sentir y a habitar esa tristeza de la ausencia. Conocí a Liz dándome consuelo. Después empezamos a charlar y vi como la comunidad la abrazaba. Cuando creces en una ciudad, tienes ciertos imaginarios de las personas trans, Lizbeth vino a romperlos.

Yo voy y vengo a la Costa Chica, entonces siempre platicamos o nos vamos las dos a la cantina a tomar una cerveza. Recuerdo que mientras filmaba Artemio le dije que me gustaría mucho hacer una película con ella. Es hasta el 2016, cuando murió mi papá, que tengo la urgencia y la necesidad de volver a habitar la tristeza, de sentirla en todos mis cuerpos. Entonces, le propongo a Lizbeth que me guíe para entender la muerte desde un lugar como la Costa Chica. Su relación con la muerte me parece muy vital, aunque suene paradójico.

La producción de El Compromiso de las Sombras transcurre durante rituales fúnebres, en espacios y momentos de completa intimidad. ¿Cómo decidías en esos instantes qué y cómo grabar?¿Qué caminos tiendes a seguir? 

En la primera etapa de rodaje, Isis Puente y yo estuvimos un mes completo como sonido y cámara. Los primeros tres o cuatro días fueron en casa de Lizbeth, en el día a día. Una de esas tardes Lizbeth me dice, ‘¿Entonces lo que tú esperas para poder hacer tu película es que alguien muera?’. Para mí ese fue el primer shock, porque sí, era cierto. Lizbeth, siempre muy ligera y relajada, me respondió, “Ah bueno no te preocupes siempre va a haber muertos”.

Al quinto día de rodaje, muere Don Gonzalo y comienza el primer ritual que vemos en la película. Isis me platicó que esa noche, alguien le movió la hamaca en donde dormía justo en el momento en que nos llamó Lizbeth: ‘Sandra, alcánzame en la iglesia porque murió una persona’. Ese primer momento fue muy poderoso para nosotras. Escribimos una película, escribimos cine documental, pero conocemos muy poco la realidad. Fue uno de esos momentos en los que la realidad te mueve el piso. 

Frente al cuerpo de Don Gonzalo, empecé a cuestionarme éticamente: ‘¿Qué hago en este lugar donde hay una persona muerta que no conocí, que hace unos momentos estaba viva y con una familia que no conozco?’. Recuerdo que esos cuestionamientos venían a mi cabeza mientras colocaba la cámara y apretaba REC.

En el ritual, Lizbeth también nos presentó con Doña Adolfa, esposa de Don Gonzalo. Ella nos dijo algo muy bello: ‘A mí me gustaría que grabaran esto para mis hijos en Estados Unidos, porque los que no pudieron venir, van a poder estar’. Pasé toda la tarde platicando con ella, con sus hijas, con los músicos, con Lizbeth, y empecé a entender el sentido del por qué estaba haciendo la película. A mí me atravesaba ese duelo. Les conté que también había muerto mi papá, que no me había podido despedir, que no había música, que no había todo eso que ellos tenían. Esos días hablé mucho con Isis para recordarme la importancia de la película, es decir, la importancia de las despedidas, de tener esos tiempos.

Still de El Compromiso de las Sombras de Sandra Luz.

La confrontación de tu imaginario personal, urbano y preconcebido, en particular desde la experiencia trans, parece ser un elemento recurrente cuando describes tu relación con Lizbeth. ¿Cómo consideras que esta disrupción se traduce a tu trabajo como directora?

Se trata de una decisión que tomamos desde el principio de la película. Hicimos varios pitchings del proyecto en DocMontevideo, en Tribeca, y la gente nos decía: ‘este personaje es sumamente interesante, ¿por qué no haces una película sobre por qué es una mujer trans?’. Pero para mí, Lizbeth es Lizbeth, y es Lizbeth para toda la comunidad. Nunca me interesó abonar en ese sentido. No he visto mucho cine donde los personajes protagónicos sean mujeres trans, y si lo hay, de repente siento que caemos en estereotipos.  

En la película traté de marcar que Lizbeth tiene una herencia, un tesoro de comprensión de la naturaleza y de la muerte. Ella tiene una cualidad, un don —como ella lo llama— de poder ir y atravesar la sombra, para después regresar a lo tangible en este universo.

