Barbie: rosa edulcorante para una nueva era del cine corporativo

Por: Candelaria Carreño

Abro google, y tecleó en el buscador Barbie. Automáticamente, la pantalla devuelve unos destellos rosas, a tono con la gliterizada y pastel versión fílmica de la muñeca más famosa de todos los tiempos, realizada bajo la dirección de Greta Gerwig. Mientras miro, impresionada, cómo esos brillos rosados obnubilan lo que efectivamente se carga como contenido en el buscador, pienso en los niveles de estrategia de mercado de los cuales, mediante análisis de datos, algoritmos, y diseño UX, somos el blanco directo. La experiencia en google tiene la opción de ser compartida, claro, entre tus contactos o redes personales. 

Sí, lo confirmo. Fui víctima del evento de marketing más grande de los últimos tiempos: me confieso compradora de los miles y miles de tickets vendidos para ver la película que Mattel llevará a los cines de todo el mundo. Ayer vimos Barbie (Greta Gerwig, 2023), ante una sala completamente llena, y mucho rosa en la indumentaria de los espectadores (desde la camiseta del Inter de Miami, hasta vestidos de gala para la ocasión). Para matizar un poco, hoy veremos Oppenheimer (Christopher Nolan, 2023). Víctima doble: el #Barbieheimer me atrapó. En el newsletter del programa radial Nunca Fuiste al Cine, comentaron algo bastante acertado para pensar entre tanta estrategia mercantil: esta vez los tanques, los grandes blockbusters, no tienen títulos de superhéroes del mundo DC o Marvel. Y, agrego, están detrás de estos estrenos, los nombres de dos de los directores más interesantes de la industria fílmica for export masiva de los últimos años: Christopher Nolan y Greta Gerwig. Pero como todavía no ví la biopic del físico estadounidense (¿notaron esa manía imperiosa de escribir sobre alguna de estas dos producciones, antes de su estreno, es decir sin haber visto las películas?) me voy a quedar exclusivamente, con los aciertos, flaquezas, contradicciones y terrenos resbaladizos y peligrosos de Barbie

Dejemoslo bien en claro de entrada: Barbie es parte de la estrategia de una mega corporación como Mattel para que su producto encaje en lo políticamente correcto para la industria cinematográfica hollywoodense. El punto es que su vapuleada muñeca hegemónica y estereotipada produzca empatía en una porción de la sociedad (vamos a ser holgazanes y pongamosle cultura woke, o progre en su defecto para estos lares) y, finalmente, el objetivo concreto será aumentar las ventas del producto (parece que la Barbie Frida Kahlo no dio los resultados de mercadeo esperado). Mattel tiene en producción ya 14 largometrajes, y alrededor de 45 por venir, sobre sus productos. ¿Estamos ante una nueva era narrativa de los tanques de la industria cinematográfica?. La historia que Barbie propone, es una justificación de la estrategia del aumento de ventas. Incluso el uso de sandalias planas en los delicados pies de Margot Robbie, a cambio de los esbeltos y tortuosos tacos anatómicamente imposibles fueron, antes que una escena de la película, cambios en el producto original para que, acorde a los tiempos que corren, sea más vendible. Las caderas no mienten, pero los números tampoco: la caída de las ventas de Barbie en los últimos años es un hecho, y la respuesta a esto son estrategias de marketing concretas. Y por más acidificación en el agudo y picante humor que Gerwig y Noah Baumbach manejan con destreza en la película, esto no se pierde de vista. ¿Acaso no triunfa, en su desesperado deseo por ser una mujer real, una estereotípica blonda de sonrisa perfecta y cuerpo escultural? Acertada decisión no caer en la representatividad y jugarse por que la protagonista sea una Barbie Estereotípica. Pero, de manera contradictoria, este modelo es el que triunfa. En el Mundo Real, ser mujer es una mierda. Pero es una mierda menos olorosa si sos Margot Robbie, o en su defecto, contas con sus características privilegiadas. 

