#38 Mardelplataff: todo tan rápido se vuelve recuerdo

Por: Lucía Requejo

Querida Kari, 

Abro este intercambio disculpándome por la tardanza en la respuesta. Tu carta me llegó el domingo de elecciones en Argentina. Hoy, después de ese punto de quiebre, Mar del Plata se siente como una lejanía, como algo que ocurrió hace siglos. Pienso en lo profundamente argentino que es eso, sentir que el tiempo transcurre en años perro, que un año en términos de acontecimientos parezca siete u ocho. Me es imposible no estar escribiendo “con el diario del lunes”, hecho que trastocó ya mis sensaciones y experiencias vírgenes dentro del festival. Ahora veo el bowling, la playa, los churros y las películas como a través de un vidrio esmerilado. Lo que cambió es mucho. No es el lugar para discutir esa afirmación los rincones de esta carta, pero sí aceptar que es, en este momento y por lo menos para mi, imposible no ejercer el oficio crítico de la mirada sin ese telón de fondo. Uno más de esos momentos donde pienso que es inherente al argentino estar constantemente embebido de coyuntura. Con todo lo bueno y lo malo que eso signifique. 

En estos días, pude leer varias de las crónicas del festival. Algunas resaltan el contraste entre las expectativas frente a los tenebrosos rumores de falta de fondos y la buena programación que tuvimos. Pienso que puede ser el famoso “tanto con tan poco” que lee Beatriz Sarlo en el Facundo de Sarmiento, que siempre consideré una síntesis muy latinoamericanista: hacer algo de la nada, hacer de todo, algo. Y que ese algo sea grande: que en una aparente novela histórica también pueda haber novela de aventuras, novela romántica, folletín. Si este Mar del Plata pareció ser un caso de “tanto con tan poco”, no creo que haya sido por la mera presencia de los nombres propios, sino por lo que ciertas películas generaron en las conversaciones del festival. 

Casi no hubo día del festival en el que alguien no mencionara (y si alguien no lo hizo, fui yo misma) el nombre de Ana Mariscal. Su impacto puede leerse en esta correspondencia; creo que en todas hay alguna observación o pensamiento disparado por alguna de sus dos películas, ya sea de El camino (1963) o de Segundo López, aventurero urbano (1953). Ambas parecen funcionar como dos caras de una misma moneda, si creemos que el subtexto que las hermana es la dicotomía entre el campo y la ciudad. Creo que el valor de las películas de Ana reside en entender cada uno de estos espacios en su complejidad, como formadores de vida, como ideologemas, como estructuras donde los cuerpos se comportan distinto dependiendo de si son urbanos o ruralizados. Las dos son corales, aunque de maneras distintas. El camino (1963) es una coralidad obvia, de un infierno grande, como en todo pueblo donde las fronteras entre lo público y lo privado se desdibujan. En cambio, en Segundo López…(1953), la coralidad la brindará la multitud del “maravilloso pueblo de Madrid”, a quien se le agradece al inicio su colaboración, de ser el escenario o telón de fondo urbano de una historia entre la singularidad de dos individuos en ese mar de gente propio de la ciudad. 

Eso es definitivamente lo que más valoro de los festivales, cuando todos hacen propia una o varias películas de las que hasta hace dos minutos no sabían de su existencia, y no puede dejar de buscar a otro con quien hablar de eso. Es el tipo de “cinefilia” (perdón por la palabra inmunda) que me gusta y que respeto, que a veces aparece como miscelánea y a cuentagotas. La que no conoce de listas, la que no busca completar to-do’s (o todo). La que conoce por el simple hecho de que disfruta ver, porque desea estar sentado, bañado por la luz de la pantalla. Suena obvio cuando lo escribo, pero más de una vez, no termina de quedar claro si el que está hablando de alguna película, en cualquier conversación, le gusta realmente el cine, como concepto, como encuentro, como posibilidad. 

Por eso creo que tantas de las crónicas de Mar del Plata que se han escrito en estos días hablan del encuentro con el otro y de armar comunidad. Y no es que no tengan razón. El cine es, en definitiva, un encuentro con lo-otro. Estoy absolutamente segura que por eso no puede ser lo mismo no ir al cine que ir al cine. Hasta las butacas vacías generan un desconocido con el que uno tiene que compartir la experiencia. Sin ese encuentro con lo desconocido, de otra cosa se trata, pero no de cine. 