Hay una anécdota que me marcó mucho. Estábamos comiendo en una de las visitas previas al rodaje. Se soltó un viento muy fuerte y ella dijo ‘este viento es malo, este viento es de temblor’, y seguimos comiendo como si nada, fue lo único que nos dijo. Y ya cuando me fui a la casa donde estaba durmiendo, empezó a temblar. Ahí sentí a Lizbeth —cinematográficamente y también en la realidad— más allá de nuestro entendimiento. Lizbeth no es solo ‘Lizbeth mujer trans’, para mí ella tiene cualidades intangibles.

Al concluir El Compromiso de las Sombras, ¿qué caminos siguió la película dentro de la comunidad de San Nicolás? ¿Cuáles fueron las implicaciones de estos acercamientos?

Fuimos a proyectar la película a finales del 2019. Desde antes, Lizbeth ya nos decía cosas como ‘las cosas se van a poner muy calientes por aquí, entonces mejor ya no vengas’. Yo lo leo como un cuidado para nosotras. La Costa Chica es una región muy violenta, Lizbeth está teniendo cada vez más trabajo. Dice que el 2020 para ella fue el año de mayor trabajo. 

Justamente, el día que llegamos a proyectar mataron a uno de sus mejores amigos fue muy fuerte verla descolocada y afectada. Ella obviamente dijo que no iba a ir a ninguna proyección de nada. Teníamos el tiempo justo y no podíamos esperarla más. Ese día iba a empezar el novenario, así que tendríamos que haber esperado diez, quince días más.

En la proyección estuvieron los familiares de los difuntos y Élida Hernández, quien aparece hacia el final de la película. Muchos niños y adolescentes se pusieron a llorar porque estaban viendo a su abuelo o a su tío. No es solo Don Gonzalo como para mí, que no tengo ningún lazo más que la película y ahora Doña Adolfa. Yo no lo conocí. Ya al final de la película platiqué con los pequeños, los abracé, les dije que yo entendía que estaban recordando algo que duele mucho, pero para otras personas iba a ser importante verlo. También hubo algunas reflexiones en torno a la valoración del ritual. ‘Sí es lindo, sí es bonito lo que hacemos’, decían. 

A Lizbeth le dije que iba a ir a mostrarle la película. Toda la pandemia me ha impedido llevársela. En nuestra última llamada ella me dijo: ‘¿por qué voy a querer ver algo que hago diario? ¡Es mi trabajo! Tú sabes de lo tuyo y yo sé de lo mío. No puedo salir de mi pueblo porque si se muere alguien, ¿quién lo va a enterrar?, ¿cómo voy a ir a verme hacer en una película lo que hago siempre y debería estar haciendo ahora?’. Sus reflexiones son muy interesantes a nivel representación.

Al final es mi compromiso ético devolver la mirada a la comunidad. Quiero seguir haciendo historias ahí, es un universo cinematográfico que me alimenta, que me hace ser quien soy. No quiero dejar de devolver las películas.

Sandra Luz durante el rodaje de El Compromiso de las Sombras. Foto: luzdeoaxaca.com

Muchos de los sonidos en El Compromiso de las Sombras están dedicados al ambiente que envuelve a San Nicolás. Me parece que lo escuchas con mucha atención y cuidado. ¿Cómo describirías tu relación con la Costa Chica? ¿Podemos encontrar fragmentos de esa relación en el diseño sonoro de la película?

Reflexionaba hace poco con un amigo que me decía: ‘tú llegaste ahí por la música. En todo tu trabajo hay música’. Doña Cata era bailadora y versadora de artesa, una música tradicional de la región que me gusta mucho. En Artemio están las chilenas y trabajé muy de cerca en la creación de la música original. Ahora esta película está llena de música, de cantos y de rezos. 

Trabajé de una manera que me encantaría repetir con el diseñador sonoro, José Miguel Enríquez —también postproductor y de los pocos hombres del crew.  Desde el pre rodaje él me decía: ‘Nosotros podemos construir el pueblo a nivel sonido. ¿Qué Costa Chica queremos construir?’. Eso me emocionó mucho. 