Volvamos a aquello que la película maneja con destreza: su humor. A través de un guión agudo marcado por acotaciones irónicas —incluso sobre el lineamiento capitalista, consumista y pseudofeminista de la línea Barbie— logra empatizar con los espectadores. Otro gran punto: es un humor que funciona en un amplio espectro generacional. Así, al menos, resultó en la función que presencié: tanto una adolescente, como las que estamos pasada la barrera de los 30, congeniamos con sus chistes (y los varones también cuentan). Por otro lado, la ridiculización de los Ken, encarnados por Ryan Gosling, son la válvula de escape humorística perfecta para un público actual que se permitirá en mayor o menor medida, reírse de los estereotipos de la masculinidad hegemónica. Esto, de a ratos, termina por ganar en historia a la misma línea narrativa de la Barbie protagonista.
Detengámonos unos momentos antes de abordar esta situación. La película va más o menos así: Barbie Estereotípica vive en Barbieland, un lugar de ensueños donde todo es perfecto; incluso quienes llevan las riendas del lugar y ocupan los cargos jerárquicos son exclusivamente mujeres, es decir, la Barbie Física, la Barbie Doctora, la Barbie Presidenta, etc. Una noche de pijamada con sus amigas, Barbie Estereotípica comienza a tener ideas sobre la muerte y realiza estos cuestionamientos en voz alta, provocando una especie de disrupción en la matrix barbilandia, descalabrando la perfección que habita en su territorio. Es por eso que debe emprender un viaje al Mundo Real para encontrarse con su humana, según le recomienda Barbie Rarita, una barbie paria que vive alejada porque su dueña del Mundo Real la intervino con acotaciones estéticas punk-glam. Todo muy Toy Storie´s vibes, pero también una reminiscencia a posibles recuerdos para quienes tuvimos una Barbie en nuestras infancias: hacer pelota la apariencia perfecta de las muñequitas de plástico. Pero Barbie, que debe emprender su viaje sola al Mundo, lleva en su auto rosa un paquete no deseado: Ken. Es que Ken, sin la mirada de Barbie, es nada. Ken orbita alrededor de Barbie para llamar su atención y así, ser. Es decir, lo que han hecho gran parte de los personajes femeninos en un porcentaje bastante amplio de las narrativas audiovisuales. A partir de aquí, se genera un enredo entre ambos mundos, donde Ken descubre que el Patriarcado es lo mejor que le pasó en la vida, y exporta ese modelo a Barbieland, convirtiéndola de a poco en Kendom Land. Mientras tanto Barbie se enfrenta a corporativos de Mattel, y descubre que el mundo humano no es tan malo como parece, incluso para una mujer como ella, que la pasa definitivamente peor que Ken. Allí descubre a sus dueñas humanas, y entiende el por qué del desperfecto técnico en Barbieland: cuando creía que era por la darkie adolescente Sasha, en realidad las ideas depresivas y de muerte corresponden a la madre de esta, Gloria, protagonizada por América Ferrara, diseñadora y ejecutiva de Mattel en el universo ficticio de la película. Dos latinas, claro. Y, también, la representación del público objetivo de la película.

Barbie se permite ridiculizar una versión edulcorada de los varones, como es el caso de los corporativos siomes que tratan mal a sus empleadas o los mismos Kens, pero no duda en reírse de las mujeres, tanto las Barbies como las del mundo real, de manera más general y en el mismo tono. El fantasma de Ruth Handler, la creadora original de Barbie aparece como una abuelita cálida, que convida té y es acogedora, y no como aquella mujer que fue la primera en dirigir al gigante de la industria del juguete, que seguramente tuvo que abrirse lugar a los codazos y dar lugar al —escozor este concepto— feminismo corporativo. Esto no está mal, pero adopta una postura un tanto tibia en esa presentación ridiculizada; tampoco podíamos pedirle una mirada radical y extrema en su feminismo chuker. Pero ante la posibilidad de llegar a un público masivo, podría haber tomado algunos riesgos más solapados en su estrategia discursiva, resueltos y logrados estratégicamente en una temática muy peliaguda como la maternidad, a la cual no rechaza, pero mira con ojos escépticos. Eso que promete en los primeros 35 minutos, luego se desinfla y parece seguir sosteniendo el mismo discurso feminista edulcorado de mensaje de envoltorio de toallita femenina (la acertada analogía es de Maia Debowickz)  que pretende ironizar. De repente Ryan Gosling ocupa mucho más espacio en pantalla, su historia comienza a tomar relevancia, protagoniza una coreografía de tintes homoeróticos; aquí Barbie recoge el guante del género musical de manera maravillosa (es que Gerwig en este punto realmente sabe lo que hace) y pareciera cobrar fuerza en la trama. Barbie Estereotípica se ve opacada en su deseo de ser una mujer real para irse a ese otro mundo donde sabe que la va pasar mal, aunque lo prefiere, porque Barbie le enseñó a toda una generación a ser mujeres empoderadas. Es por eso que entre todas las Barbies, Sasha y Gloria, que  también cruzan a muñecolandia, logran restaurar con sororidad el reinado femenino en Barbieland, vale aclarar que es a costa de una comunidad de Kens en los que la lucidez más bien escasea. Pum: el mensaje de envoltorio de toallita femenina que al principio es chiste, resulta el mensaje final de la película. Con una sonrisa de oreja a oreja, en la escena final vemos a Barbara Handler, ex Barbie Estereotípica, ansiosa pero feliz, acompañada de sus amigas humanas, acudiendo a su cita con la ginecóloga. Evidentemente, en el Mundo Real se necesita una vagina para ser mujer. ¿Se irá a hacer la vaginoplastia? ¿Querrá pedir anticonceptivos femeninos?  A menos que vaya a probar las modalidades de un dildo, ninguna mujer va contenta a abrir las piernas mientras espera la introducción de un espéculo. La no genitalidad de Barbie y Ken, que generó muchas polémicas a lo largo de su historia, podía permitirse discurrir entre las posibilidades no-gender de estos muñequitos, esbozado de manera inteligente en escenas anteriores, pero la película elige reafirmar estereotipos de género. Quizás Allan, ese muñeco que no es Ken, sino su mejor amigo, y que realmente no encaja en los parámetros de sus coterráneos, matice esta cuestión. Aunque en Barbieland, prevalece el rosa.