Estoy pensando que el último día, Kari, el domingo, vimos dos películas juntas. Primero vimos Hombre de la esquina rosada (1962), de René Mugica. Además del plano de la lágrima que cae sobre la mano que sostiene el billete y las peleas de cuchillos filmadas rabiosamente, lo que recuerdo es que de toda la sala, solo nosotras dos reímos con un chiste. El cuchillero Rosendo Juárez (Jacinto Herrera) besa apasionadamente el cuello de La Lujanera (Susana Campos) aunque ella se resiste por pura vanidad. “No, no, no”, exclama ella juguetona, a lo que Rosendo le retruca: “¿Es usted la mujer de Rosendo Juárez?” y al escuchar su respuesta afirmativa (qué otra podría haber) le retruca con un: “y entonces, ¿por qué tanta prevención?”. No fue extraño que nos ríamos del atrevimiento del chiste, contradiciendo con nuestra risa algún que otro postulado que hayamos escrito por ahí. Quizás también por eso nos hermanamos con las contradicciones de Ana Mariscal, como apunta Cande en su carta. 

Lo recuerdo como también recuerdo nuestro visionado de Retratos fantasmas (2023), de Kleber Mendonça Filho, donde también algo pasó, donde también agenciamos que la otra estaba allí. Casualidad o no, la película elige hablar del cine en su posibilidad espacial, tomando como punto de partida la casa de la infancia del director, donde también filmó sus películas, pero expandiéndose en los cines de la ciudad de Recife. Como una mamushka, mientras se expande, Mendonça Filho logra con ternura y humor ir de lo particular a lo general, sin perderse en el camino. La voz grave de Kleber sobrevuela su propia película mientras la realiza, sacando conclusiones que se acompasan perfectamente con las imágenes de la casa, la ciudad, suyas o de archivo. Una de esas conclusiones es “toda película tiende al melodrama”, momento en el cual apretaste mi brazo. Yo ya había buscado tu mirada porque sabía que ibas a reaccionar. 

Pienso en ese pequeño mundo que se arma en esa colectividad de uno más otro, en uno mismo y alguien más. Pienso en cómo olvidamos eso de vez en cuando, cuando miramos, cuando escribimos. En tiempos desesperados, uno no puede evitar (paradójicamente) desconocerse. Mientras transitábamos los tres o cuatro litros de birra cada uno que nos tomamos apenas nos enteramos del resultado de las elecciones, le dije a mi amigo Tomás Guarnaccia algo que debe estar entre las cosas más reconfortantemente estúpidas que dije. Que nosotros teníamos el privilegio de poder conmovernos con la belleza. Me escuché cuando la dije, y ahora cuando la escribo me escucho de vuelta, y me detesto. No es que no crea que la frase sea cierta, lo es todavía en mi mente: sí es un privilegio poder conmoverse con lo bello, porque la pauperización de la vida cotidiana y las necesidades básicas de la población hacen que eso sea cada vez más difícil. Que tengamos tiempo, ganas, cintura, cuerpo para poder conmovernos es un absoluto privilegio, y deberíamos entenderlo. Pero el profundo peso de la palabra privilegio (palabra inmunda también) no alcanza a cubrir el verdadero subtexto de la frase: el yo. Esa frase solo conoce de individualidades, de singularidades. Yo y la belleza no hacen dos. El discurso neoliberal penetra sin que podamos darnos cuenta. 

