Por: Raquel Rivera García
«Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.»
La campana de cristal, Sylvia Plath.
Me acerco a la tercera década de la vida, aún no estoy casada ni he tenido hijos. Vivo la emancipación femenina por la que tantas mujeres lucharon, tengo un trabajo, oportunidad de una educación superior y ningún yugo de relaciones amorosas. Pero cuando volteo la mirada atrás, me puedo dar cuenta en verdad de aquello que vivíamos, como la protagonista de esta cinta de Beatriz Mira perteneciente al Colectivo Cine Mujer: Ella lava los trastes en una cocina pequeña, la protagonista pareciera estar más que acostumbrada, han terminado de comer sus hijos y ella, así que levanta los trastes sucios y hay que continuar con los mismos quehaceres. Lavar trastes, lavar la estufa, limpiar la cocina. Limpiar, limpiar, limpiar… Mientras lo hace, con su narración pudiéramos escuchar sus pensamientos de cada día; a pesar del encierro aparente, tal vez eterno en ese cuarto, va arreglada, está aseada, su ropa nos recuerda una época, trae incluso pulseras en las muñecas, su corte de cabello me recuerda a aquello que nos permite sentirse cómodas. Del lavadero a la cocina, de la cocina a la sala, de la sala a los tendederos.
Tenemos esta escena en la cocina pero también pudiéramos evocar otra en donde nos habla de que su marido tiene otra mujer, entristece que ella lo narra mientras sigue realizando quehaceres o más bien obligaciones; es hablar de ese papel de ama de casa que no ha cambiado, una disparidad de las actividades que no cambia. Nos da su versión y al mismo tiempo podríamos ser nosotras mismas hablando. Sumisión es lo que gobierna en su vida. “Voy a ser feliz, como en los cuentos…”, vemos como se romantizó su propio futuro, se romantiza su propio presente, porque sabemos que no se siente capaz de cambiar la vida cotidiana que es la misma vida de muchas mujeres al mismo tiempo.
En mis recuerdos, el título de esta cinta me evocaba a alguna escritora, pero por más que trataba de buscar en mi mente no lo encontraba, hasta que leí Balloons de Plath y algo hizo click en mi mente.
Lesbos fue escrito el 18 de octubre de 1962, período en que Plath decide separarse de Ted Hughes y pasa un invierno que pudiera ser uno de los más difíciles de su historia; al leer el poema de nuevo sólo recordaba sus diarios y como ella tenía en ocasiones un debate en su mente pero más aún en sus decisiones: en un principio estaba la idea de la mujer en los años cincuenta y sesenta que sólo aspira a ser una esposa pero también el de la mujer profesional que logra terminar la universidad y conseguir becas u oportunidades para especializarse. En La campana de cristal, Plath visualiza la indecisión de su futuro:
«Cuando me preguntaron qué quería ser, dije que no lo sabía.
—Oh, por supuesto que lo sabe —dijo el fotógrafo.
—Ella quiere —sentenció Jota Ce con gracia— ser de todo.
Dije que quería ser poetisa.»
Pero cuando volvemos a Lesbos, Sylvia ya es una mujer casada y con niños que cuidar, sobre todo vemos a una ama de casa que quiere seguir siendo escritora sin embargo no está su esposo para compartir las responsabilidades de una familia. Está visto que leer, estudiar, «forjar mi propio pensamiento» por mi cuenta no es lo que mejor se me da. Necesito tener contacto con la realidad, con otras personas, con el trabajo, para realizarme. No debo convertirme jamás en una simple madre y ama de casa. En un momento en que soy tan inmadura e improductiva como escritora, la maternidad es un desafío. Me angustia pensar en el sentido y el propósito de mi vida. Odiaré a mi hijo si se convierte en un sucedáneo de mi propio sentido, de modo que tengo que hacer mi camino.
La imagino tratando de llevar las mismas tareas: trapeando, cocinando, viendo a los niños, lavando ropa, lavando trastes, limpiando la cocina y los cuartos…
Meanwhile there’s a stink of fat and baby crap.
I’m doped and thick from my last sleeping pill.
The smog of cooking, the smog of hell
(…)
Once you were beautiful.
In New York, in Hollywood, the men said: “Through?
Gee baby, you are rare.”
You acted, acted, acted for the thrill.
The impotent husband slumps out for a coffee.
Entretanto, la cocina hiede a grasa y a cagada de bebé.
Me siento atontada y lenta por culpa del somnífero de ayer.
La humareda de la cocina, la humareda del infierno
(…)
Una vez fuiste hermosa.
En New York, en Hollywood, los hombres decían: “¿Llegaste?
Guau, nena, pues sí que eres especial.”
Pero tú fingías, fingías, fingías por puro placer.
El marido impotente se escabulle penosamente fuera, en busca de un café.
Sylvia es la mujer de la cinta, la mujer de la cinta es Sylvia. Aquí, en México, como en Estados Unidos, como en Reino Unido, como en cualquier parte del mundo tenemos la misma suerte y la misma fantasía en mente. La protagonista de la película de Beatriz Mira nos lo afirma en una de sus reflexiones: “No tenía yo cierto criterio, (…) yo nada más pensaba que me iba a casar con quien yo quería, así que tuviera yo cierta meta, pues piensas… voy a tener una casa, una casa grande muy bonita, voy a tener mis hijos y voy a ser muy feliz, como en los cuentos”.
Ella termina su historia en esta cinta haciendo lo que cualquier mujer casada haría, arreglarse para esperar a su marido, se maquilla y se viste para estar más bonita para él y tener la esperanza de salir y compartir un momento a solas con él, quizás. Pero al terminar lo que queda es la espera, una lenta espera, de aquello que no va a cambiar: el rol antepuesto de ama de casa.
Y entonces sigo yo…
Ahora lo pienso y al mismo tiempo lo confirmo y sé que no quiero ser ella, no quiero ser tampoco Sylvia y sufrir la violencia que muchos hombres ejercen una vez que se llega al matrimonio (esa violencia que no se ve si no en la mente de ellas solamente), no quiero formar parte de la representación de una mujer abnegada y en soledad. Quiero recorrer una vida que no me lleve a tener que limitarme a tareas domésticas y quehaceres, quiero seguir estudiando y llenarme de oportunidades como el árbol de higos, y no tener que escoger unos y despreciar otros. Quiero que, si llego a compartir la vida con un hombre, pueda sentirme segura y en confianza de compartir cotidianidades sin imponer roles de género, y que si se llegara planificar tener un bebé, él también me apoye en su crianza y llenarlo de atención y amor de ambos. Quiero sentirme amada por mi misma y por él, y crecer juntos. Y eso también lo deseo para todas.