Por: Victoria Rivero
Máquina:
nombre femenino
Artificio para aprovechar, dirigir o regular la acción de una fuerza.
Femimundo:
¿nombre femenino?
Muestra sobre la mujer: moda, elegancia, belleza, cosmética y artículos del hogar. Realizada en 1972.
Grandes paneles y plataformas se alzan en Femimundo, una gran caja de publicidad y productos estructurada por empresarios y obreros. ¿Cómo ser mujer? Los maniquíes y la publicidad, las pelucas y el maquillaje, burdas demostraciones del deber ser.
Escribí hace un tiempo:
Soy todas esas cosas que mi cuerpo no me permite ser.
En la imposibilidad frente a otros cuerpos yace el deseo de ser; miles de productos se nos presentan como promesa de progreso, de transformarnos en lo que no somos. Desde maquillaje hasta carritos de bebé: ¿Cómo aprender a ser mujer y a ser madre? Nos dicen que debemos aprender sobre el placer mientras se experimenta el dolor, nunca al revés.
El ritmo de las imágenes que nos propone Bemberg, nos deja palpar la maquinaria que va a todo vapor, solo tiene un par de días para hacer que todo funcione: la culpa y la pasividad deben ser inculcadas constantemente.
Un presentador hombre, caracteriza a la mujer como “el más poderoso factor de consumo de la época”, aunque lo único que veamos sean sucesivos rostros y voces masculinas que invaden la escena, dejando hacia los márgenes, recortados, los rostros femeninos. No somos protagonistas ni siquiera de aquello que dicen que nos pertenece. Nuestros rostros son fragmentados, nuestros cuerpos objetivados y nuestras voces silenciadas.
Una gran plataforma se erige y el cuerpo femenino aparece. La máquina presenta a sus primeros prototipos, una larga fila de mujeres que modelan en altura, mientras por debajo, las miradas de aquellas que deben aprender a ser. El paso es constante, no debe haber error.
Aparece el dinero y el artificio se deja ver. La figura de la mujer aparece junto a un prometedor catálogo de electrodomésticos: modelador de busto, depilador facial y plancha antiarrugas. Hermosas mujeres prueban los aparatos a la vista de todos: desde hombres, por el morbo de ver los cuerpos en bikini; hasta niñas, que se embelesan ante el hecho. Se constituye una especie de voyeurismo con el cuerpo, un afán absurdo de conocer los secretos de cada rincón de su piel. Todos deseamos esos cuerpos: los hombres en su aspiración de posesión, de consumar el placer; las mujeres, por una necesidad de ser sujetos de deseo y las niñas por un mandato que aún no reconocen.
Esos cuerpos deshabitados de sentido, vaciados por el consumo, pretenden constituirse por la mirada del otro. El otro como aquel sujeto masculino: marido, novio, padre o hijo.
“Tu mirada, esa manera tuya de mirarme que me hace sentir (…)
Hermosa, querida, deseada.”
Relata una voz en off.
El ritmo frenético se acelera aún más, y esos cuerpos casi inertes se transforman. Ya no buscan la mirada del otro, sino que ahora miran directamente hacia otra máquina de representación: la cámara, que las reconstruye y registra. En ese encuentro de miradas es donde se constituye el rastro de humanidad de esos cuerpos andantes, cuasi maniquíes.
En esa cercanía, en el primer plano, aparece el placer. Los gemidos invaden la escena, emergen como el otro gran rastro de humanidad. Donde hay placer, hay vida.
Sin embargo, esos gemidos parecen ser resultado de la máquina, tan hegemónicos, tan actuados y escuchados. Es un placer orquestado en medio de imágenes corrosivas y sofocantes. Es un placer inerte, una expresión del consumo.
“El mundo de la mujer” es el registro de la gran máquina, de los métodos mediante los cuales nos hicieron apropiarnos del dolor y del vacío. Al negar que el goce nos pertenece, nos invadió un silencio eterno. Pero el ritmo debe detenerse, la máquina debe despedazarse, y el cuerpo debe reconocerse como nuestro. Allí, el gemido se convierte en un grito de ayuda para aquella mujer que parece estar tras las rejas, prisionera de su propio cuerpo.