Por: Cane Kallsen
Mi papá comenzó a militar a los diecisiete años. Militó en la clandestinidad, en un partido de izquierda trotskista, durante la última dictadura, y en democracia hasta finales de los ‘90, cuando el partido se rompió.
En el año 1997, con la privatización del ferrocarril, se quedó sin trabajo. Ese año, nací yo. Con la plata de la indemnización, compró una videocámara y comenzaron los registros de los primeros pasos de mi hermanx, mis primeros gestos, los primeros frames de nuestra vida en familia. A los años, tuvo la posibilidad de hacer un curso de cine en la Universidad de Lomas de Zamora y encontró un espacio para poder plasmar su mirada sobre aquellas cosas que lo conmovían, un espacio que podía contenerlo en sus ansias por cambiar las injusticias del sistema capitalista. Encontró en esa herramienta la fusión de sus necesidades: la militancia social y dejar un registro de su vida. Entonces filmó. Mientras tanto, a sus cuarenta y tres años terminó la secundaria, se metió en un terciario y al poco tiempo comenzó a trabajar como profesor de matemáticas.
El 2001 y la necesidad de filmar
Para esta fecha, todo estaba en ebullición: mamá y papá, docentes precarizadxs de escuelas públicas de la zona sur del conurbano bonaerense, intentaban arreglárselas para darnos de comer a mi hermanx y a mí, que para ese entonces teníamos cuatro y seis años. Mamá y papá participaban de la huelga docente, iban a cada marcha convocada en la parte sur del conurbano. Con la cámara pegada en la mano más que nunca, sumado al curso en la Universidad, papá entendió que el registro documental era parte de su militancia; el contexto le había dado la manija necesaria para empezar a pensar una película acorde a los tiempos que corrían: un documental sobre la lucha de lxs docentes.
La respuesta ante la crisis y el malestar social era organizarse. Su respuesta ante la crisis era filmar, dejar materia fértil, hacer una película para visibilizar e informar sobre las reformas que el gobierno de De la Rúa quería hacer en la educación y mostrar, a modo de ejemplo, cómo lxs docentes se habían organizado para combatir.
Entonces filmó. Filmó hasta que le tiraron una bala de goma en la mano, durante la represión del 19 de diciembre, en la puerta de la Legislatura de La Plata. Filmó en medio de los gases, los gritos, las corridas. Filmó a la gente en la calle el 20 de diciembre, luego de que la policía reprimiera a las Madres de Plaza de Mayo. Filmó la rabia, el cuerpo en acción, el grito agitando sin descanso.
Por cada razón que unx tenga para hacer una película sobre algo, también existe una razón para no hacerla. Quizás otros proyectos: terminar de construir la casa, militar con más compromiso en el sindicato docente, trabajar más horas, todas las complicaciones que conlleva hacer una película sobre la crisis, en medio de la crisis. La poca plata que había no alcanzaba para todo, apenas para lo sustancial, sostener la familia. Lo primero en descartarse, fue la película. Quizás no fueron esas las razones, tal vez tuvo la idea de que no era suficiente para cambiar nada, ni el mundo, ni nuestras vidas. Quizás esa película no fuera tampoco el lugar que estaba buscando para él.
Los registros quedaron guardados y no volvió a verlos durante muchos años.

El cine como excusa para entablar diálogo
Cuando mis papás se separaron, el proyecto familiar se reconfiguró. Durante mi adolescencia, el vínculo con mi papá se basaba en ver películas y charlar sobre ellas. Eso era todo, encontrarnos para alquilar una película en el videoclub, o poner alguna de las nuevas adquisiciones de Dvds que había conseguido mi papá en la feria del barrio. Cada tanto, cuando era posible, ir al cine a ver algún estreno. Charlábamos siempre sobre las películas que había visto en su juventud y que le parecía importante que yo también viera.
Otra vez el cine aparecía para darle un sentido. una forma o un motor a la vida. En este caso, vincularse con su hijx, sin una madre de por medio. Tal vez sin saberlo empezaba a construirse ese legado, ese “algo para dejarle a alguien”. La herencia de la cinefilia.
En el año 2021, mi papá digitalizó el material registrado durante el 2001, con el fin de rememorar la fecha. Para ese entonces, yo ya estaba estudiando la carrera de cine documental, y parecía el momento oportuno para ofrecerme ese registro, para cederme el derecho de autor de esas imágenes y esa película que no fue. Para que concrete, con mis herramientas adquiridas en la escuela de cine, ese sueño inconcluso.
Pero yo no quería y no podía hacer esa película, después de todos estos años, esa película ya no parecía adecuada para dialogar con el presente. Sentía que era una gran responsabilidad que no podía asumir, ¿Qué tenía yo para decir sobre el 2001? Sobre la crisis, sobre la huelga docente, sobre la militancia, sobre un estallido social que apenas recordaba haber vivido.