Una película controversial en el festival fue Music (2023), de Angela Schanelec. Controversial en mis términos, porque de todas las personas con las que hablé, a nadie le gustó. Excepto a Víctor Guimarães y a mí, con quien salimos de la función pasmados y con el único deseo de ignorar todo el resto de las funciones e ir a la playa a “limpiar la mirada”, como vos decís, Kari. Yo sentí que formalmente la película era una respuesta a un mundo individual, proponiendo presentarnos la tragedia de manera no convencional. En Music una muerte puede ocurrir en el fuera de campo o desglosarse en planos detalles, un suicida puede no tener cara. Presenta un mundo esquivo y escurridizo, con el que plano tras plano afirma que lo único que aprenderemos si intentamos adivinar el próximo paso es que en realidad no sabemos nada. Ni de esta película, ni de la vida. Que hay un mundo más grande que el que nosotros mismos nos inventamos. Propone así que el mundo sigue, que nuestras pequeñas tragedias no impiden que la tierra siga girando. De eso se trata el plano del suicidio: dos pies sobre las rocas desaparecen para lanzarse del acantilado, y una lagartija se mueve, ignorando lo que pasó con el cuerpo atado a esos pies como ignora la naturaleza nuestras pequeñas tragedias personales. 

En Letterboxd apunté algunas reflexiones en torno a esa escena, elogiando el gesto de la película de detener el tiempo, o de tomárselo, haciendo esperar al espectador moderno que desea todo ya, masticado para su propio entretenimiento. A partir del mismo plano, donde yo me conmoví el querido Pedro Insúa se encolerizó, y escribió de la película en el diario de cartas con Ramiro Pérez Ríos que menciona Moli. Me gusta cómo escribe Pedro porque escribe como habla (mordaz y vigorosamente), y así también afirma sobre ese plano de Music: “supongo que nos quiere decir, no hay mal que por bien no venga, así podría contarse toda la película, con refranes, el arte al final te salva, y yo ahí es donde digo no: la muerte no se paga con metáforas, Schanelec”. Está apurado como los urbanos de Fregonese, pero a diferencia de ellos llega a algún lugar: la muerte no se paga con metáforas. La lectura de Pedro me replantea la mía. ¿Puede Schanelec darse el lujo de ser escurridiza y mirar pasar la naturaleza, ya que lo que le sobra es tiempo? ¿Olvida la concretitud de lo real y se conmueve de más con la belleza en soledad, cambiando, como le espetó alguna vez Eugenio Montale a Pasolini, lo esencial por lo transitorio? Pero sobre todo: aquella particularidad de la película en la que yo pude ver una crítica al mundo actual, ¿ofrece una respuesta a ese mundo o, por el contrario, ignora como ayudarlo y contribuye a arruinarlo aún más? O aún peor, ¿lo mira desde afuera para observarlo, sin querer contribuir a cambiarlo? 

A pesar de las preguntas y sin ánimo de responderlas, creo que sí hay un valor en el tiempo detenido que Music (2023) propone está en volver más humilde al espectador especializado, al que cree que todo lo sabe. No para sorprenderlo o para pasmarlo, sino para presentarle un mundo distante y extraño que requiera atención, que requiera dejarse afectar y sobre todo, esperar. Esperar no para ser retribuido, generando un equilibrio de poder; esperar para conectarse con aquello que no se controla, la naturaleza, la música, o los hilos que teje el mundo que corre paralelo a nuestro mundo interior. Eso es grandilocuente, sí, pero también real y por eso, atosigante, y por eso mi experiencia fue la de retirar mis ojos hacia la playa, hacia algo más grande que yo. La películas nos propone hacer silencio, y que ese silencio valdrá la pena. Porque la retribución será volver a entrenar aquellos sentidos que permanecían dormidos, y lentamente, inclinarse frente a algo más grande que uno, no con solemnidad, sino con ternura. Inclinarse frente a lo otro. Y esa sensibilidad es, en cierto punto, valiosa para imaginar otro mundo posible. 

Aunque nos peleemos eternamente por la película, lo que me devolvió la lectura de Pedro fue el sentido de lo otro, de lo disidente, de que a otro le dé bronca lo que yo amé. ¿Sabías que el verbo “interpelar”, tan de moda en estos días, significa exigir, requerir explicaciones? Es del lenguaje de lo jurídico, y tiene una connotación más bien negativa: el pueblo interpela a un político para que, frente a una situación determinada, otorgue explicaciones. Me resulta inmensamente curioso que escucho muy seguido que se lo utiliza, no sé por qué, como sinónimo de conmover, de afectar: “esa película me interpeló mucho”, “estos tiempos nos interpelan”, “me siento interpelada”. Esos usos siempre van acompañados de una primera persona y cuando no, hablan de un estado de la cuestión, hablan de un yo, y no conciben la dimensión de sentido que otorga su versión original: el diálogo con un otro, requerir explicaciones a un otro, obtener respuestas de un otro, inquirirlo. Pedro puede decir que fue interpelado, porque frente a  Music le pidió una explicación. 

