Por: Andrea Ocampo Cea
“Esta obra es una interacción del espacio, los símbolos y el contexto histórico en el que vivo como mujer de este lado del continente. Es un rosario de alarma, eterno y circular; la alarma de una mujer que desea vida, luz, verdad y solidaridad, pero que en cambio ve y recibe muerte y miedo. Es un rechazo de todo lo que es destrucción y muerte, pero se describe de manera casi atractiva como inocencia”.
– Gloria Camiruaga

En primer plano: un zoom hacia bocas de niñas y mujeres. A veces podemos distinguirlas unas de otras. A veces, no. Lamen paletas de hielo o popsicles, en inglés. El jugo congelado varía de color –uno artificial o de fantasía– y tiñe las lenguas de rojo, azul, amarillo. Poco a poco, el hielo se va derritiendo en sus bocas y emergen pequeñas figuras de juguete con forma de soldados empuñando armas de combate, en posiciones de ataque. Ellas chupan las paletas mientras repiten en loop la oración del Ave María: “Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor es contigo…”.
Las bocas se manchan con el jugo de las paletas; al derretirse dejan su huella colorida. Cuando ya no queda hielo, las lenguas lamen directamente las figuras de los soldados, mientras continúan la oración. Vemos escenas donde una mano juega con el soldado; luego vemos otra donde la paleta entra y sale frenéticamente de la boca de un hombre. De repente, una bandera de Chile está en el suelo y un rosario descansa sobre ella. Niñas y mujeres con la boca teñida siguen repitiendo la oración. A unos peldaños le sigue una explanada de concreto. Una mujer lame la figura de plástico buscando las huellas del líquido dulce; más adelante veremos cómo tira la miniatura sobre la bandera. Las bocas de mujeres y niñas continúan lamiendo, chupando y rezando el Ave María.
Este video experimental de la artista y documentalista chilena Gloria Camiruaga cuenta con grabaciones realizadas en Estados Unidos (1982) y otras registradas en Chile (1984). “Popsicle” se incorpora como un sólo film en un puente temporal y geográfico que le da a Gloria una perspectiva fronteriza e intermedia: está exiliada, afuera y a la vez en el contexto político de su producción: la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet. Este videoarte forma parte de su catálogo censurado durante la dictadura y silenciado durante el retorno a la democracia –que es otro modo de censura al que principalmente las mujeres nos vemos expuestas–.
Gloria fue una mujer militante de izquierda: participó de los inicios del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), así como también se reconoció abiertamente como feminista. Artista de vorágine y libertad, provocó, irrumpió e incomodó al amplio espectro político-social de la época, siendo prohibida su entrada tanto a Cuba, como a Estados Unidos. Su posición probablemente supuso un riesgo al exhibir vastos tabúes en medio de la ebullición de relatos moralizantes, tanto de la Iglesia Católica, como de sociedades conservadoras y autoritarias. Uno de aquellos tabúes refirieron a las vejaciones y violaciones a los Derechos Humanos, de los cuales fueron víctimas los cuerpos feminizados (mujeres, niñas, mujeres mayores, homosexuales, transexuales, entre otros) durante estos años. En sus cortos, documentales y videos experimentales nos encontramos con cuerpos dominados, violentados y puestos a disposición de ese nuevo Chile por-venir: el Chile de los noventas, ese de los jaguares de Latinoamérica levantados en un laboratorio económico llamado “capitalismo” [1] y sustentado en la explotación de mujeres, niñeces y disidencias.
Que el nombre de esta obra esté escrito en inglés, para nosotras debiera ser más que un detalle, pues vincula al video con una larga tradición de producción publicitaria estadounidense enfocada en infantes y adolescentes, para el consumo de la golosina helada [2]. Mas, con este video, Gloria altera el orden simbólico, pero también moral y político permitido para la época: encapsula la violencia en el goce azucarado y colorido de las paletas, devolviendo esa violencia al espectador. De la mera observación, terminamos implicados con el montaje y tanto la violencia como la muerte emergen ante nuestros ojos como una denuncia. Hay algo que recrudece en la mirada, que nos hace sentido y que no quisiéramos ver/sentir. No se nos vende nada, pero tampoco asistimos a una mera descripción. Las figuras plásticas de los soldados que ingresan a sus bocas nos invitan a pensar en el potencial de muerte que está sobre y dentro de nuestros cuerpos, ya sea por acción física, emocional o psicológica. No hay goce sin muerte, diremos junto a los lacanianos. No hay capitalismo sin terrorismo militar. No hay violencia sexual sin el loop infinito de los Ave Marías. No hay estereotipos de la mujer sin moral conservadora.
