Por: Fabiola Buenrostro*.
La película comienza con el final de un recorrido: un desplazamiento que supone distancia y lejanía. Algunos elementos permiten reconocer y ubicarse en el interior de un tren: escuchamos el sonido de las ruedas al desplazarse sobre las vías de metal y apreciamos la transparencia de los cristales que conceden distinguir lo que sucede en el exterior. Los vidrios envuelven un interior, el espacio donde escuchamos la voz de Isabel, y aunque no la vemos sabemos que la acompañamos —como lo haremos a lo largo de la película—.
Observamos algunos árboles, casas, una construcción que parece ser una fábrica, y las cercanías de la estación. Imágenes acompañadas de reflexiones: “Me muevo, y sin embargo, estoy inmóvil. Encerrada, y sin embargo, protegida en el tren. Nadie espera nada de mi”. Al tiempo que escuchamos estas palabras, el recorrido está por concluir, el tren se acerca cada vez más a la estación. La velocidad disminuye para marcar el tiempo de llegada.
A través de frases, sonidos e imágenes se delimita un tiempo y espacio específicos: 7 de julio […] Lyon, datos que precisan coordenadas espacio temporales que se entretejen para colocarnos en el umbral de una búsqueda marcada por un acercamiento a las sensaciones de Flora Tristan.
Así la pelicula muestra la imbricación de Isabel y Flora a través de indicios: signos percibidos a traves de observación, escucha y sentir; huellas que se distinguen por medio de colores, formas, ruidos y resonancias; impresiones sútiles que permiten replicar el viaje de la escritora, pensadora y feminista en un lugar en el que permaneció mucho tiempo; sedimentos que se van revelando para reconocer la importancia de Flora como impulsora del feminismo y su contribución en la visibilidad del estado de opresión y explotación de las mujeres y clase obrera en el capitalismo.
Para Isabel —como para mí— las investigaciones implican pensamiento y sensaciones, nos interpelan; suponen ir más allá del trabajo en bibliotecas, archivos y libros, pues en ocasiones los documentos son insuficientes para mitigar nuestras inquietudes. De esta manera, el acercamiento feminista demanda la identificación: hacer visible una dimensión que pertenece a la experiencia cotidiana: una superficie donde se mezclan emociones, afectos y sentimientos, los mismos que nos permiten vincularnos con otros para exceder la expresión discursiva o individual.
De esta manera, las investigaciones permiten conectar con el dolor, sufrimiento y las emociones de las mujeres del pasado, o con las situaciones que nos atraviesan. Sobre esto, Isabel sugiere que las estrategias —antes descritas— transforman las sensaciones en acciones, de lo contrario solo se llega a la comprensión pasiva. Un entendimiento que termina siendo superficial.
Por lo demás, la historia en torno a Flora no es la única en el filme. La directora Claudia von Alemann alterna varias narraciones que suceden de manera simultánea, algunas se reiteran y adquieren importancia a través de conversaciones que suceden en el restaurante. A través de los diálogos, por una parte entre Isabel y la mujer que le sirve la comida, y por otra, entre Isabel y la mujer que busca y recorta noticias en los periódicos, se revelan ideas y afectos, sucesos que les preocupan y distinguen sus vidas. En el intercambio de palabras se imbrican reflexiones, testimonios, sucesos y memorias, historias de vida que las hacen únicas.
Las aproximaciones a estas mujeres van sucediendo poco a poco, primero aparece la que se encarga de servir la comida, aunque el principio es indiferente: Isabel se sienta a la mesa y coloca sobre esta el diario que lleva consigo, la mujer le va llevando el mantel, los trastes y cubiertos, a través de estas acciones se establece una diferencia de costumbres en la disposición de los elementos. Al final es Isabel quien decide el orden al utilizar dichos elementos, ambas intercambian algunas palabras sobre la comida.
Cabe señalar que la mujer en el restaurante mira a la cámara en cada aparición, con este gesto devuelve la mirada a quienes la observamos, establece su agencia. Entonces el vínculo entre las mujeres se profundiza: Isabel le pide que le sirva más comida, y posteriormente llora al leer una carta; la mujer se da cuenta y se acerca para ofrecerle pepinillos y su compañía. Comienza un diálogo que permite conocer parte de una historia: un nacimiento que sucede en París y un éxodo que finaliza en Lyon —reconocido como zona libre en ese momento histórico.
Una historia contada entre tristeza y alegría, manifestada a través de risas y llanto: al mismo tiempo surgen melancolía y energía. El intercambio de palabras contribuye para enmarcar la importancia del testimonio, la mujer ha escuchado un suceso, un acontecimiento que es completado a través de sus palabras; en la placa (documento) solo se señala: “La comunidad judía de Lyon en homenaje a sus 80 miembros arrestados el 9 de febrero de 1943 en 12 rue su Catherine y muertos en la deportación a los campos nazis”. La narración de la mujer aclara que en realidad asesinaron a los judios en ese lugar.
Esta narración enfatiza el interés de Isabel: ir más allá de los documentos. Al tratar de seguir los pasos de Flora, réplica el interés por las injusticias y contribuye para transformar la sensación de la mujer en el restaurante al percibir el sonido del fusilamiento en acción, así señala la violencia que dominaba en el pasado —durante la segunda guerra mundial—. Después de este relato observamos las calles de Lyon abandonadas, casi en ruinas, se exacerba el sentimiento de tristeza a través de varios elementos: el sufrimiento de Isabel al leer la carta, la angustia en la historia de la mujer en el restaurante y la injusticia del fusilamiento de los judios.
Respecto a la mujer que recorta el periodico en el restaurante, Isabel se acerca a ella cuando comparten la misma actividad, seleccionan y aíslan del resto de su contexto solo lo que les interesa: a Isabel el retrato de Flora y a la mujer los titulares de las noticias. Así comienzan una conversación sobre la memoria, la simultaneidad temporal, la reflexión e importancia de recordar para no repetir, sobre algunos personajes y lo que hicieron, sobre la relación de Pinochet y Franco con la religión, sobre Flora la mujer olvidada, sobre un joven con amnesia.
Esta conversación, más allá de advertir y relacionar el papel de la memoria en convergencia con la reflexión y la simultaneidad propias de la construcción de la historia, refiere a la importancia de quién escribe la historia. En escenas anteriores la directora enfoca las manos de Isabel tecleando en una máquina de escribir mecánica, al tiempo que va narrando:«Originalmente escribió, antes que Marx: “La liberación de la clase obrera debe ser obra de los trabajadores”, —prefirieron que lo dijera un hombre “El más oprimido de los hombres puede aún oprimir a alguien más. A su esposa»
El filme está atravesado por narraciones y sentimientos, permite conocer la historia de Isabel, Flora, de las mujeres en el restaurante y de nosotras mismas. Historias que se van entrelazando. Devienen cuando entramos en contacto unas con otras. Así, reconocemos que no somos entidades estables y fijas, afectamos a otras y nos vemos afectadas por estas. Si decidimos rebasar los límites que representan los documentos es posible que podamos encontrar posibilidades para iniciar y consolidar procesos de solidaridad y resistencia que nos conecten de una manera más afectiva.
*Forma parte del Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM, y es becaria del Centro de Investigaciones y Estudios de Género, asesorada por la Dra. Marisa Belausteguigoitia