Por: Jocelyn Álvarez
Una rosa se presenta a cuadro, es el logo de Femimundo, después, desfilan modelos jóvenes, quienes lucen esbeltas, de tez clara y con un impecable atuendo. Su público son otras mujeres fascinadas y hombres que las miran con deseo. Pasan los segundos, ahora son las mujeres reales las que aparecen a cuadro: las “no bellas”; las de las “imperfecciones”, las que simplemente no cumplen con el estándar de belleza.
En este festival, dos realidades se contraponen: por un lado, las mujeres reales, acompañadas en su mayoría por sus esposos que parecen disfrutar con mayor entusiasmo la experiencia. Por otro, las mujeres ideales que podrían confundirse fácilmente con autómatas que representan una marcada diferencia entre lo que son y las expectativas absurdas que intentan cumplir.
La cámara de María Luisa Bemberg recorre los stands y pasarelas que componen este festival, que realmente tuvo lugar en el año 1972, en la Sociedad Rural. Durante los 17 minutos que dura el cortometraje, se observan a mujeres ocupando espacios que abarcan desde su vida íntima, como dormitorios o la cocina; hasta espacios públicos específicos pensados para la mujer, como la estética o el salón de costura.
Se exhibe una amplia gama de opciones que la mujer puede «elegir» en la sociedad moderna, representadas por ilustraciones en el catálogo de Femimundo, desde aparatos de ejercicio extravagantes hasta modeladores de busto y depiladoras faciales. Las mujeres funcionan como modelos pero también como instructoras: se exhiben para adoctrinar a otras mujeres sobre cómo debían verse y comportarse.
Esto refleja cómo el cuerpo femenino se convierte en un lienzo modificable según los estándares sociales y culturales de la época, mostrando así una manifestación clara del biopoder, concepto acuñado por Michel Foucault, que define un tipo de poder que se ejerce sobre la vida misma de los individuos y las poblaciones, y que tiene implicaciones profundas en la organización y el funcionamiento de las sociedades modernas.
La sucesión de imágenes de 16 mm de Bemberg generan una tensión entre lo humano y lo utópico, entre la realidad de la mujer moderna y las expectativas impuestas por una sociedad machista. Es incómodo de ver, pero al mismo tiempo liberador, recuerda a las palabras de Judith Butler: ¨Nuestros cuerpos son productos de la cultura y debemos resistir las formas de control y regulación que intentan imponer sobre ellos».
El sonido crea una tensión entre el collage de imágenes disonantes que muestran por un lado a las mujeres ideales, y por otro a las mujeres reales. A lo largo del cortometraje se escuchan algunas canciones populares de fondo y una voz en off que retoma fragmentos de textos que adoctrinan a las mujeres, como el cuento de la Cenicienta y el Libro Azul de la revista Para Ti: «Cuide mucho la casa porque él ama el hogar. Debe ser sensual, pero no demasiado»
También se escuchan algunas líneas que componen el folleto de la feria, este último es el único que cuenta con una voz masculina, como si dijese una lista de deseos e intereses que imperativamente son compartidos por todas las mujeres. El cuerpo de la mujer puede ser moldeado según los caprichos de empresarios, líderes religiosos y esposos. Este proceso no se limita a las mujeres jóvenes o adultas, sino que comienza desde la niñez, como lo demuestra la directora en otra de sus obras titulada Juguetes, donde el biopoder claramente divide a los infantes según el sexo y los roles de género.
El Mundo de la Mujer comienza a narrarse con el cuento de Cenicienta y vemos cómo son los hombres quienes montan el festival para después enfocar a los hombres empresarios, con rostros alegres y seguros. En contraste, al final, con el mismo cuento contándose, encontramos una mujer estática y con un semblante que no expresa ninguna emoción, vacía como un maniquí, encerrada tras lo que parecen ser unas rejas, para ser un objeto de consumo y contemplación.
Sin embargo, al mostrar a las mujeres reales en algunos encuadres, aquellas de carne y hueso, el documental también puede evidenciar la subversión a estas normas de belleza y género. Esto ilustra cómo los cuerpos participan en procesos de subjetivación y resistencia, desafiando las normas impuestas por el patriarcado.