Las mujeres y niñas, deseamos, gozamos, lamemos, disfrutamos un “helado de palito”, un inocente “helado de agua”. Pero en medio de esa familiaridad golosa surge algo extraño, algo siniestro que se esconde en todo ámbito de la vida de nuestros cuerpos. Emergen en nuestra boca armas, cascos, uniformes, posiciones de combate, en pequeñas piezas de juguete –que (además) pueden ser coleccionables– y que están presentes en las piñatas de cumpleaños, en los recreos de la escuela, en los veladores de los hermanos, primos o vecinos; o en la comida rápida y sus “cajitas felices”. Un ejército de plástico se nos deshiela en la boca, la guerra se ha vuelto tan familiar e improbablemente inofensiva como un juguete. Materialidades para la diversión y la educación: allí, algunos cuerpos se prestan para ser vencidos y dominados; otros se preparan para la victoria y el dominio.
“En un régimen de soberanía, algunos están destinados a la muerte para que en su cuerpo el poder soberano grabe su marca; en este sentido, la muerte de estos elegidos para representar el drama de la dominación es una muerte expresiva, no una muerte utilitaria” [3].
Podemos preguntarnos ¿quién escribe la historia de esos juguetes y de esos juegos? ¿Realmente hemos olvidado la última vez que simulamos estar en una guerra? La Franja de Gaza estalla en vivo a través de nuestros televisores. Al corte, le sigue la publicidad de las últimas plastilinas con las que aprenderán nuestras niñas a diseñar hamburguesas plásticas de alta toxicidad. ¿Por qué fueron los niños quienes aprendieron a hacer la guerra y nosotras a hacer las cosas de la casa? La reproducción de los estereotipos de género, así como el disciplinamiento de nuestros cuerpos, deseos, anhelos, nos han dejado una huella indeleble, una marca perenne. “Se nos nota”, como las lenguas teñidas del video de Gloria. Desde niñas aprendemos a lamer y agradar al otro, que no es “lo otro”, sino que son los héroes de esta batalla. Nuestros cuerpos son su tesoro de guerra y las paletas heladas, junto con las lenguas infantes, una perversa metáfora llevada a la historia de las imágenes como analogía del abuso sexual infantil. Un tabú, una sugerencia invisible pero ensordecedora en “Popsicle” que, sin embargo, sigue operando en la producción cultural actual: canciones, videoclips, films, spots, sustentan las estéticas clásicas y reactualizadas de Lolita de Nabokov, con la que las adolescentes de post-dictadura aprendimos lo que es ser deseadas y abusadas, indistintamente.
Con Gloria nos preguntamos ¿Hoy es posible tal ingenuidad? ¿Dónde y cuándo se rompen esas pompas de inocencia? Tempranamente aprendemos que los juegos no son inocentes, que tenemos que ganar; pero también podemos perder, siempre y cuando sepamos aguantar dolores físicos, emocionales y psicológicos. Aprendimos que nacimos solas, a la intemperie de la impunidad: “lloramos como niñita”. Somos aún más pequeñas que las niñas. No tenemos nombre propio, somos “las niñitas”. No nos diferenciamos unas de otras en la boca de las y los adultos. Y lloramos, antes y después del juego; sobre todo cuando nos caemos frente al otro y ante nuestra propia fragilidad y humillación. Está prohibido ser niña y tener habla. Los infantes no hablan. Pero quizá rezan: repiten como loros, es decir: como animales. Las niñas y las mujeres, seríamos esos animales.
En “Popsicle” encontramos una narrativa mordaz y un montaje que implota en el sentido común impuesto en dictadura: la perversión puede ser dulce, podemos aceptarla de buena gana, podemos incluso jugar en medio de la violencia del exterminio. Muy probablemente, gracias al miedo que otorga el contexto político y militar de la dictadura, pero también y sobre todo, gracias al efecto moral de la cruza entre la religión católica, el capitalismo tardío y el lenguaje televisivo. Esto produce y reproduce una mirada falogocéntrica; aquella que identifica la paleta con un órgano sexual masculino, y que viaja a través de los siglos, mutando sus presentaciones: la paleta, el helado, el collac, los candys, incluso los plátanos, son alimentos y golosinas prohibidos en público para niñas y adolescentes del mundo.