Dedicamos una semana a ir solo José Miguel, Daniela (también del equipo de sonido), Isis y yo a grabar puro sonido. Construimos una biblioteca sonora, principalmente de amanecer y atardecer porque Lizbeth es muy estricta en ese sentido. Las personas se tienen que enterrar hacia el atardecer y el levante sombra tenemos que dejarlo al amanecer. Si sale el Sol y estás entregando la cruz, lo hiciste muy mal. Por eso la película empieza con un atardecer y termina en el amanecer. Esas fueron nuestras brújulas para construir el sonido. 

En otra entrevista expresaste molestia con el término de ‘la mosca en la pared’. Simultáneamente, El Compromiso de las Sombras puede ser descrito como un documental sumamente observacional. ¿Cómo distancias tu mirada de la posición de ‘la mosca en la pared’?

Mi intención es convivir y dejarme tocar por lo que está pasando. En algunos momentos sucede la magia: las personas pueden mirar a cámara y yo puedo devolver esa mirada. Sentir esa coreografía atravesada por la intuición de la persona que sostiene la cámara. ¿Cómo me muevo? ¿Por qué doy un paso atrás?. Más que observar es empezar a generar lazos —a partir de la emoción— con las personas a las que estás retratando. No puedo observar y tratar de ser invisible. Estoy aquí y tú estás aquí, frente a mí.

‘La mosca en la pared’ tanto para las ciencias sociales como para el cine es rarísimo. En el momento en que tú decides encuadrar una parte de la realidad gigante, también estás fragmentando. No puedes ver un todo y mostrarlo. En una ceremonia o en un ritual fúnebre, es imposible ser invisible. Pensamos en grabar con una cámara pequeña, en que solo fuéramos dos personas, pero nada más el boom es súper invasivo. Mi cine más que observar, pretende generar intuitivamente lazos que nos permitan convivir.

Por ejemplo, cuando grabé a Don Gonzalo, que su cuerpo estaba en el piso, ese primer día para mí fue muy incómodo. Y yo sentía que esa incomodidad estaba reflejada en las imágenes. Dudaba mucho de dónde poner la cámara o qué tanto exponerlo. En el trabajo de edición, Lucrecia Gutiérrez logró que desapareciera esa incomodidad o al menos yo no la siento cuando veo la película. Es una especie de reapropiación de la editora. Lucrecia se deja tocar por las imágenes, se deja guiar por la intuición y te devuelve otra cosa distinta a la que tú sentías que estaba ahí.

Rodaje de El Compromiso de las Sombras. Foto: luzdeoaxaca.com

Recurres a palabras muy especiales para describir los procesos que has vivido con tu película. Nos hablas de ‘intuición’ y ‘reapropiación’. En algún momento también te referiste a una posible ‘resignificación’. A pesar de que tu película está por estrenarse, para ti ya hay una evolución en el sentido de las imágenes. ¿Cómo reflexionas y vives hoy El Compromiso de las Sombras?

Yo tenía algunas inseguridades sobre qué tan apropiado era el tiempo de la película. Hablando con Lizbeth, ella me decía: ‘Es que, Sandra, con tanto muerto que hay, quién va a querer ver más muertos’. Eso fue hace seis o siete meses. En noviembre terminamos la mezcla THX y la productora me decía que hoy la película tiene otro significado, otra dimensión a partir de tantos duelos. Mi lectura es que hay que aprender a soltar los procesos. El tiempo es el perfecto cuando sientes que ya es hora de devolver. ¿Para qué guardar una película? 

La reflexión se amplía después de vivir una pandemia con una limitante ante los rituales en México. Me parece que regresé a la esencia: la necesidad de encontrar un consuelo, de acompañar esas pérdidas. Mi deseo es que la película pueda abrazar esas ausencias que nos han atravesado en estos últimos meses. Y no solo a nivel pandemia. En un país con más de 70 mil desaparecidos es muy doloroso vivir sin certezas. No te puedes despedir por la incertidumbre absoluta que te consume todos los días.

Publicado originalmente el 18 de marzo de 2021 en Girls at Films.

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