Creo que si existe una mínima posibilidad de que nuestro oficio pueda aportar algo a la contemporaneidad, a este contexto de pauperización de la vida doméstica, de no ya discursos sino acciones concretas que consideran a la vida como un número más, que genera o no rentabilidad, que solo está atado al mercado, puede llegar a estar en volver a cambiar el significado de “interpelar”. Solo tendrá sentido que hablemos en términos de experiencia sensible si agenciamos al otro. Sino, será puro individualismo neoliberal disfrazado de militancia. Serán puras ganas de seguir haciendo lo que nos gusta desde un lugar cómodo, y festejando derrotisticamente que la cultura sucede a pesar de todo, zafando del demente de turno, y no porque la hacemos con la convicción de que aquello que en apariencia forma parte del imaginario puede tener consecuencias en el mundo real. Comencemos a acercar la sensibilidad a otros para que ya no tengamos que considerarla un privilegio de clase. No creo que la crítica sirva para otra cosa que para que alguien la lea, como no creo que una película sirva si nadie la ve. Sí creo que, como dijo Moli, la crítica tiene mucho que aprender del debate de pasillo. 

No tengo nadie concreto a quien evocar porque este intercambio ya terminó. Evoco entonces a Joaquín O. Gianuzzi, cuya antología me ayudó a procesar estos últimos días. Su materialismo estético, su afán de volver a lo concreto y su ambigüedad pueden ser una buena manera de cerrar este desvarío. 

Nuestros días mortales

A través de los días mortales, bajo el cielo que nadie
comprende, corroboramos con un aire distraído
la idea de un infierno levemente estructurado
sobre las columnas de la carne, el espíritu o el desorden.
Aquí están los aconteceres: creados, no obstante,
a imagen y semejanza nuestra, rumores desdichados
de la ciudad, en la noche, y fétidas tinieblas
ambiciosas de aposentos demasiado humanos
que acumulan las huellas tristes, el desecho
de una existencia condenada a todo,
parecen cumplirse no a pesar nuestro precisamente
sino de manera ajena, en el caos insidioso
de una independencia atroz, a ratos como al descuido
hasta ofrecer una gratuidad desconcertante.
Del mismo modo la rama del verano y del invierno
y las frutas y los animales transcurren
del otro lado, por caminos oscuros de un reino
más desconocido que extraño.
Nos fue dado a nosotros no la increíble indiferencia
sino perplejidad para sostener una abierta
realidad que a una broma indecente se asemeja;
hombrecillos pensantes cargados de piadoso tabaco
aventurados a la responsabilidad
de cada uno de sus huesos y a la libertad inútil
de los días ferozmente ocupados. Consecuentes,
irritables vasos de la decepción que de pronto
hallan que el hecho consumado los supera,
que se habían equivocado, que nadie sabe
en qué reside lo contrario del dolor,
que no era eso, en absoluto, lo que habían pedido,
que a través de la dulce y pausada
elección de los pequeños actos, las comidas, las rosas,
se vieron conducidos al súbito desastre.
Remo Erdosain, José K., estupefactos, naturalmente,
hallan que su propia perdición no les concierne
mientras persiguen como soñando una música
que conjeturan eterna y crece el viento
circularmente en un jardín lejano.

Así, la vana interrogación se vuelve
hacia su propio centro, nuestros días mortales
se levantan y caen como un fin en sí mismos
y prosiguen colmados con las formas hurtadas
a la imaginación tendida sobre el error.
Este es el sueño que logró Prometeo: Entonces
¿qué sentido habrá de concederse a su rostro
surcado por la furia, el orgullo y también la esperanza?
Oscuro es todo esto; pero a veces cantamos, en la noche,
para robar la llama a un remoto paraíso
y después retornamos, tambaleando, al infierno
que desde hace mucho tiempo rehúsa
la morada insensata del mero pensamiento.

Abrazo a la distancia querida amiga,

Lucía.

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