La burla, el estigma, la agresión permiten y comprometen nuestras vidas mediante la hipersexualización infantil. El frenesí de las niñeces temprano conocen qué es un escándalo, qué está “mal”, qué está “bien”: se inaugura el reino de las fantasías y de las mentiras al ritmo de canciones y libros para ir a dormir. Recién llegadas al mundo, nuestro cuerpo infantil se presta para el otro, ya sea para su consumo, como para su descarga. El goce y el castigo van y vuelven rápidamente, se mezclan en un Chile exitista y autoritario que todo lo hace “por el bien” de otro. Aniquilando la conciencia propia, así como todo ejercicio de exploración y libertad.
“Si se ha mantenido “invisible” nuestra historia, también se mantiene en la sombra una verdad del porte de un buque: “toda situación de poder conlleva intentos de contrapoder, toda legalidad coexiste con una o varias ilegalidades, toda cultura dominante contiene y oprime a una contra-cultura que inevitablemente se va a expresar, que es lo mismo que decir: toda opresión genera rebeldía humana”. [4]
Nos hacemos parte de la performance, porque encontramos en su montaje la posibilidad de re-versionar aquello que se denuncia. Este video opera como un estallido, es una interpretación audiovisual que exhibe, lanza, agrede y responde a la violencia como un piedrazo que busca su vidrio. Se rebela contra el capitalismo, contra el terrorismo de Estado, contra el abuso y la violencia hacia los cuerpos feminizados: denuncia cómo las mujeres y disidencias pagan con sus cuerpos la sobrevivencia en medio del horror y nos indica que toda lengua conlleva una huella. Nuestra lengua –la que come, la que lame, la que habla, la que pega estampillas en cartas– está contaminada de algo que nos toca por añadidura al estar vivas. Ese erotismo impuesto e impostado de las imágenes disponibles en la cultura popular. Un erotismo que ensambla nuestras acciones y condicionan nuestros disfrutes, sensaciones corporales, la sorpresa y también los veranos de infancia.
No hay ingenuidad, ni inocencia. Las niñas hablan, gritan, lloran y acusan. Las mujeres denuncian, protestan, se hacen independientes, exigen sus derechos. Las disidencias resisten, conocen el latido de los cuerpos prestos al dominio: lo travisten, conocen los secretos de quienes dominan. Sobreviven en la traducción. Las mujeres mayores hoy co-construyen memoria militante y feminista, resisten en rebeldía.
En la posibilidad de la rebeldía, encontramos una oportunidad de sobrevivir al imperio de la atrocidad, ese de la historia única, como nos dice Chimamanda Ngozi Adichie:
“Poder es la capacidad no solo de contar la historia de otra persona, sino de convertirla en la historia definitiva de dicha persona. El poeta palestino Mourid Barghouti escribe que, si quieres desposeer a un pueblo, la forma más simple de conseguirlo es contar su historia y empezar por «en segundo lugar». Comienza la historia con las flechas de los nativos americanos y no con la llegada de los británicos y obtendrás un relato completamente distinto. Comienza con el fracaso del Estado africano y no con la creación colonial del Estado africano y tendrás un relato completamente distinto” [5].
Luego, esa historia que escriben los dominadores, está escrita sobre nuestros cuerpos. Y esos cuerpos, siguen siendo nuestros: nos pertenecen. Nuestros cuerpos no se agotan en la huella, exceden la marca y el dolor de agresión, de la violación, de la muerte; persisten en los gritos eufóricos de las niñas que se suben a los árboles y olvidan regresar a casa.
Referencias:
[1] Cfr. “(…) Se muestra la relación directa que existe entre capital y muerte, entre acumulación y concentración desreguladas y el sacrificio de mujeres pobres, morenas, mestizas, devoradas por la hendija donde se articulan economía monetaria y economía simbólica, control de recursos y poder de muerte” en Segato, Rita Laura, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2013, p. 11
[2] Se puede revisar la serie de spot publicitarios de la marca “Popsicle” del año 1989 en el link: https://www.youtube.com/watch?v=tcsrsGJN_YA
[3] Segato, Op. cit, p. 22
[4] Kirkwood Julieta, Feminarios, Ediciones Documentas, Colección Clásicos Recuperados, CLACSO, Buenos Aires, 2017, p. 57
[5] Ngozi Adichie, Chimamanda, El peligro de la historia única, Random House, Ed. digital, 2018, p. 8