Sin embargo, algo de todo eso tiró de mí o mejor dicho, se abalanzó sobre mí. Algo de estudiar cine documental que no me permitía rechazar material de archivo inédito sobre un acontecimiento histórico. Algo sobre querer cumplir el sueño de mi papá. Y a la vez, nada de eso parecía suficiente para armar una película.

Entonces hablar de la tensión
No podía asumir la responsabilidad de hablar del 2001, no terminaba de entender porqué mi papá seguía hablando del pasado de manera insistente, y a la vez no dejaba de sentir que era necesario hacerlo, que había algo que no era ni tan lejano ni tan ajeno. Entonces empecé a entender que hay algo de eso, algo de ese pasado que vuelve y se manifiesta, y con el que siempre estuvimos conviviendo. A medida que pasa el tiempo, más parece dialogar con los discursos que escuchamos, nuevamente en boca de todxs la posible privatización de la educación, sobre la dolarización, sobre la hiperinflación. Nuevamente la rabia de la gente buscando algún curso, un camino para expresarse.
Me encuentro revisando reiteradas veces ese material que registró mi papá y ya no insisto con preguntarme tanto sobre qué tengo para decir sobre ese pasado, sino qué puedo decir sobre su vínculo con el presente.
Apropiarme de las recetas
Al final de Cuatreros (2016) documental de Albertina Carri, la directora llega a una suerte de conclusión, luego de atravesar una larga y ardua búsqueda de una película que hable de Isidro Velázquez, personaje del que su padre escribió un libro, antes de ser desaparecido en la última dictadura militar:
“Sentí que llegué a algún lado, que ahora tengo una familia, una nueva casta de vivos a los que transmitirles saberes, probablemente inútiles para la vida pero en definitiva románticos, y que por lo tanto son recetas de supervivencia frente a esa organización del mundo, que tanto sufrimiento nos ha causado”
Salvando la enorme distancia entre estos dos relatos, me aferro a su tesis de las recetas de supervivencia. Entonces pienso (y deseo) que entre tanta incertidumbre y miedo, en esta crisis que se repite, mi papá me quiere dejar algo. Algo vital para combatir el miedo al olvido, al olvido como política pero también al de su propia existencia. Me está dejando un gesto para replicar, para aprender algo y enseñarlo, para decir “de todo este recorrido inventé esta receta, y ahora es tuya, para seguirla o para romperla, para saltear pasos y aferrarte a los que te contengan, para hacer tu recorrido e inventar tu propia receta”. El gesto de compartir la mirada, de prestar la cámara, el gesto de hacer memoria.
Mientras, él repite de manera obsesiva relatos del pasado, de la dictadura, del menemismo, del 2001, repite anécdotas sobre la militancia, sobre tener que enterrar diarios y revistas como protocolo de cuidado, sobre tener miedo de ser desaparecido, sobre ser delegado y ser despedido en cada fábrica en la que estuvo, yo pienso que la memoria tampoco puede ser un acto de repetición.
Entonces…¿entonces qué? ¿Qué hacer con esas imágenes? ¿Qué hacer para que resignifiquen algo en este proceso que hoy estamos atravesando?
Ya pasó un año desde que mi papá me dio esos archivos, desde que comenzamos a juntarnos para ver esas imágenes, para darnos un espacio nuevo de diálogo. Empecé a armar un ensayo documental que busca una receta de supervivencia, intento apropiarme de esas imágenes y me permito hacerles preguntas para reflexionar sobre las imágenes que hoy registramos.
Quisiera heredar los aciertos, no los errores, no los fracasos. Quisiera que está película sea algo posible y, a su vez, la posibilidad de algo. Tomar una postura y aferrarme a esta receta de supervivencia, que es una película para nosotrxs y para otrxs. Sabiendo que quizás no cambie nada, pero será un intento, un gesto. Porque lo que necesitamos es eso, replicar el gesto. El gesto de intentar dejarle a otrxs algo mejor de lo que vivimos, algo mejor de lo que estamos viviendo. Quisiera decir que no hay que hablar de memoria y repetición como una misma cosa pero que hay que tener memoria para entender que la historia parece repetirse. Decir, que estamos quienes creemos que sí importa dejar un registro de la violencia que se descarga sobre nuestros cuerpos y también de nuestras luchas. Que si importan los archivos y que es importante hacer películas o al menos intentarlo y que sea la excusa perfecta para hablar-nos. Para hablar del 2001, para hablar del lugar que ocupa el cine en nuestras vidas, para hablar del diálogo entre pasado y presente, entre distintas generaciones. Para hablar de mi papá y para hablar de mí.