La película intenta desactivar con humor ironizado las premisas que termina justificando, como si quisiera disculparse al enunciar «esto es lo mejor que puedo». Ni la gama  de emociones volubles en la interpretación de Robbie, o la versión estereotipada del Ken metrosexual y orgullosamente herido interpretada por el genial Gosling, alcanzan.  Barbie no viene  a dar una mirada nueva sobre los estereotipos de género en la industria. Siendo parte de un feminismo edulcorado, aplaudimos algunas de sus estrategias de visibilización dadas por un humor agudo, pero no pareciera proponer nada nuevo para ningún sector de la audiencia. Se podrá seguir discutiendo sobre cómo se han sentido ofendidos ciertos sectores conservadores de la población yankee, o si es una película muy mala con los hombres y cuán frágil es la masculinidad de quienes las miran. La sátira es favorable a los extremos, y Barbie no se permite matices en las representaciones a las que apunta, los blanco/negro (¿rosa/celeste?) funcionan en clave humorística, pero desgranan posibles grises en el desarrollo de los personajes.

De todas maneras, sinceramente, me pregunto ¿Hace falta ser tan quisquillosa con este tipo de películas que, al ser de consumo masivo, pueden funcionar como «caballito de troya» para ciertas reflexiones? No estoy del todo segura. Al mismo tiempo que seguimos pensando, en los circuitos de siempre, las películas con las cuales sentimos que nos cambian radicalmente la forma de ser, estar y movernos en el mundo, la vorágine consumista avanza y no da tregua. De tanto nadar en contra y al margen de la corriente, a veces, pareciera que nos ahogamos nosotras mismas. Sin embargo ¿Cómo separar Barbie de las estrategias de mercadeo previos? Es realmente imposible, porque justamente es lo que se propone. Y lo consigue. Las empresas deben ajustarse a lo políticamente correcto de los tiempos que corren. Es momento de estar extremadamente atentas: cuando los discursos comienzan a ser funcionales a las grandes corporaciones de mercado, abramos aún más los ojos. Pinchemos el globito de la aceptación inescrupulosa y lamebotista de «por más directoras mujeres con éxito en taquillas». Que está muy bien pero ¿Solo eso es lo que estamos buscando? Greta Gerwig se permitió giros interesantes en la Jo de Mujercitas (2019), pero se vislumbraba que iba a ser muy difícil caminar el mismo tranco con el gigante de Mattel. Mientras tanto, las proyecciones numéricas esperan los resultados del target final. Solo con el tiempo sabremos si efectivamente, Barbie dio resultado: el aumento — o no —  en las ventas del producto será el veredicto. Vale quedarnos con la espuma que queda en la orilla una vez que llega la torrentada de la corriente; bienvenidas las merecidas y necesarias discusiones alrededor de este tipo de representaciones. 

Deja un comentario